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Te espero en Botswana, mi amor…

16 – Se equivoco la paloma (C. Gustavino)Te espero en Botswana, mi amor

La delgada línea que separa realidad y fantasía es tan etérea que, en ocasiones, confunde al lector, incluso al cuentero que no sabe si relata o imagina. Por tanto les ruego algo de paciencia y humor para llegar a la consumación de la historia.

No juzguen hasta el desenlace, tal vez he utilizado el recurso de la ensoñación o el de la locura pasajera. Tengan en cuenta que la intención es literaria y que todo parecido con la realidad es “realmente” una coincidencia.
Sin embargo debo advertirles que nadie es totalmente inocente y que muchos de ustedes habrán tomado partido antes de llegar a las líneas finales.
Sean generosos, pónganse en lugar de los personajes y disfruten del momento.

La conversación se pudo escuchar desde varias estancias del palacio. Su majestad no había podido contener la risa cuando el jefe de su Casa Real le relató lo que había sucedido.

-¡Por todos los santos, Rafa, quién le dejó la escopeta al niño!

El cortesano no tuvo que responder, su mirada apuntando al suelo del despacho era toda una respuesta.

-Ya, ¡su padre! ¡Yo ya lo había vaticinado…Con la cantidad de pretendientes que…

Su majestad cesó en sus argumentos, sabía que no le había sido fácil a la reina encontrar un yerno que durante unos años – ella pensó que serían más – distrajera a la infanta y que dejara un poco en paz a sus guardaespaldas.

-En fin, Rafa, cuéntame cómo ha sido.

El hombre relató a su soberano los pormenores del accidente sin omitir el destrozo del metatarsiano en cuestión.

-Ha sido horrible – terminó diciendo.

-Hombre, horrible, horrible, podría haberse disparado en otro sitio más… comprometido – dijo con una de sus sonrisas.

En este punto, justo es decir que la sonrisa del rey era franca y comunicadora. Tanto defensores como detractores admitían dos cosas: la bonanza de su sonrisa y su carácter llano y convenientemente popular. Como contrapartida a sus chanzas y gracejos, celebrados por muchos, estaba su timbre de voz que sonaba entre las tesituras de un bajo gangoso y un barítono después de una despedida de soltero. Esto era aprovechado por humoristas sin escrúpulos que le imitaban en los medios de comunicación. A decir verdad eso importaba poco, incluso le hacía gracia que le calcaran la voz.

Pero volviendo al drama que estaba viviendo la Familia Real; el funcionario se armó de valor y le dijo al monarca:

-Majestad, tendréis que aplazar vuestra excursión…

El comentario fue como un mazazo que apagó la real sonrisa.

-Eso ni lo sueñes, Rafa. ¡No tengo yo pocas ganas de hacer unas vacaciones, con la que está cayendo…! ¡Qué se quede la reina y que toree con esos insensatos!

-Pero señor… es Pascua y la reina siempre se va a…

-Sí, ya sé, Rafa, lo de los huevos. Pero si la patria la necesita, hay que apechugar.

-¿Y quién se lo dice a la reina? – repuso entrecortadamente el hombre.

-Coño, quién se lo va a decir, pues tú… ¡menudo carácter tiene!

El jefe de la Casa Real, se sintió desfallecer. No iba a ser fácil convencer a su reina, no era de las que se dejan persuadir fácilmente. Pero no dijo nada y se retiró de la presencia del monarca con la reverencia de protocolo.

No voy a transcribir la conversación entre el funcionario y su majestad la reina, por si este escrito cae en manos de gente menuda. No era una mujer iracunda, sin embargo sus respuestas eran tajantes, como navajas cortantes y de doble filo; lo que causaba doble herida, la de entrada y la de salida. Así salió el hombre, como torero corneado.

El encuentro era inevitable. La soberana enfiló hacia el despacho de su marido para decirle cuatro o cinco cosas. Ni que decir tiene que el guarda apostado frente al gabinete del monarca no osó detenerla, hubiese sido inútil. Tan solo balbuceó: -Su majestad no está – y entró en un mutismo que no violó hasta terminar la guardia.

La reina hizo caso omiso y penetró en la estancia bruscamente. No sería la primera vez que había pillado a su regio esposo haciendo lo mismo con cualquier pelantrusca. Siempre en la sabia opinión de su majestad, que las había visto de todos los colores. No obstante, allí todo estaba tranquilo y ella se acercó a la mesa del ausente. Una nota escueta de letra menuda, quedaba por encima de los decretos ley a firmar:

Te espero en Botswana, mi amor. Y firmaba una tal, Corinna.

El cabreo de su majestad sería fácilmente comparable a un tsunami de olas gigantescas. Él sabía que, por estas fechas, ella acostumbraba a celebrar la Pascua en su país de origen. Entre los recuerdos de su niñez, siempre estaban presentes aquellos festejos en los que se obsequiaban unos a otros con hermosos huevos de Pascua, decorados con vivos colores rojos. Era su refugio mental, cuando la memoria volaba a los felices días de niña y joven princesa con sus regatas por el azul Mediterráneo. Ni siquiera en los obligados exilios durante una feroz guerra habían impedido la celebración de estas fiestas y ahora tampoco estaba dispuesta a perderlas.

Así que espero pacientemente (es un decir) a que su esposo regresara a palacio, para aclarar la situación.

El rey estaba con su amiga Corinna ultimando los detalles del viaje – la excursión como la llamaban los miembros de su gabinete -. El paisaje desde el apartamento de la firmante de la misiva era muy parecido del que disfrutaba la residencia de los reyes de la que estaba muy cerca, fuera estaba el mismísimo Jefe del Cuarto Militar de su Majestad, esperando con un par de sus hombres a que el rey rindiera visita a su amiga.

Corinna hacía ya un par de años que se había instalado en el Monte de El Pardo a pocos kilómetros de la capital del reino. El pueblo había dejado de serlo para convertirse en un barrio de la gran urbe en 1950. Una leyenda cuenta que en las noches de luna llena por sus 16.000 hectáreas de bosque, se aparecerse una extraña y tétrica figura preguntando si ha terminado la Guerra del Rif. Pero eso no había restado a la bella Corinna su interés por facilitar a su amante sus continuas escapadas.

La historia de ese gran amor se remontaba a mayo del 2006. Ella estaba recién divorciada de su tercer matrimonio con un tal Casimiro a quién – no se sabe la razón – los amigos llamaban “Casi”. Y aquí empezó las más bella historia de amor jamás contada. Corinna coincidió con el rey en una entrega de premios en una ciudad de singular belleza bañada por el Mediterráneo. La personalidad de la alemana de apenas 40 años cautivó al monarca, curtido en mil batallas, y cerca de de cumplir los 69. No vean ningún juego de palabras con los guarismos. El primer encuentro tuvo lugar en una suite de un hotel de la capital Mediterránea frente al mar, mientras la luna acunaba a la pareja. Sin embargo hay otras versiones a cual más romántica. Una fábula sitúa el primer encuentro en Ditzingen un pueblo al sur de Alemania, cercano a Stuttgart, famoso por sus casitas de cuentos de hadas y sus cervatillos. Los portugueses, siempre tan suyos, reclaman la cuna – y la cama – de tan fastuoso idilio.

Sea donde sea, fue el inicio de una gran amistad con derecho a luna que había durado hasta entonces. La dulce enamorada se dedicó a organizar cacerías y negocios para aristócratas y multimillonarios desde una empresa que bautizó como Boss&Company Sporting Agency y de la que fue consejera delegada. Llegados a este punto les ruego que acepten los nombres como una mera especulación para dar sentido a la historia. Como comprenderán no dispongo ni del dinero ni de las relaciones para haber tenido tratos con tal agencia deportiva. Sin embargo me pica la curiosidad para saber qué tipo de fauna proporcionaba a sus clientes la teutona ya que su máxima, recogida en su publicidad, era: “Ofrecemos únicamente los mejores disparos”.

