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Apóstatas

Apóstatas
La Apostasía es, en palabras religiosas, la negación, renuncia o abjuración de una religión o el acto de un clérigo que prescinde de su condición e incumple sus obligaciones clericales. En términos políticos es la salida irregular de un partido o instituto. Y en su acepción patriótica es la traición a la nación y al pueblo.

Es complicado hablar de apóstatas, porque cada uno de ellos nos daría una docena de razones del porqué han abandonado su credo, su religión o su doctrina. El cambio de ideales es una posibilidad que admite la conciencia de cada uno.

Sin embargo, cuando la apostasía se realiza contra compatriotas, la acción no tiene excusa posible. Si además esas gentes a quienes hemos engañado, nos han elegido para su gobierno y bienestar, la acción sólo tiene un nombre: alta traición.

Ayer nos confirmó un valiente reportaje del periódico El País, pese a las presiones y a las amenazas, que la jerarquía del Partido Popular fue la destinataria de los sobornos o sobresueldos que su tesoreros, desde hace once años, iban repartiendo como prevaricadores reyes magos.

La contabilidad que nos mostró el rotativo es la típica anotación mafiosa de libretita y letra menuda, con iniciales y nombres familiares de aquellos que, periódicamente, iban recibiendo las bendiciones y las mordidas del capitalismo cagón.

Todavía ahora, niegan enérgicamente la veracidad de las anotaciones, incluso tratarán de demostrarlo con los argumentos más demagogos que encuentren. Tal vez las argucias legales o la falta de pruebas puedan salvarles el culo. Pero hay algo que quedará para siempre muy claro: mientras el Pueblo sufre, mientras nos apretamos el cinturón, mientras tratan de quitarnos los logros que tanto costaron conseguir, se estaban riendo de nosotros llenado sus miserables bolsillos.

¿Que los hechos están todavía por demostrar? Disculpen ustedes, pero he dejado de confiar. Pueden decirme lo quieran pero las cuentas en Suiza, después de pasear el dinero por unos cuantos paraísos fiscales, debería taparles la boca. Me da igual que las iniciales de J.M. no sean las de José María Aznar; me importa un comino que la secretaria general sólo haya cobrado un par de veces y le doy una importancia igual a cero que unas veces llamen a Rajoy: M.R. o M. Rajoy o simplemente Mariano, aquí lo vergonzoso es que han trincado la pasta de todos y encima no han declarado a Hacienda.

Cospedal, Rato, Mayor Oreja, Arenas, Acebes y Álvarez Cascos niegan haber recibido los pagos, entonces, ¿quién se ha quedado el dinero? Sospecho que son excusas de apóstatas. ¡Qué curioso que Rato esté en todos los fregaos!

Pero, ¿de dónde salía todo ese capital? ¿Cuál era la fuente de la que manaba la putrefacta agua que encauzaba el listillo de Bárcenas? Los constructores del ladrillazo, tres de ellos ya implicados en el caso Gürtel, y otras empresas, muy agradecidas con la gestión de esos dirigentes, proporcionaban regularmente cantidades, que ustedes, amables lectores, y que yo mismo, pagábamos de más en sus productos, solares y servicios a la Administración. ¿Me pregunto, cuántas empresas honradas, no han tenido su oportunidad, porque les han negado permisos, ayudas y concursos públicos, para beneficiar a los donantes? ¿Cuántos de los seis millones de parados se lo deben a las operaciones supuestamente fraudulentas de esos “mecenas”? ¿Qué parte de responsabilidad tiene en la crisis, la permisividad en los negocios de ladrillo, auspiciada por la feroz mordida?

Han sido once años de trueques, arreglos de trastienda, adjudicaciones al alza, bodas espectaculares y manejos inconfesables. Y todo a costa nuestra, y eso, amigos lectores, únicamente tiene un nombre: Traición.

Han traicionado a su Pueblo, han traicionado a sus votantes, a sus militantes, a sus cargos públicos. Han renegado de sus ideales de servicio a la nación y de su promesa de defender lo público. Apostasía absoluta.