Así que el rey de nuestra historia, que llevaba siempre la escopeta cargada, fue el mejor de sus clientes. Pero también su principal valedor. Él, personalmente, le presentó a príncipes y financieros que están entre los cincuenta primeros de las listas Forbes, sin discernir entre creencias o razas. Clientes de indudable interés y caballerosidad, puesto que sólo viajaban y cazaban con los beneficios de las obligaciones españolas. Una forma de agradecer al monarca sus desvelos de cetrería. En cambio él nunca especulaba, lo suyo era la montería galana y poco importa el estado de la Bolsa si la gacela merecía la pena. Si no fuera porque esto es sólo un cuento les adjuntaría las fotos de la rubia Corinna, para que ustedes se diesen cuenta que el rey está mayor pero no tonto.

El caso es que su majestad no quiso perderse la nueva cacería y después de un tormentoso encuentro con la reina, ella se fue a por los huevos y él a cazar elefantes.

Así que el monarca dejó que su nieto se lamiera sus metatarsianos, él solo. Poca fortuna la del infante, incluso sus padres se equivocaron de habitación y fueron a parar a la de un señor con un ataque de gota; y sus tíos no salieron de los Estados Unidos por un tonto asunto con la Justicia. Únicamente, la reina, estuvo al lado del chaval que le mostraba su piececito herido.

Pero… ¿Qué cacería le tenía preparada Corinna a su regio amante?

Botswana o Botsuana es un bello país en el interior de Sudáfrica y al norte de la República Sudafricana, el emblemático lugar en dónde nos habíamos proclamado campeones del mundo. Disfruta de gran cantidad de parques naturales, praderas, sabanas y reservas donde los bichos campan a sus anchas. El Kalahari ocupa el 70% de su territorio. Sus habitantes, los batswana, se liaron a tortas con los colonos bóer del Transvaal y no se les ocurrió otra cosa que pedir ayuda a la Pérfida Albión, y claro está, en cuanto quisieron darse cuenta, la delgada línea roja del ejército británico, los había sojuzgado e inventado en 1885 el protectorado de Bechuanalandia, que sabe Dios qué quiere decir y lo que les costó a los botsuanos librarse de sus “libertadores”.

Allá se preparan cacerías para quién pueda pagarlas y en su aeropuerto vieron aterrizar un lunes abrileño al rey de nuestro cuento. No era la primera vez que le organizaban una cacería en Botswana, unos años antes había tenido ocasión de matar un inocente elefante; le acompañó un bello escopetero de largos y rubios cabellos que con el rifle en la diestra parecía la sota de bastos. Pero esta vez era distinto, en la mente del soberano pesaba más el posible encuentro en la sencilla cabaña de cinco estrellas con su princesa, que los disparos del rifle Sako M75 que según le habían dicho: tiene gran poder de parada con resultados absolutamente mortíferos.

El caso es que, el martes, fue más efectivo con la pistola que con el rifle y hubo que prepararle una pieza especial para el día siguiente.

Simba era un pacífico y anciano elefante que había paseado por todas las sabanas, tanto de Botswana como de Namibia y de Zimbabue. Se había aparejado con docenas de elefantas y ya andaba algo cojo, iba despacito como si no tuviese prisa para encontrar el camino al cementerio de elefantes.

Tantas concomitancias con el rey le convirtieron en la presa perfecta. Le llevaron cerca del puesto dónde esperaba el monarca con sus mortíferas balas, era una arboleda frente a una charca donde el paquidermo solía beber. Corinna y su amado esperaban la aparición del animal rodeados de un grupo de amigos y guardaespaldas. Al lado de su majestad dos escopeteros, esta vez con apariencia de Allan Quatermain, vigilaban el posible fallo en el disparo, no fuera que Simba se cabreara y aún cojeando les diera un buen susto. El animal se acercó confiado a su charca. Una de sus famosas sonrisas apareció en el rostro del rey: – Es como un político en una cacharrería – dijo para aplauso y risas de todos. Pegó el fusil a su cara y soltó un trueno que le hizo tambalearse y caer sentado en el suelo. El animal, ileso, miró en la dirección donde había partido el disparo; seguramente pensó en huir pero se sintió viejo y demasiado cansado para seguir buscando el cementerio de sus ancestros. Miró al cielo africano, levantó su trompa e inició su última estampida. Los dos escopeteros dispararon sus máuseres, un arma tan vieja como el animal pero todavía efectiva. Simba sintió dos picotazos en su enorme cabeza y cayó arrodillado sobre sus patas delanteras.

-Buen disparo majestad – mintió uno de ellos.

El rey se incorporó satisfecho: – Buena pieza, dijo a los presentes.


Aquella noche, víspera del 14 de abril, el rey quiso que fuese una velada inolvidable. ¡Y vaya si lo fue! Corinna se puso un salto de cama de color blanco que resplandecía como un fogonazo lunar entre los verdes selváticos. Él sacó su repertorio de sonrisas y sus frases más agudas, se desvistió parsimoniosamente para evitar tropiezos y se acostó al lado de su amada. Ella parecía Grace Kelly en la película Mogambo. Sin embargo, su majestad, no se parecía en nada a Cark Gable, tal vez el sacrificado Simba hubiese podido competir en pabellones auditivos con el actor norteamericano, pero ya era tarde. Entonces el monarca quiso ponerse a la altura y empezó a relatarle a su ocasional pareja lo sucedido con su nieto. Saltó de la cama con una soltura impropia de su estado físico y contó la historieta para que Corinna se riera a gusto. Al intentar bailar sobre una pierna, imitando el dolor del pie herido, perdió el equilibrio y se estrelló estrepitosamente contra el suelo. Entre risas su amada intentó levantarlo. Él con su voz de participante en el “Club de la Comedia”, iba quejándose de dolor; mientras ella se retorcía de risa creyendo que aquello era parte de la broma. Era ya 14 de abril, día de la proclamación de la República Española. De inmediato fue trasladado al Aeropuerto Internacional Sir Seretse Khama en Gaberones.

A la llegada a Madrid, le ingresaron en una clínica con nombre de santo. Los médicos confirmaron la sospecha: rotura de cadera. Se arregló todo para una intervención quirúrgica aquella misma madrugada.

A partir de aquí, queridos lectores y elefantes, la comedia toma visos de tragedia. La llegada de su majestad a casa disparó una serie de conjeturas. La noticia, era lógico, saltó a todos los medios de comunicación. El Gobierno aseguró que estaba enterado del viaje del rey; como el momento social no podía ser peor, aquello fue, por unos días, una escapatoria para el Ejecutivo.

Inmediatamente se puso en marcha todo el aparato de la Casa de su Majestad, había que normalizar la situación a toda costa. Al secretario general le tocó la desagradable misión de comunicarle a la reina el desaguisado y recomendarle el inmediato regreso.

Los brillos mediterráneos penetraban con cierta alegría por los ventanales de la mansión. Tal vez, en aquellos momentos, era lo único alegre en aquel país que arrastraba siglos de historia y había inventado la Democracia. La reina dejó el rojo huevo con cenefas doradas en la mesilla y cogió el teléfono que le pasaba su secretaria:

– Es el secretario general.

-Majestad – dijo el interlocutor – tengo malas noticias. Hoy saldrá en todos los medios nacionales e internacionales el accidente que ha tenido el rey en Botswana. Debierais regresar de inmediato.

El relato fue lo suficientemente explicito para que la reina entendiera que no se trataba de una de las frecuentes correrías del rey. El escándalo estaba servido.

-Ni hablar, Alfonso, dígale a su majestad y al jefe de la Casa Real que no pienso correr para tapar su estupidez. Apañaos sin mí.

-Pero señora, ¿cómo se va a interpretar que no partáis al lado de vuestro esposo en su lecho de dolor?