He escuchado en algunos medios, que el hecho de haber recibido esos honorarios extras, solamente tienen un componente inmoral, pero no penal y que los que han delinquido son los que manejaban los capitales y únicamente contra la Hacienda pública. Tampoco me importa que esto sea así. Sin embargo hay una serie de medidas que se deben tomar:

En primer lugar, las empresas embaucadoras e inductoras, no deberían tener nunca más negocios con las Administraciones ni las Instituciones públicas.

En segundo lugar, considerar que los cargos públicos culpables de los hechos han cometido delito de traición y si es en tiempo de guerra el acto delictivo tiene agravante. ¿Y qué más guerra que lo que está cayendo? Ese debería ser el cargo acusatorio para los que se demuestre que ejercieron esas prácticas y los que se beneficiaron de ella. Y eso lleva a un primer paso indispensable si todavía les queda un poco de vergüenza: Dimisión.

Pero, ¿de qué cargo habría que imputar a los mamporreros como Bárcenas? La justicia tiene la palabra

La nieve y el precio de los limones en Argentina

La nieve y el precio de los limones en Argentina

Sé que les sorprende el título pero como en la teoría del “Efecto Mariposa”, partiendo de un juego de sinvergüenzas y tratando de mantener el caos que les beneficie, los jugadores se ven afectados por un hecho impensado, como el conocimiento de una cuenta en Suiza, y esto provoca multitud de impactos en los más impensables estadios. Con una moraleja: no creer nunca más en los jugadores.


Un tal Bárcenas sin oficio ni beneficio (todavía) llega a la antigua Alianza Popular, formación política cuajada de los rescoldos del franquismo, avalado por un tal Sanchís (nada Ángel) que ostenta el cargo de tesorero del partido.

El mentor enseña al joven aprendiz todos los instrumentos para consolidarse políticamente. Saber es poder y corromper es controlar este poder. El partido cede siglas y abre sus puertas a nuevas incorporaciones y se convierte en alternativa y más tarde en partido de gobierno. Todo cambia, ya no se trata de un grupo tardofranquista sino en un partido demócrata y con capacidad de dirigir a este sufrido y atormentado país.

Pero hay algo que continua inalterable, el tal Luis Bárcenas, el rey del sobre, y no me refiero a ningún sopicaldo, ha sobrevivido a la purga de otro tesorero famoso, Rosendo Naseiro, un corrupto que ya tuvo que ser defenestrado, y ahora nadie puede apartarle de sus manejos, tal vez porque sabe demasiado.

Ese detalle de mantenerlo año tras año con el poder económico, le ha permitido convertirse en el conocedor de los más íntimos secretos de los altos cargos de los populares. Pero no para ahí la cosa, las cuentas de Suiza… -“voy a la montaña”, decía el tío en sus viajes a la capital helvética -, las manejaba a su antojo y eso le permitía “devolver” favores, como a su mentor Ángel Sanchís.

Como el efecto del imperceptible movimiento de alas de una mariposa, han subido los precios de las frutas en Argentina – dónde tiene las explotaciones agrícolas Sanchís – , han nombrado consejero de Telefónica para Sudamérica a Rato, nieva en toda Europa, la Unión Europea sigue hablando del incumplimiento de déficit y el PP pide, insistentemente, una comisión anticorrupción.

¿Y que tendrá que ver una cosa con la otra? Se preguntaran ustedes. Sé que es difícil ver las connotaciones pero seguro que las hay, y les voy a poner un ejemplo:

Uno se creía que la estructura del PP era la de un grupo de gentes decididas a practicar el capitalismo que representaban. Su misión era, junto con otros partidos europeos del mismo talante, hacer retroceder los logros sociales conseguidos en los últimos cien años; salvar a la banca de su ineptitud y ruina; alienar a las gentes con el consumo desmedido y prepararles para la insolidaridad, es decir: regresar a los tiempos de la burguesía y de la explotación. Mi amigo Paco era incluso más extremista, su teoría hablaba de una internacional fascista con el objeto de joder a los de siempre.

Pues nada de eso. El caso Bárcenas ha demostrado que no son ni tan inteligentes ni tan malvados, ni tan ideólogos. El caso Bárcenas ha demostrado lo que son, llana y simplemente, unas pobres gentes – espiritualmente hablando -, tratando de encontrar su lugar en el sol, utilizando sus pobres recursos mentales en llenar su bolsillo, hacer negocio prevaricando y corrompiéndose unos a otros. Esperando con impaciencia los alados sobres de Bárcenas, que como mariposas, pasan de sus velludas manos a las manos de dirigentes que cada vez piden más esfuerzos al país, mientras ellos, indiferentes, mueven sus alitas.