-¡Qué se hubiese quedado en Madrid! Volveré cuando lo tenía previsto. ¡Ah! Y quiero a esa princesita de cuento fuera de España antes de que yo regrese.

La contundencia de las palabras de la reina, dejaron tremendamente preocupado al señor secretario.

A la mañana siguiente sabía todo el mundo – textualmente – la aventura y el accidente real. Los periodistas acudieron en masa a las puertas de la clínica donde estaba ingresado el monarca. Se especulaba sobre la visita de la reina y de alguna amiga del rey, protagonista de la historia. Ni una ni otra acudieron.


Por la habitación de su majestad fueron desfilando familiares, ex yernos, personajes embozados y miembros de las distintas instituciones con el ánimo de que les contara como había sido la cacería. Sin embargo, su majestad, dejó de mencionar en todos sus comentarios a dos de los personajes centrales de la aventura: su guapa amante y al pobre Simba.

A partir de ese momento todo fue un caos. Los malvados gacetilleros hicieron un sinfín de elucubraciones – todas sin fundamento, claro está -. Alguna que otra revista de humor lanzó sus dardos en forma de ocurrentes viñetas y los más prestigiosos periódicos europeos dejaron por unas horas de hablar de la prima de riesgo y del rescate español, para tratar de meterse en la vida del monarca que convalecía de su operación.

A los dos días apareció la reina para visitar al doliente. Y aquí hay que hacer punto y aparte. Muchos han sido los velocistas de han dejado su impronta en mundiales y olimpiadas por hacer añicos records que parecían imposibles de batir, con lo que se demuestra que la capacidad de aceleración y resistencia del ser humano va progresando en sus límites. Sin embargo, el mundo entero quedó asombrado por la marca de la reina en su visita al regio paciente en el hospital. En veinte minutos, la soberana, emulando a Julio César; llegó, vio y venció. En ese breve espacio de tiempo entró por la puerta; saludó al personal sanitario; conversó con los médicos que atendían a su esposo; echó a todos los que acompañaban al soberano y, como el viejo Simba, lanzó su última carga. Las crónicas no cuentan que cosas le dijo, pero a buen seguro que no hablaron del tiempo que hacía en Botswana. Y todo en veinte minutos.

Los miembros del gabinete de la Casa de su Majestad y el presidente del Gobierno le pidieron un acto de contrición de cara a la opinión pública.

Aquí hay que hacer otro inciso para ponernos en el estado de ánimo del monarca de nuestro cuento. Lo de la recuperación de su cadera seguía su curso, pero el dolor era bastante insoportable; los canallescos medios de comunicación hacían toda clase de comentarios y bromas sobre la situación; el presidente venezolano se partía de risa debajo un pozo de petróleo; su amada Corinna se había largado del país, dejando atrás la más bella historia de amor, y para colmo le habían comunicado que en las noches de luna llena en el Pardo, además del espectro del general, aparecía el de un viejo elefante, lanzando terribles barridos con su trompa. Aquello le hizo recapacitar.

El día que le dieron el alta, apareció compungido frente a la multitud de periodistas que le estaban aguardando. Salió apoyado en su bastón y mirando con gesto apesadumbrado a las cámaras dijo aquello de: “Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a suceder…”

Sin embargo al Pueblo no le quedó nada claro: ¿En qué se había equivocado el rey? ¿Qué es lo que no volvería a suceder? Las hipótesis se dispararon y las conjeturas populares llegaron a niveles inverosímiles. “El rey no volverá a romperse la cadera”, decían unos. No, no, respondían otros, “lo que quiere explicar es que no volverá a cazar elefantes”. “No os enteráis”, apuntaba un tercero, “lo que ha querido decir es que ya no buscará más aventuras”. Llegados a este argumento los contertulios se giraban al último orador y le espetaban con un: “¡Anda ya!”.

Para colmo apareció en visita oficial el gobernador de un soleado estado norteamericano, que jamás llegará a jefe de la diplomacia de su país, y que ignorando las mínimas reglas de la habilidad diplomática, cuestionó insistentemente al rey sobre los aspectos más personales de su accidente. A lo que su majestad le contestó: “Me caí de la cama”, tragándose parte de la respuesta que incluía adjetivos que no voy enumerar y que hubiesen hecho palidecer a los mismísimos botsuanos.

¡Y lo qué es la vida! La que menos se creyó las palabras del rey fue la reina que soltó un improperio cuando alguien le recordó que se cumplían sus bodas de oro y había que celebrarlo con recepciones y cena. La respuesta de la soberana, que no constará en los libros de historia, fue tajante. “¡Qué lo celebre con el elefante!”. Pocos saben que, aquella noche, el alma de Simba barritó en los jardines de El Pardo, pero más pareció una carcajada.

Epílogo
Donde el cuentista fabula sobre el devenir de los hechos y al margen de la más elemental prudencia, da rienda suelta a sus inconfesables deseos interiores.

Pocos años después

El nerviosismo era patente en todos los funcionarios y empleados palaciegos. Eran conscientes de asistir al último acto de un capítulo de la historia del País. Todos se afanaban en recoger documentos y enseres. Fuera, los ciudadanos festejaban el cambio de Constitución y la pronta llegada de la República. Las banderas tricolores ondeaban por doquier y de una forma pacífica los estamentos oficiales arriaban la bandera de la monarquía para izar la republicana, aunque todavía faltaba el protocolo de la proclamación del nuevo régimen.

Su, todavía, majestad, andaba renqueante por los pasillos del palacio. En el fondo estaba tranquilo, las infantas y sus nietos estaban ya fuera del País. Su heredero había recibido la petición de divorcio de su esposa, que andaba tonteando con un periodista que conducía un reality show en una televisión reincidente y machacona, y no obstante, parecía aliviado. Ambos yernos estaban en la cárcel, uno por negocios turbios y deudas con Hacienda y el otro por posesión de kilo y medio de droga.

Oficialmente se les había comunicado a sus majestades y al príncipe que podían permanecer en el País con todas las garantías, pero sin los capítulos de ayuda económica de los que habían gozado. El rey mesó el resto de su escasa cabellera y llamó al Jefe de su Casa:

-Es mi última petición amigo, me voy. Quiero que te encargues de decirle a la reina que salimos mañana con destino a Roma.

El cortesano, obediente hasta el último segundo, llegó al gabinete de la reina y lo encontró vacío. En un lugar visible había una misiva dirigida al soberano. Fue a entregársela inmediatamente:

-Su majestad no aparece, pero ha dejado este escrito.

El rey abrió lentamente el sobre y extrajo una pequeña nota redactada en papel rosado que decía simplemente:

Te espero en Botswana, mi amor… o no

LA CORALISTA

En la página de “Los Jardines del Drac” he subido uno de mis cuentos de nuestro libro “Veintidós Grullas Doradas”:

http://www.jardinesdeldrac.es/2011/03/04/la-coralista/

Os gustará.

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Alejandro Casona

 

Hoy, 17 de septiembre, se cumplen 45 años de la muerte en Madrid del genial Alejandro Casona. Maestro de profesión, de firme vocación progresista, fue uno de los impulsores de la cultura popular en las llamadas Misiones Pedagógicas creadas durante la Segunda República Española y en ellas coincidió con Federico García Lorca, Luis Cernuda, María Moliner, María Zambrano o Miguel Hernández, entre otros. El objetivo de tales Misiones era llevar la cultura a todos los rincones de la España de aquel tiempo. Bibliotecas, teatro, cine, canto coral, zarzuelas, proyecciones de obras de arte y cursillos de todo tipo, llegan a las más recónditas aldeas y a los pueblos más pequeños de la geografía hispana. Eso le costó el destierro, a otros, la vida. La muerte, su compañera virtual en tantas obras, le sorprendió apenas tres años después de haber regresado del exilio. Este cuento es un pequeño homenaje a tan insigne autor.

http://www.jardinesdeldrac.es/2010/09/11/alejandro-casona/

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http://www.jardinesdeldrac.es/

Podéis leer un cuento dedicado a Alejandro Casona entrando en la página de Los jardines del Drac o, simplemente, pinchando en le dragón.