Y de ese vuelo sutil y vergonzoso, sus malignos efectos matan ilusiones y repercuten en la vida diaria de todos. Unos se quedan sin casa, otros sin trabajo, muchos sin sanidad; algunos sin poder acceder a la Universidad; todos, sin esperanza. Y parte de ello, es el corolario del simple vuelo de millones de euros a la montaña, como diría Bárcenas, y al bolsillo de los indeseables. Recuerden la moraleja del cuento.

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… y Johnny cogió su fusil

…y Johnny cogió su fusil.

Una antigua y espeluznante película del año 71, dirigida por Dalton Trumbo sobre una novela homónima, nos cuenta la desventura de un soldado estadounidense que es herido en un combate durante la Gran Guerra.

El soldado Johnny se despierta en la cama de un hospital y le cuesta llegar a comprender que ha perdido todas sus extremidades, y los sentidos de la vista, el oído, el olfato y el gusto. Es un torso viviente, que sólo puede recordar y soñar, hasta que encuentra la forma – a través del Morse- de comunicarse con sus cuidadores y rogarles que le maten. Pero no consigue que le hagan caso y queda postergado y olvidado, refugiándose en sus pensamientos y ensoñaciones, que no tienen ni espacio ni tiempo real.

El título de tan delirante y escabroso film, viene dado por una canción de un belicista americano que animaba a los jóvenes a alistarse para la guerra. La melodía de marras, Over there, se iniciaba con el verso: Jhonnie get your gun, es decir: “Jhonnie toma tu fusil”. Es la típica balada que los noticieros belicistas de todos los países ponen en su banda musical, para animar a sus ciudadanos para que se maten contra otros ciudadanos tan engañados como ellos.

Los incitadores a las grandes masacres suelen ser el Gobierno de turno, los fanáticos religiosos, los iluminados o los perturbados como Adolf Hitler o Benito Mussolini, pero siempre hay un componente común: detrás de todos ellos están las grandes fortunas o los aspirantes a tenerlas. Vean que no he puesto en la lista ni a políticos ni a los militares porque son simples instrumentos de los ya mencionados.

Pero volviendo a esos pocos cientos de familias que manejan el cotarro mundial, las más favorecidas son, en estos casos, la de los fabricantes de armamento. Ellos son los que proporcionan a los incitadores los fusiles para que el Johnny de turno quede aniquilado en una cuneta o, lo que es peor, los niños palestinos expongan sus destrozados miembros a lo largo de las aldeas de Gaza.

Son gentes sin escrúpulos, herederas de apellidos que a todos nos suenan, compinches y verdugos de dictadores de medio pelo y de larga melena. Los inventores de las guerras, que van tranquilamente a la iglesia, a la sinagoga o a la mezquita a darle las gracias a Dios por haber conseguido el pedido de misiles o de carros de combate. Que harán sus ejercicios respiratorios o la partida de golf, con la tranquilidad del buey que pasta inconsciente de lo que sucede a su alrededor. Son los asesinos de la naturaleza y de la Humanidad, muchos de ellos galardonados y celebrados.

¿Se han dado cuenta de que Palestina está llena de hambrientos, pero de que sus facciones disponen de fusiles de asalto nuevos y llevan lanzados en estos días cientos de cohetes contra Israel? ¿Han observado que muy pocos dan en el blanco o si lo alcanzan aparece el artefacto semienterrado en la tierra sin haber hecho explosión o son destruidos por contramisiles? Por el contrario los misiles israelitas aciertan a objetivos mínimos como un automóvil en movimiento o un dirigente de Hamás meando en una tapia. ¿Casualidad? No. Israel paga más y mejor. Tiene los mejores modelos, radares y ordenadores para dirigir sus artilugios de muerte.