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LA PEREGRINA

 

 

LA PEREGRINA

por Jordi Siracusa

LA PREGRINA

El mar parecía tranquilo, un espejuelo de esos por los que él tanto suspiraba y que los dioses blancos reservaban sólo para recompensar grandes favores…y grandes traiciones. Aquellas cuentas de superficie pulida eran algo maravilloso, capaces de atrapar mágicamente la luz y el rostro de su amada, incluso de comerse los rayos del sol para transformarlos en miles de destellos de colores, todo un prodigio. Había rezado a los dioses – a los suyos y a los de sus padres, no a esos recién llegados que vomitaban fuego con sus palos y forzaban a sus mujeres –, rogándoles fuerza y ventura para localizar las más hermosas perlas y así recibir a cambio el soñado premio. Un magnífico presente para ofrecer a la que pronto sería su esposa.
Desde niño, aún antes de llegar aquellos dioses mitad hombres y mitad animales, se había distinguido entre todos los nadadores de la aldea que, casi a diario, se somormujaban en las cálidas aguas para localizar las ostras perlíferas de la zona. Le habían criado y preparado para ello y sus potentes pulmones eran capaces de resistir más que nadie bajo el agua. Anduvo por los travesaños que formaban un sencillo espigón de madera, construido por los dioses blancos, e invadido por pequeños moluscos y cangrejos.
Illapa, dios del rayo, la tormenta y del agua, les era propicio y las frágiles canoas podían adentrarse sin peligro. Durante la navegación, se sentó en la piedra que anclaría la barca en la tierra arenosa de los arrecifes, mientas bucearan, y se pinchó con los bejucos con que ataban la primitiva ancla. La costa de la isla se iba alejando mientras las canoas se adentraban en el mar caribeño. Al cabo de pocos minutos los barquitos se detuvieron y los pescadores se aprestaron a iniciar las zambullidas.
La ejecución era simple, aunque peligrosa. Los buscadores con saquitos atados al cuello o talegas en bandolera sujetas con dos pesados cantos, para que la fuerza del mar no las levantara, se lanzaban al agua y al rato aparecían con las bolsas llenas de ostiones; de cada cien izados, sólo uno o dos llevaban las buscadas perlas. El “secreto” de una provechosa inmersión era llegar a lo más hondo posible y aguantar mientras removían la arena. Las conchas pequeñas eran las más fáciles, pululaban cercanas a la superficie, en cambio, las grandes, reposaban en las rocas del fondo marino. Allí las ostras se pegaban de tal forma, que precisaba de un enorme esfuerzo arrancarlas. La operación se repetía hasta que el pescador se agotaba, le estallaban los pulmones, o era presa de algún tiburón.
Nuestro nadador se zambulló con la ilusión de obtener el mejor botín. Sus inmersiones eran profundas y prolongadas, podía sobrepasar con creces los tiempos de los otros pescadores; era el mejor. Después de cinco o seis buceos, llenando la bolsa de ostras estériles, decidió tratar de encontrar algo especial, por lo que removió los fondos hasta sentir que le reventaba el pecho. Mientras sus sienes se hinchaban y sus piernas se convertían en pesadas rémoras, recordaba a los compañeros perdidos en intentos similares: los había visto subir a la barca agotados, hablando entre delirios de una pieza enorme pegada a una de las peñas marinas.

De pronto la vio. Se estaba agotando el aire de sus pulmones, por lo que, sin vacilar, enganchó en la roca su bolsa para poder localizar de inmediato el lugar y subió a la superficie a renovar el vital oxígeno. Se hundió de nuevo hacia el señuelo. Se trataba de la ostra más grande que jamás había visto; después de varios forcejeos pudo arrancarla de su arrecife y emergió con ella a la superficie. Todos los navegantes de la canoa se arremolinaron para ver si era perlífera. Alguien cogió un cuchillo de jade y presionó los vértices de la protectora concha. Un ¡oh! general se escuchó al contemplar una gigantesca perla en forma de gota.

El cacique Chiruca miró asombrado la joya, el joven buceador de pie frente a él y rodeado por sus compañeros, esperaba el dictamen del jefe. “Es la perla más grande y hermosa que jamás he visto”, especuló mientras su diestra señalaba una tamba de colores sobre la que brillaban espejos, cuentas, adornos y otros abalorios. “Coge lo que quieras”, le indicó en un rasgo de generosidad que asombró a todos. Aquella noche Akllasumaq, la joven prometida del buceador, fue inmensamente feliz al adornarse con las quincallas que le trajo su amado y comprendió el significado de su nombre (elegida por su belleza), al mirarse en aquella pulida luna, descendida del mismísimo Hanan Pacha, lugar de los dioses, y que era el mejor entre todos los regalos.

La selva se estremece con la llegada de aquellos hombres. Despejan el camino a machetazos, las hermosas cantutas, la flor de los Incas, caen como caerán, algunos años más tarde, los ejércitos de Atahualpa. Los castellanos están cansados y hartos de comer aguajes y guanábanas, la conquista del archipiélago es paso indispensable para proseguir el asalto del continente. El capitán del grupo, Gaspar de Morales, trata de sujetar su montura cuando avista la aldea de Chiruca, a quién considera un aliado de conveniencia y con el que ya ha establecido una asociación de intereses. El inca le proporciona esclavos y oro, y los castellanos se comprometen a respetar la aldea y a no matar a ninguna de las mujeres que violan.
Los nativos conocían demasiado bien las “tácticas guerreras” de los invasores, siempre acompañados de perros amaestrados para atacar a los indígenas. Les han visto ajusticiar a los caciques enemigos con un invento de Gaspar: la pena de la pólvora. Habían presenciado su ejecución, como ataban a los condenados a un árbol y les disparaban con un arcabuz o con un cañón, causando en el cuerpo de los desdichados reos, tal destrozo, que sólo pensar en ello, les atemorizaba.
Era la tercera o cuarta vez que aquellos hombres de pelo en la cara, altas botas y terribles cañas de fuego, visitaban la aldea. “Tengo algo para vos”, comentó Chiruca al capitán de la tropa. Éste desmontó pensando en que le tenían reservada alguna joven esclava, entró en la tienda con dos de sus lugartenientes y quedaron maravillados al ver la perla. “Es especial, de una peregrina belleza”, masculló uno de ellos. Gaspar tomó la joya en sus manos: “Digna de una reina”, se dijo a sí mismo. Aquella noche la cabeza del feroz capitán no paró de dar vueltas, era su oportunidad para que el gobernador de Castilla del Oro, Pedro Arias Dávila, le autorizara a adentrarse en el continente más allá de la nueva ciudad de Panamá, todavía en construcción , para buscar la mítica Birú, la ciudad de los palacios de oro y nácares.