Lo mismo ocurre en África o en Suramérica. Los niños disponen de un armamento con cuyo coste podrían construir una aldea donde vivir en paz. ¿Creen ustedes que las amenazas que tanto nos asustan de Irán o de Corea del Norte, están exentas de tecnología europea o americana? ¿Somos tan estúpidos que creemos que las bombas que machacan al pueblo sirio se fabrican exclusivamente en Siria? Recuerden el armamento tan poderoso que tenía Sadam Husein… tanques de madera para engañar, rifles de oro para fardar y misiles que no funcionaron cuando convino. Nada de armas de destrucción masiva. Ahora es cuando sus milicias disponen de armamento moderno.

¿Recuerdan el Maine? Sí, el buque de guerra que estalló misteriosamente en la bahía de La Habana y que desembocó en la primera guerra imperialista norteamericana, precisamente contra España. ¿Recuerdan Pearl Harbor? El día 7 del próximo mes de diciembre se cumple el aniversario del ataque japonés, que no pilló ni un portaviones americano, todos habían salido tres días antes de la rada.


Estos días en Gaza, Israel está probando armas nuevas y efectivas, y los fabricantes demostrando que le venden al pueblo Palestino la chatarra. Pero, mientras tanto, la gente sufre y muere y el conflicto no tiene vías de solución. ¿Por qué? Como diría la policía: investiguen quién se beneficia de todo eso.

Poco importan los muertos, los tullidos y las lágrimas. Poco importa el Johnny de turno, aunque viva en la misma ciudad que el fabricante de misiles. Poco importa lo que piensen las gentes. Lo importante es el negocio, si hay que inventar una crisis, se inventa; si hay que organizar una guerra, se organiza. Mañana irán a la mezquita o a la sinagoga a pedir perdón. Y si sus creencias ancestrales les fallan, se pasan al Budismo que predica la paz universal y se gastan una pasta viviendo una temporada con los monjes en el Himalaya.

Bastaría una ley universal que prohibiera la fabricación de armas y por supuesto su comercialización. Los agentes del orden podrían ir armados con porras paralizadoras o fusiles de dardos tranquilizantes. ¿Utopía? Pues, claro. No van a permitir la paz universal, se les acabaría el negocio y terminaría con la mayor arma que poseen: el miedo. Tenemos tanto miedo a perder lo que tenemos y a plantar cara a todos estos tipos, que les dejamos que esto continúe y contemplamos como bloquean impunemente la entrada de alimentos y medicinas en la franja de Gaza, y como unos y otros, agotan sus petardos. ¡Qué hay que comprar más!

Hoy he firmado una petición para terminar con las agresiones a Gaza, para intentar que las conversaciones de paz fructifiquen. Puede que se rían de nosotros. Un millón, dos, o tres millones de firmas no les harán recapacitar, pero pueden ayudar. Tengo conocidos y amigos en los dos bandos, son tipos honestos que creen defender a su Pueblo y su modo de vida. Los verdaderos enemigos no son las gentes, si no los intereses.

En este momento, justo en el instante en que estás leyendo esto, acaba de morir un niño por un disparo; o de hambre o de sed. Y lo que es peor, en un olvidado hospital de no se sabe dónde, un tal Johnny todavía está esperando a que terminen con su terrible existencia, no sabe que aquel fusil que cogió, hoy, está totalmente obsoleto. Pero la maldita fábrica que lo montó, sigue produciendo muerte y enriqueciendo a los miserables.

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Nuevo artículo: EL BICHO DE LOS COCHES OFICIALES

El bicho de los coches oficiales

El presente artículo no pretende ser un alegato contra la clase política, sería demasiado fácil e injusto generalizar y demonizar a todos. Se trata de una advertencia, para aquellos de nuestros representantes, que parecen haber adquirido un rango superior, olvidado cuáles son sus principales obligaciones y deberes. Y, sobre todo, al servicio de quién están.

Yo hice la mili en aviación. Concretamente en la base aérea que linda con el aeropuerto de Barcelona y con los campos de golf de El Prat de Llobregat. A pesar de la época, no fue una mala mili. Corría el año 66 del pasado siglo, en el ocaso de la dictadura, pero aún vivita y coleando. Gozábamos de ciertas libertades y éramos especialistas en tomarnos muchas más.