Pedrarias Dávila, como llaman todos al gobernador, escucha atentamente a Gaspar, que le pide hombres, cañones y caballos. El viejo gobernador sonríe, ha aprendido a conocer a los hombres por la codicia que se dibuja en sus rostros y la malevolencia que asoma en sus sonrisas; sin embargo, él también es un matador y sabe que desde que llegó hace unos años a Santa María la Antigua ha tenido que ejecutar a muchos hombres y las expediciones también sirven para perder de vista a elementos peligrosos. Va llegando el momento de vivir tranquilo al lado de su esposa Isabel de Bobadilla. Pedrarias duda qué responderle a aquel hombre que le está proponiendo encontrar una ciudad fabulosa. En aquel momento entra su dama. Doña Isabel, conserva todavía gran parte de la belleza que cautivó a los capitanes a las órdenes de su padre, Francisco de Bobadilla, el conquistador de Granada. El gobernador se ve obligado a presentar a su esposa al aventurero Gaspar, éste intuye que ha llegado su gran oportunidad y saca de su bolsa un pequeño paño de color rojo. “Un presente para vos, señora”, dice, extendiendo su brazo hacia la dama. Ella sonríe y abre con curiosidad el bulto. Su sorpresa es inmensa al contemplar la perla.
– La llamo, “la Peregrina”, matiza el audaz capitán.
Pocas semanas después, Gaspar tendría todo lo que había pedido además de un nuevo lugarteniente, un tal Francisco Pizarro.
Doña Isabel conservaba el fascinante obsequio en su alcoba. No tenía intención de lucirla, le parecía demasiado hermosa, demasiado ostentosa. No obstante, miraba cada día su tesoro y se emocionaba con la inusual forma y tamaño del aljófar (“al-fawhar”, las llamaban en el reino de Granada). En la pieza se equilibraba, lo bello de las formas, con la dimensión de la exageración lujosa.
Tenía pensado hacerse un aderezo y solicitó la presencia de un esclavo indio, con fama de ser un artesano excelente en el montaje de joyas. Cuando el viejo inca vio la perla, persuadió a doña Isabel para que no colgara de su cuello la alhaja: “Ésta maldita de los dioses, su forma es la de una lágrima, anuncio de las que hará derramar y en su opaco nácar puedo ver cosas, cosas terribles. Doña Isabel, asustada, le pidió que le contara sus visiones.
El anciano pareció hablar desde un lugar de ultratumba cuando fue anunciando las cuitas: “Emponzoñará a su padre, será abandonada por su madre; matará a una reina, volverá colérico al prudente y aunque iluminará el estanque y cabalgará en los más bellos corceles, también visitará los prostíbulos y lucirá en fealdad; vencerá a las llamas; cegará al bobo y ayudará a la prostituta; tentará al ladrón y al águila herida; hará llorar a una emperatriz y perder la cabeza al príncipe de los inútiles, celará a otra reina y por todo ello, será condenada a ser devorada por el monstruo”. La de Bobadilla quedó aterrorizada ante el discurso del artesano, ¿cómo podía hablar de aquel objeto como si de un ser vivo se tratara? Decidió guardar la gema de nuevo en el fondo de su cómoda, aunque nunca perdía la costumbre de admirarla cada noche y preguntarse qué terrible monstruo sería capaz de engullir semejante pieza y no perecer en el intento.
Pasaron unos años y don Pedro entregó su azarosa vida al señor. Los patriarcas de la Iglesia contaron que fue por achaques de la edad. Su viuda andaba diciendo que fueron las fiebres que habían azotado años atrás a Santa María la Antigua, pero los habitantes de León sabían que el anciano guerrero había muerto en brazos de una jovencísima y bella india. Ella llevaba una hermosísima perla colgada al cuello y él pereció con la joya en la boca, tratando de imitar un mordisco. Tenía los músculos del pecho y el abdomen contraídos y bloqueados por el efecto del veneno que utilizaban algunos nativos para cazar. Corría el año del Señor de 1531.
Cuando Pedrarias fue enterrado, muy cerca del Mobotombo, nadie en León podía imaginar que, años después, el volcán destruiría totalmente la ciudad en una de sus inesperadas erupciones. El caso es que su viuda regresó a España, a una corte que había dejado hacia cerca de veinte años. La Peregrina, tal vez por prudencia o tal vez por temor a las palabras del viejo orfebre, quedó en Castilla del Oro.
Tras cerca de cinco décadas, la esplendorosa lágrima apareció en uno de los cajones secretos del mueble que, doña Isabel, tenía en su dormitorio. Inmediatamente fue entregada al Aguacil Mayor de Panamá, Diego de Tebes. Éste, admirado por el tamaño de la pieza ordenó su pesaje: 58,5 quilates; justos los años que habían transcurrido desde que Gaspar de Morales, se la entregara a doña Isabel. Don Diego no imaginó mejor destino para la joya, que el cuello de la esposa del rey Felipe II, la reina Ana de Austria. Llegó el bueno de Don Diego a Sevilla e inmediatamente se dirigió a la corte para ofrecer la joya al rey.
Su majestad le recibió exultante, tenía dos felices motivos: la reina iba a darle un quinto hijo y sus tropas andaban destrozando a las portuguesas, con lo que pronto alcanzaría su anhelado sueño de incorporar la corona lusa y todas sus posesiones, a la monarquía española. Regalarle a su esposa la perla que le ofrecía su Aguacil Mayor en la Nueva España, le pareció una idea estupenda: “¿Cuanto pedís por ella?”, preguntó el monarca sabiendo cual iba a ser la respuesta. “Lo que vuestra majestad considere oportuno”. El rey fijo una cantidad, 9.000 ducados. “Cargadlo al Consejo Real de las Indias”, dijo mientras observaba con admiración su nueva adquisición.

Pocos días después, la reina daba luz a una nueva infanta. El rey tieso como una escoba, pero todavía ágil, apareció en la alcoba real para obsequiar a la reina Ana con un joyel muy peculiar: De un bello diamante llamado el Estanque, engarzado en un águila bicéfala, cuelga preeminente la magnífica perla. La luz se estrella sobre la joya y ésta absorbe la poca claridad que entra por el ventanal de la cámara. La sombra del rey, oscura como sus ropajes, se recorta sobre la pared y un presagio triste atraviesa la mente de la reina, que recibe con una sonrisa el presente, mientras el rey le besa en la mejilla. Ella, tratando de borrar el funesto presentimiento, se repregunta lo mismo que el día en que le conoció: ¿Cómo podrán sujetar esas delgadas piernas su real cuerpo? La reina no dejaba de tener razón, los dos alambres que aparecían bajo los greguescos de Felipe de Austria, embutidos en las sempiternas medias calzas negras, daban la sensación de que se quebrarían de un momento a otro. No así ocurría con la perla, grande, pesada, bella; fascinante. La reina no se quitó de encima el joyel durante los escasos meses que sobrevivió al parto. Corría el año 1580.
El Estanque y la Peregrina fueron a las estanterías del Tesoro Real. Sin embargo, su majestad reclamó la perla y mandó hacerse una cadena de oro grueso, para poderla llevar en sustitución de los habituales crucifijos. Decidió estrenarla un día de agosto del año del Señor de 1588. Desde hacía días, todo Madrid, convertida veinte años atrás en Corte y capital del Reino de España, andaba preocupada por la suerte que hubiese podido correr la formidable flota real, la autodenominada Armada Invencible. Felipe II permanecía sereno y prudente a la espera de buenas nuevas que le anunciaran el desembarco español en la isla inglesa. Jugaba con su joya tratando de no demostrar impaciencia o angustia.
Sobre el mediodía el duque de Lerma, gentilhombre de cámara del rey, entró en el gabinete real: “Majestad…,” dijo y sus palabras quedaron flotando en el aire como el peor de los auspicios. El monarca de España, Portugal y de todas las posesiones allende los mares, observó al duque, éste permanecía con la mirada fija en el suelo del Alcázar. “¡Alzad los ojos, duque, e informadme del desastre!” Lerma contó el desgraciado fin de la Invencible. El Rey Prudente tuvo un arrebato de furia y entre aspavientos y maldiciones, dijo alguna que otra frase célebre y decidió no ponerse nunca más la espectacular perla de allende sus mares.
A su muerte, la testamentaría real hizo una descripción de la Peregrina: “Una perla pinjante en forma de pera de buen color y buen agua, con un pernito de oro por remate, esmaltado de blanco, que con él pesa 71 quilates y medio. Compróse por el Consejo Real de las Indias de don Diego de Tebes en 9.000 ducados. Tasóse por Francisco Reynalte y Pedro Cerdeño, plateros de oro y lapidarios del Rey nuestro señor, en 8.748 ducados. Tiénela la Reyna, nuestra señora…”
Efectivamente, la perla había ido a parar al joyero de Margarita de Austria, una atractiva niña de quince años a la que habían casado por poderes en Ferrara con Felipe III.

Un día la reina-niña se entretuvo jugando con el joyel y luego, lo dejó cuidadosamente en el estuche de plata y la olvidó durante un tiempo. Años después, Rodrigo de Villandrando hizo a la reina un retrato ecuestre, al verlo, la retratada no se sintió lo suficientemente bella: “Rodrigo, parezco una pomposa dama de la corte austriaca, no la reina de España, falta vida y solemnidad en el cuadro”. El retrato quedó inconcluso hasta que, algún tiempo después, pidieron a Velázquez que le diera su toque mágico.
El genial sevillano estuvo dando vueltas a cómo arreglar la obra, no podía tocar las gualdrapas y los ostentosos mantos bordados que había pintado su predecesor sin hacer un desaguisado. Pero encontró el remedio retocando el caballo y dando empaque y esplendidez a un corcel que había salido bastante rocín de los pinceles de Rodrigo. En cuanto a la reina Margarita, decidió engalanarla para que el retrato ganara en majestuosidad y le pidió que sacara de su joyero personal alguna pieza especial para adornar el busto. La reina removió sus joyas y de nuevo salió a la luz la Peregrina para vestir de oropel y ostentación el retrato ecuestre. Cuando el rey lo vio, le pidió al pintor, como era costumbre, otra obra que hiciera pareja con la de la reina. ¿Qué alhajas os pondréis majestad?, preguntó Velázquez. El rey miró a su esposa con gesto de interrogación. Ella le contestó sonriente: “Te la presto”. El artista pintó al rey muy arrogante, montado a lomos de un impresionante corcel en corbeta, con un fondo de montañas recortadas sobre un cielo nuboso. En el sombrero real aparecía prendida la perla de la reina, desprendida del joyel y separada de “el Estanque”.
No fueron demasiadas las veces que la reina lució la joya, la usó mucho más su sucesora Isabel de Borbón, que a los trece años casó con el príncipe de Asturias y que sería una de las reinas más vanidosas, coquetas y presumidas a la par que hermosa e inteligente, que ha tenido el reino. El día que cumplió los diecisiete años el rey, su suegro, la mando llamar: “Isabel”, dijo, “quiero haceros hoy un regalo muy especial porque deseo que brilléis como mujer y como futura reina”. Isabel no pudo articular palabra al ver la extraordinaria ensambladura donde, de nuevo, compartían belleza el Estanque y la Peregrina.
Felipe IV, el gran putañero, como se le conocía en todos los burdeles de Madrid, Toledo y Valladolid, ciudad en la que había nacido, era alto y delgado, pero fibroso y fuerte. Había heredado de los Austrias el cabello rubio, los ojos verdes, la nariz prominente y el prognatismo de la mandíbula inferior, que no disimuló con las barbas como sus predecesores. Su valido, el Conde Duque de Olivares, advirtió pronto las debilidades del rey por las damas, las cortesanas, las mozas de taberna, las meretrices y cualquier mujer que se pusiera a su alcance.
El valido supuso, no sin razón, que teniendo al rey distraído podría administrar a capricho. Mientras tanto la reina había hecho famosa la Peregrina, luciéndola en recepciones y fiestas; tanto, que las prostitutas que frecuentaba su esposo le pedían al real amante ver y tocar tan hermosa joya. Así, la joya proveniente de las entrañas de una ostra caribeña, se paseó por los lugares de mayor latrocinio y anduvo efímeramente entre los senos de cocineras, taberneras y criadas, pero también por salones de palacios de la corte que luego se poblaron de hijos bastardos del rey.
Un día la reina fue a buscar su joya y encontró sólo el Estanque, al notar la falta de la perla montó en cólera. Doña Isabel pidió explicaciones a don Felipe, que se atusó sus largos bigotes para recordar dónde narices había mostrado la joya por última vez. Por fortuna, la halló entre los pliegues de sus calzones. Aquí pudo terminar la andadura de la Peregrina, en manos de cualquier moza de lupanar; sin embargo, todavía estaban por cumplirse gran parte de las premoniciones del viejo indio.
Mariana de Austria desde su pomposa residencia en el Palacio Imperial de Hofburg, de Viena, siempre miró con recelo el recuerdo de la que habría tenido que ser su suegra, Isabel de Borbón. No tenía ni su belleza, ni su inteligencia, ni su coquetería; únicamente podía equipararse con ella en la vanidad. Por tanto, sentía un enorme sosiego por no tener que compartir la corte con la ya difunta reina. Ella era fea, bajita y sosa, ni el mismísimo Diego Velázquez pudo sacarla bella en sus retratos. La habían prometido a su primo el príncipe de Asturias, Baltasar Carlos, por los habituales motivos de Estado. Inesperadamente falleció el príncipe y el rey viudo pidió la mano de Mariana a su padre el emperador de Alemania. Era tan aburrida y anodina que no demostró ninguna emoción al recibir de manos de su esposo la fabulosa Peregrina.
Un oscuro día en que la perla se bamboleaba entre los pechos de Mariana, ésta demostró su acostumbrado desprecio por las gentes del pueblo. Una mujer, con fama de bruja en la villa, se acercó a ella y le dijo al verla embarazada del que sería Carlos II: “Ojalá vuestro hijo tenga vuestra belleza e inteligencia multiplicada por tres”. Ella sonrió estúpida. El vaticinio de la madrileña se cumplió. El rey Carlos II fue mucho más tonto y grotesco que su madre, era el paradigma de la memez y su mente un reino de brumas. El “Hechizado”, sería el colofón de la dinastía de los Austrias en España.

El tiempo pasó y nuestra perla acumulaba misterio y experiencias. La Nochebuena de 1734, el viejo Alcázar de los Austrias empieza a arder. Aquellas paredes que mandara levantar Carlos I sobre la fortaleza del emir musulmán Muhammad ben Abd, no pueden soportar la fuerza del fuego y algunas se derrumban. Se queman muebles, cuadros, documentos y joyas. Los cofres donde se guardan los alhajas reales son pasto de las llamas, una gran perla en forma de lágrima rueda por los suelos para convertirse en pira expiatoria; mas a punto de prenderse, cae sobre ella, protegiéndola, una vieja armadura de los tiempos de Pizarro. La Peregrina se recoge en el útero protector, aunque esta vez no sea de concha.

La reaparición de la Peregrina fue un tanto extraña, concretamente 58 años y medio después del voraz incendio. El rey Carlos IV al mirar su joyero, observó una pieza de belleza excepcional y recordó haberla visto en retratos de Palacio. Consultados los archivos e inventarios reales se dedujo que se trataba de la mismísima “Peregrina”.
El rey había tenido una terrible discusión con la reina porque le había parecido que María Luisa de Parma coqueteaba demasiado con su nuevo primer ministro Godoy. La reina se había ofendido por tales insinuaciones y ahora su majestad quería compensar a su esposa por tamañas infundadas sospechas. Cogió la joya y se dirigió a los aposentos de la reina. En la antecámara, varias damas de honor de María Luisa cuchicheaban despreocupadamente; al ver llegar al rey se pusieron algo nerviosas por la presencia del monarca, él hizo una seña con su siniestra para que se calmaran, mientras acercaba el dedo índice de su diestra a los labios pidiéndoles silencio y complicidad. Las damas de honor cedieron paso franco al rey, él notó en sus rostros el temor que infundía su presencia y dignidad.
Abrió la puerta de golpe, agitando la perla como un sonajero a la altura de sus ojos. Aún cegado por el brillo, pudo ver a su querida reina sentada sobre la cama con las piernas abiertas y un palafrenero a quién no pudo reconocer, por tener el rostro hundido entre los muslos reales, arrodillado – así debía ser- frente a su reina. María Luisa al verlo entrar exclamó: “¡Majestad, perdonad, pero me estaban poniendo bien las medias para ir a vuestro encuentro!”, mientras con el pie empujaba al eficaz palafrenero.
– Madame – repuso el rey sorprendido – ¿No sería ésta una responsabilidad más propia de vuestras damas de honor?
– Son muy torpes, sire – respondió María Luisa poniéndose en pie, mientras el criado salía de la alcoba presuroso.
– Venía a disculparme con vos por mi ataque infundado de celos – argumentó el monarca, mientras extendía hacia su esposa el fruto de la ostra caribeña.
La reina quedó muda de asombro. “Es hermosísima”, atinó a decir, mientras una lágrima tan trasparente y pura como la perla resbalaba por su noble rostro. Su majestad decidió lucir profusamente aquella joya a la que alojó dentro de un óvalo de diamantes con la leyenda “Soy la Peregrina”.