Merced a los cambios en la duración del servicio militar, varios remplazos se sucedieron en breve espacio de tiempo, por lo que, a las pocas semanas, los nuevos reclutas éramos mayoría y nuestro remplazo gozó de los derechos que los veteranos tenían sobre los novatos. Uno de esas inviolables ventajas era la de dormir, si no teníamos servicio, hasta que nos apeteciera. Los barracones de nuestra escuadrilla estaban, como he contado, en el área del aeropuerto y fuera de toda circulación privada y pública. La limpieza general la hacían los recién llegados, amén de las guardias menos deseadas. Por lo demás, eran compañeros y amigos.

Un día, Jordi Planas y un servidor disfrutábamos de nuestras prerrogativas de veteranos. Un par de novatos andaban barriendo y haciendo los catres. Cuando llegaron a nuestra altura uno de ellos se dispuso a retirar y airear las mantas. El otro se acercó a su compañero y en tono temeroso pero divertido, dijo: “No esas no, que todavía tienen bicho dentro”. Dicho eso se alejaron sin hacer ruido. Jordi y yo nos miramos y estallamos en risas.

Pues bien, en nuestro país ha sucedido algo parecido. Sólo que en vez de “malditos” se trata de los oportunistas de turno. Nuestra joven democracia quiso dotar a nuestros políticos de las prebendas y salarios que les correspondían. Esa aureola de casi héroes que les otorgamos, les concedía nuestra admiración y respeto: luchaban por nuestros derechos y eran nuestra voz; la voz del Pueblo. Así les consentimos que recurrieran a protocolos franquistas, a despachos con olor a rancio, a coche oficial y a guardaespaldas y chofer; todo con cargo del erario público. Y de generosos sueldos, con un argumento realista y claro: sus esfuerzos tienen que estar bien remunerados para evitar tentaciones.

La contrapartida estaba, y está clara: la clase política debe adelantarse a las situaciones de riesgo, sean políticas, financieras o de derechos, y atajarlas antes de que conviertan en peligro o desastre social.

No se puede argumentar que nos ha sorprendido la crisis, que nuestros bancos son los más seguros del mundo, que el estado del bienestar está a salvo o que la reforma laboral traerá más empleo, cuando no se tiene idea real de lo que está sucediendo. En este caso, o se trata de una cuestión de ignorancia o de mala fe, no hay otra.

Los políticos deben saber adelantarse a los acontecimientos y proteger a la ciudadanía que representan. Uno de los ejemplos más sangrantes es la situación de los préstamos hipotecarios. Se permitió que la banca, insaciable, insolidaria y cagona lanzara contratos hipotecarios falaces y abusivos. Nuestros gobiernos, corrieron veloces a salvar a las entidades financieras, a sus productos basura y a las cuentas de Suiza de sus directivos; en eso, incluso muchos políticos les imitaron. Y no me reten a dar nombres. En cambio son extremadamente lentos, ineficaces y por ello culpables, de los 400.000 desahucios que se llevan practicados en España.

Hay una nueva estirpe de tiralevitas, distantes y engolados, a quienes no les bastan los buenos sueldos, ni tienen el nivel humano para ostentar el cargo sin petulancias. Tal vez para algunos, herederos de burguesías, alineaciones místicas y ancestros golpistas, eso es lo más normal. Sin embargo, nuestros primeros parlamentos, fueron una mayoría surgida de las urnas con gentes corrientes, trabajadoras y entusiastas, con todo lo hermoso que encierran estos adjetivos. ¡Tanto hemos cambiado!

Durante décadas, cuando un coche con banderita oficial pasaba por delante nuestro, tratábamos de ver al personaje que dormitaba en los asientos traseros. “Mira, nos decíamos, es el subsecretario de tal y cual o es el director general de esto o de lo otro, estará agotado el pobre”.

Pero nos relajamos y poco apoco, como en la novela de Orwell, algunos de los supuestamente sufridos animales se iban pareciendo más a los granjeros explotadores. Especularon, prevaricaron, confundieron, mintieron, engañaron, defraudaron en todos los sentidos y nos hicieron esperar en los antedespachos como en los tiempos de Larra. Insisto en que, probablemente, les esté hablando de una minoría, pero es que los culpables suenan tan fuerte que apagan las voces de los más justos. Pero no las del Pueblo.

Ahora cuando el automóvil blindado del banderín oficial, se pone a nuestra altura, miramos indiferentes si lleva bicho dentro y comprobamos que siguen dormitando, sin buscar soluciones a los problemas, incapaces de hacer su labor; soñando con cargos bien remunerados y en facilitar las cosas a sus amigos; olvidando su razón de ser.