Aquella mañana, sería un mal día para las águilas imperiales, José Bonaparte andaba de preparativos para abandonar Madrid. En su berlina y otros carruajes se llevaba expoliado todo un tesoro compuesto de las más valiosas piezas de oro y plata y cuadros de los mejores pintores. El inventario confeccionado por Juan Fulgosio en 1808 y entregado al ministro de Hacienda conde de Cabarrús, permitían al intruso no “olvidarse” de ninguna pieza de valor. Ante la belleza sin parangón de la Peregrina y del Estanque, José Bonaparte sintió un escalofrío: “No quiero perderlos”, pensó el ladronzuelo. En el exterior de Palacio se escuchaban ya los cañonazos de las tropas que se aprestaban a liberar Madrid. Así que llamó a su ayuda de cámara, Cristóbal Chinvelli. “Cristóbal, parte de Madrid y llévale estas joyas a madame”, se refería a Julia Clary, su esposa y hasta entonces reina consorte de España, en la que nunca puso el pie. “Pero, sire, no puedo dejaros en esta situación, en pocos días caerá Madrid…”, respondió Chinvelli, angustiado. “Yo partiré pronto con el Tesoro Real, si a mí me alcanzan salvaré al menos estas dos piezas”. Apenas media hora más tarde salía Cristóbal Chinvelli, con el botín, camino de París.

Cuatro días después un regimiento de húsares británicos avistó la columna de José Bonaparte. Desplegaron sus banderas y esperaron la orden. Picaron espuelas y las monturas relincharon cuando se inició una feroz carga. La columna francesa no pudo resistir el ataque. El corso huyó a uña de caballo abandonando gran parte del tesoro que había expoliado. El general en jefe de los aliados, Wellington, tuvo que fusilar a más de un soldado británico, porque éstos se lanzaron a saquear frenéticamente el erario de la corona española olvidándose de perseguir a las divisiones napoleónicas en retirada.
Caído el bonapartismo, Julia Clary huyó a Estocolmo. Creía llevar consigo la afamada perla; pero su infiel marido, le había puesto en su lugar una baratija, mezclada entre joyas de baja calidad. Cuando Julia quiso obsequiar a su hermana, Désirée, reina de Suecia, se encontró con el engaño de José, que en aquellos días atravesaba el Atlántico. De ese modo, la Peregrina, regresaba al continente americano que la vio formarse.

José Bonaparte y su amante estadounidense contemplaban con admiración a la Peregrina. Lo hacían en el estanque de su lujosa mansión de Point Breeze, bajo el tibio sol de Filadelfia. Con algunas de las joyas que pudo conservar en su huida, había adquirido su nueva morada americana. La venta del diamante “el Estanque” había servido para comprar los suntuosos muebles y dotar a su gran biblioteca con los libros más raros. Como homenaje a la joya enajenada, habían construido ese lago artificial que iluminara el lugar donde pensaban pasar el resto de sus días. Sin embargo, conservaban la Peregrina como recuerdo de sus días de rey de España y el mejor de sus engaños.
La pluma devolvía la tinta sobrante al recipiente de porcelana cuando el joven Luis Napoleón Bonaparte, futuro presidente y emperador de los franceses, terminaba la misiva a su tío José Bonaparte para anunciarle que podía regresar a Europa. El ahora conde de Survilliers dejaría su residencia y a su amante norteamericana para trasladarse a Florencia. Apenas tres años después fallecería, acordándose de su sobrino y valedor en su testamento. Le otorgaba a la par que otros legados, la propiedad de una curiosa perla en forma de lágrima que escondía entre sus nácares la maldición del inca.
Al sobrino nieto de Napoleón le costaría todavía mucho alcanzar el poder, huido a Inglaterra por conspirar contra el rey Luis Felipe, seguía buscando dineros y aliados entre los lores ingleses. Estando una tarde a la hora del té en el palacio de lord Frederic Hamilton, marqués de Abercorn, el joven aguilucho le pidió el nombre de algún joyero honrado que supiera valorar una hermosa joya. El de Abercorn quedó asombrado al contemplarla: “Es muy hermosa”, apuntó sorprendido; se dirigió a un secreter y tomó un talonario de cheques. Luis se mantuvo sereno y callado, mientras el inglés escribía una considerable cifra. La Peregrina pasaba a manos británicas, concretamente a las de lady Abercorn esposa del marqués. La gema se pasearía por todas las cortes europeas con su nueva dueña a lo largo de 58,5 años, término al que llegó a su ocaso la dama inglesa. Juntas compartieron penas y alegrías. Tal vez el momento más delicado fue aquel en que ambas, dueña y joya, vivieron en un baile en las Tullerías.
Luis Napoleón Bonaparte había conseguido, al fin, sus sueños: era emperador de los franceses y se había casado con una de las mujeres de mayor linaje y belleza de Europa. Se trataba de Eugenia Palafox Portocarrero y Kirkpatrick, más conocida por “la de Montijo”. La pareja imperial daba un baile en el Palacio de las Tullerías al que asistirían invitados de toda Europa, en particular los nobles ingleses que habían apostado por el heredero de Bonaparte.
El padre de Eugenia de Montijo, masón, liberal y bonapartista, que apoyó decididamente a José Bonaparte, conocía, de labios de éste, el penúltimo destino de la joya y había hecho confidente a su esposa María Manuela Kirkpatrick, quién a su vez, contó el destino de la perla a su hija Eugenia. La emperatriz siempre había esperado que su esposo la sorprendiera cualquier día con la joya que lucieran las reinas de España. Su desconcierto, estupor y rabia fueron inmensos cuando los marqueses de Abercorn, presentaron sus respetos a los emperadores. Del cuello de la dama colgaba una delicada pieza y engarzada a ella la magnífica perla. Algunos de los presentes contaron luego que a la emperatriz se le escapó una lágrima, preludio de las muchas que vertería a partir de entonces con las vicisitudes que le reservaba el destino.


Una otoñal tarde de octubre de 1914, un cincuentón de aspecto elegante y flema británica cruza Madrid para dirigirse al Palacio de Oriente y entrevistarse con un alto personaje de la Casa Real. El hombre es el representante de la afamada joyería londinense R. G. Hennell & Sons, por primera vez ha dejado su inseparable paraguas en el lujoso hotel Palace, construido hace apenas un par de años. El persistente sol del mediodía madrileño no hace presagiar ni la más mínima gota de lluvia. Le esperan en la escalera de embajadores; sin embargo, acceden a las dependencias palaciegas por una entrada lateral. El grupo entra en lo que había sido el comedor del Palacio, antes de que Alfonso XII mandara configurar y decorar el actual. El viejo salón es ahora una sala de proyección, idea de la reina Ena de Battenberg. Allí, en la intimidad de los funcionarios palaciegos, el representante de los joyeros ingleses proyecta una filmación en la que aparece una perla sin parangón. Es la Peregrina.
Los empleados palatinos trasladan a su majestad las pretensiones de la firma británica: 35.000 libras. Le muestran al rey el reportaje y un informe pericial y fotográfico. “No hay duda, es la que choriceó Pepe Botella”, exclama Alfonso. “Y ahora, Rodrigo…”, dice dirigiéndose al marqués de Villalobar, “quién cojones le cuenta a Ena que la que le regalé para su boda no es la verdadera”. Los presentes no responden, saben que el monarca tiene razón, a estas alturas la reina ha lucido en varios retratos oficiales la otra perla, con la seguridad de que llevaba la perla de las reinas de España.
“Su majestad está a punto de dar a luz, sería un bonito regalo”, osa comentar uno de los presentes. “¡Pero por el amor del cielo!”, exclama Eduardo Dato, levantando el tono, “Tuvimos follón en Marruecos el verano pasado, acaba de estallar una guerra en Europa que no sabemos lo que va a durar, ni a que naciones va a involucrar, ¡cómo vamos a gastarnos ahora 35.000 libras!”. “Tiene razón don Eduardo, responde el rey, díganles a estos señores que la vendan a otros, pero con la mayor discreción.” La joya, a partir de entonces, ira de millonario en millonario, añorando sus tiempos de realeza.