Por eso, uno aplaude la medida de ir retirando los coches oficiales y los guardaespaldas de los políticos. No lo hacen convencidos, lo hacen por problemas económicos. Pero que quieren que les diga, a mí me encanta que vuelvan a coger el metro, se mezclen con la gente, vayan al médico del ambulatorio que les toque y sufran la misma inseguridad que cualquier otro ciudadano: la de un policía, un minero, un pescador, un peón de albañil; la de un parado para sobrevivir, o la de un ama de casa al cambiar la botella de butano. No quiero anatemizar, pero, después de lo que hemos visto y siempre considerando las excepciones, ¿creen de veras que son mejores que los ciudadanos de a pie? ¿Es de recibo que se prolongue tanto una acción para evitar los desahucios? ¿Qué orden de prioridades tienen gobierno y oposición?

Por lo menos estamos ante una verdad palpable: el ahorro de un millón de euros. Y ante un hecho significativo: no hacía falta tal despliegue de recursos. Los servidores públicos deben ser los primeros en dar ejemplo, en despertar por la mañana y acudir a sus remodelados despachos para ver si sacamos el tema adelante. Y regresar a sus casas tomando el bus o el metro, después de compartir una caña con sus amigos y pagar a escote. Volvamos al huevo, al inicio, a los principios filosóficos en todas sus acepciones.

No sería bonito ni nada bueno, pasar por las Cortes y preguntar temerosos pero divertidos a los policías de la entrada: ¿Perdone, hay todavía bichos dentro?

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Nuevo artículo. Las consecuencias de ser consecuentes.

Las consecuencias de ser consecuente

Hay dos maneras de llegar al desastre:
una, pedir lo imposible; otra, retrasar lo inevitable
.

Francesc Cambó

He retrasado este artículo por el dolor que me produce escribirlo. El motivo de tanta reserva era el de no encontrar las palabras justas que equilibraran razón y sentimientos. Había escogido convertirme en un espectador distante y juzgar la situación desde la perspectiva. En ocasiones, el árbol, no permite ver la inmensidad del bosque.

Voy a hacerles una declaración de principios totalmente irrenunciable para mí, advirtiéndoles que es “mi afirmación” y no impongo que sea la de otros. Cada cual que revise sus estadios y estados ideológicos y tome sus propias decisiones.

Esa manifestación de preceptos la resumo en tres máximas: libertad, capacidad de decisión y honradez.

Voy a ampliarles cada uno de ellos.
La libertad, tanto individual como la de los pueblos, es inalienable; por tanto un individuo o un país, tienen perfecto derecho a decidir sobre su futuro. Para concretar y que no se pierdan en el bosque mirando el árbol: soy partidario de que los pueblos ejerzan su derecho a la autodeterminación y que Catalunya disponga sobre su destino. Como cualquier otro pueblo

Sin embargo subrayo, que es el Pueblo, no una formación política o un grupo minoritario de individuos los que deciden. Y esa capacidad de decisión no tiene que estar forzada por los sentimientos, porque al contrario de lo que pedía el mayo del 68, las consecuencias de exigir un imposible, como apuntaba Cambó, puede conducir al desastre.

Y en todo proceso y elección es, absolutamente imprescindible, la honradez. No se puede conducir a una sociedad hacia un camino determinado, por muy hermoso que parezca, si solamente nos mueve un afán de protagonismo, de ocultación, de dispersión, de interés particular o, simplemente, de desconocimiento de la realidad.

No vean en todo ello una reserva melindrosa. No. Yo quiero ser consecuente, y no retrasar más esa decisión. Y sí las consecuencias obligan a un mayor esfuerzo o sacrificio, allí estaré. Pero no me utilicen para fines exclusivamente políticos y para faroles de póker. Ni a mí, ni al resto del pueblo catalán.

Si quieren que me posicione, debo volver al inicio de este artículo: por un lado están las razones y por otro los sentimientos. Yo quiero estar con mi gente, con los trabajadores, la gente honrada, los amigos y los que creemos en un mundo mejor. Me es totalmente igual que sean murcianos, asturianos o aragoneses; que tengan que viajar en patera para venir a nuestra sociedad ¿opulenta? o que viajen con el Ave, son mis hermanos. Lo que de verdad me jode son los que viajan en coches y jets oficiales a destinos privados, pagando el Pueblo. Quiero un país equilibrado y solidario, que contribuya más el que más tenga, pero que estas aportaciones favorezcan a todos por igual.

Por otro lado, está mi exigencia irrenunciable a que la cultura y la lengua catalana pervivan para siempre; qué pueda expresarme en mi idioma materno cuando quiera, y al mismo tiempo leer a Miguel Hernández, a Antonio Machado a García Lorca, a Benedetti o a Neruda en el suyo. Que nadie ni nada, impidan el desarrollo de una sabiduría milenaria que tanto ha aportado a todos, ni tampoco disfrutar de otras culturas que enriquecen y complementan las mías.

Pero mi verdadero temor, amigos lectores, no es a las voluntades populares; es, a los separadores ignorantes y a los separatistas exaltados. Ambos dan miedo. Y ambos pueden conducirnos al desastre.

La barbaridad del ministro Wert sólo tiene una explicación: ignorancia. Es inquietante que el ministro de cultura sea un imbécil, es decir, que su razón sea escasa, y eso provoca los sueños monstruosos que anunciaba Goya. Pero no menos razones de este tipo se deben atribuir a un tal López Tena, portavoz de la Plataforma per la Independència de Catalunya y vocal d’Òmnium Cultural y que, cada vez que habla, da más argumentos a la estupidez, sacándole seriedad a una propuesta formal y legítima.

Cuándo Francesc Cambó, líder de la Lliga regionalista de Catalunya y autor de la frase que encabeza este artículo, se dio cuenta de que el pueblo catalán quería una República Catalana, dentro de la II República Española y llegaba un gobierno del Frente Popular, le entraron diarreas. Y terminó poniendo su fortuna a disposición de un tal Francisco Franco, para que aplastara la voluntad del Pueblo. Otros corrieron para abandonar la Catalunya republicana y se refugiaron ¡en Burgos! Por si podían echar una manita.

El madrileño Wert Ortega

Mi padre y otros republicanos catalanes y españoles, defendieron la Serra de Cavalls en la batalla del Ebro. Sólo pudieron ser desalojados por los continuos bombardeos de la aviación nazi alemana, y los obuses de la artillería fascista, pagados con “pesetes” del tal Cambó. Algunas cotas tuvieron que tomarlas los golpistas a la bayoneta; uno de esos grupos del ejército franquista era el Tercio de Nuestra Señora de Montserrat, compuesto por requetés catalanes. Sin ningún tipo de rencor ni acritud, aquello ya es Historia, les doy los apellidos de los oficiales que dirigían el asalto: Anglés, Cunill, Aymerich, Bosch, Bonet, Mas, Gassió…

Ellos creían en otra Catalunya: burguesa, excluyente, católica y tradicionalista. Sabían, y así se lo habían comunicado a la quinta columna, que operaba en el territorio catalán, que aquello terminaría con cualquier posibilidad independentista o autonomista; pero eran consecuentes: Antes españoles que rojos. Aquella era su única verdad.

Yo me sentiría más a gusto en un Estado Federal, solidario y comprometido con todos los trabajadores del mundo. Que partícipe de la erradicación de la pobreza y el hambre, y en mantener la Paz interior y exterior a toda costa. Una patria de todos y para todos, bajo el emblema tricolor de la III República. Pero es únicamente mi opinión y dónde hay patrón no manda marinero. Pero qué nadie se olvide: el patrón es el Pueblo.

Tal vez, algún día, dejaremos de retrasar el inevitable referéndum, asumir las consecuencias y así evitar el desastre. Si el resultado es favorable a una independencia, deberá ser aceptado por todos. Sin reservas, con generosidad por ambas partes, con respeto y colaboración. Pero eso debe significar el triunfo de la voluntad popular de los catalanes; no el de la burguesía; ni de los excluyentes; los defraudadores o los revanchistas. Tampoco el de los imbéciles. Por tanto que nadie se frote las manos, todavía puede ser una Catalunya incluyente y solidaria, multirracial, laica, progresista y republicana. Lo paradójico sería que entonces, muchos, querrían volver a autoexiliarse… en Burgos.

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