El tiempo ha pasado tan raudo como cuentan las páginas de la historia en una tarde de tranquilidad cómplice y lectura amiga. La vieja Europa trata de no recordar las dos guerras que han cambiado su faz y la han llenado de vergüenza. Amanece el año 1969, la última reina consorte de España, doña Victoria Eugenia de Battenberg, languidece en su residencia en su exilio de Lausana en Suiza. Pensaba que desde que se había casado con Alfonso XIII en 1906, nada había sido real en su vida. Su esposo no fue aquel novio libidinoso, simpático y ocurrente que trataba de tocarle los senos en Biarritz, tampoco sus hijos fueron lo que ella hubiese deseado, estigmatizados los varones por la enfermedad de la que era portadora o por otras taras hereditarias y degenerativas. La tan deseada corona española no había sido un cuento de hadas, precisamente. Ni siquiera su prima Bee, inseparable durante la infancia y confidente en su nuevo reino, y que acabó bajo la colcha del rey, fue una verdadera amiga. Nada, salvo sus joyas…o eso pensaba.
Aquel enero, el último que vería la reina, la galería Parke Bernet de Nueva York, anuncia la subasta con el número de lote 129 que según dice el catálogo es: “Una de las perlas de mayor significado histórico en el mundo”. Contaban que había pertenecido a los nobles marqueses de Abercorn y que, anteriormente, había sido la joya favorita de las reinas de España. No cabía duda, estaban subastando la gema de doña Isabel de Bobadilla.
En España las cosas no están para subastas, el dictador intuye que va a diluviar cuando él se muera. Como todos los iluminados cree que debe dejar las cosas muy bien atadas para que su locura dictatorial prevalezca; sin embargo, en su interior sabe que no será así, soplan aires de libertad. No le dan miedo los políticos opositores o están escondidos o todavía se sienten atemorizados; no le asustan los movimientos nacionalistas, en el fondo siempre ha sabido utilizarlos, piensa en Cambó y sonríe, fue su mejor aliado y cómplice; tampoco le da miedo el juicio de la Historia, ha utilizado demasiadas veces sus páginas como papel higiénico, sólo hay algo que le hace temblar: el Pueblo. Ese enemigo valiente, oprimido y callado, pero jamás dormido y al que tanto teme. Sabe que es un Pueblo con memoria, al que la política sólo puede distraer, pero nunca anestesiar. Tiene que buscar una solución de continuidad. Teóricamente Juan Carlos de Borbón será su sucesor en la jefatura del Estado, sin embargo su nieta Carmen anda tonteando con Alfonso de Borbón Dampierre, hijo de Jaime de Borbón que tuvo que renunciar a su derecho de sucesión por una minusvalía y que destacó como criador de pavos. Si consigue que el galán de su nieta gane prestigio social, puede soñar con que Carmen llegue a ser reina de España.
Central Park se nacaraba con el invierno neoyorquino mientras que en la cercana galería de arte Park Bernet, la sala de subastas se llenaba de clientes y curiosos. Al salir el lote 129, se escucharon expresiones de asombro. La Peregrina aparecía desafiante en todo su esplendor. La expectación era inmensa, las pertinaces declaraciones de la ex reina de España asegurando que tenía en su poder la auténtica, obsequio de su fallecido esposo, el otrora rey Alfonso XIII, habían dado la vuelta al mundo. No obstante, la galería había demostrado la legitimidad y el pedigrí de su pieza.
La subasta se inició con una cantidad lo suficientemente baja para hacer sonreír a un joven Borbón, que tenía la “orden” de pujar, ganar y regalar la joya a su abuela en Lausana, recuperando todo el prestigio y bendiciones que su primo Juan Carlos había ganado haciendo regresar por primera vez a España a su abuela, para asistir al bautizo de su biznieto Felipe. Alfonso de Borbón pujó por 7.000, 10.000 y 15.000 dólares, todos los demás participantes iban renunciando. Se quedó aparentemente pujando solo al llegar a la cifra de 20.000. Volvió a sonreír y dijo a su acompañante: “Qué me corten la cabeza si no me llevo la joya”. Sus palabras resultaron proféticas en cuanto al luctuoso hecho, pero inexactas en cuanto a ganar la subasta. Al fondo de la sala, bajo la apariencia de un hombrecillo insignificante, el abogado Arron R. Frosch, había esperado las ofertas finales. Su voz sonó segura: ¡37! La Peregrina le fue adjudicada por 37.000 dólares de la época.
Si la desilusión de Alfonso fue terrible y la del dictador patética, peor les supo conocer al destinatario final de la subasta: era un actor galés afincado en los Estados Unidos, su nombre, Richard Burton. Apenas tres meses después, Victoria Eugenia fallecía en su residencia suiza, manteniendo que la verdadera Peregrina era la que ella había disfrutado. En el mes de julio las cortes franquistas ratificaban al príncipe Juan Carlos como sucesor del dictador a título de Rey. El sueño de Carmen Franco y Alfonso de Borbón se había diluido como una perla en vinagre.

El hotel Caesar’s Palace tenía aquellos días unos clientes muy especiales se trataban de las estrellas Elisabeth Taylor y su esposo el actor Richard Burton. Celebraban que la actriz cumplía 37 años. Llegaron con sus innumerables maletas y un par de Lhasa Apso, una raza de perro de origen tibetano de pequeño tamaño que ladraban como trompetitas de feria. Uno era de color blanco y pasaba por ser el de la actriz; el otro, de tono naranja tostado, era el favorito del actor. Los canes paseaban como niños por el salón de la suite, jugando con todo y subiéndose a la cama del dormitorio.
Aquella noche en la fiesta de cumpleaños corrió el champan y la alegría. Los íntimos y escasos invitados, quedaron maravillados cuando Elisabeth abrió el estuche que contenía el regalo de su marido. La más bella de las perlas colgaba de una carlanca de diamantes. La actriz abrazó a Richard como aquella primera vez mientras rodaban “Cleopatra”. Cuando los invitados les dejaron solos, ella se puso el collar con la Peregrina…y nada más. Un par de horas después se quedaron dormidos; estaban agotados por aquella velada de regalos, de vino y de rosas. En la mesa del salón, atestada de copas y ecos de conversaciones mundanas, yacía la perla desprendida de su engarce por los efectos de la pasión vivida.
La noche se había cerrado sobre Las Vegas, el profundo y artificial sueño de la pareja no hubiese advertido ni la explosión de una bomba. Unos ojos, profundos como la noche de los tiempos, se acercaron a la mesa; los neones de la ciudad del juego, paraíso de los ludópatas, se colaron por los ventanales y dibujaron una lobreguez amenazante. Una garra arrastró la Peregrina hasta el suelo y allí unas fauces feroces la atenazaron, mientras en la pared se reflejaban como sombras chinescas cada uno de los terroríficos movimientos del vaticinado monstruo. La profecía se había cumplido.

EPÍLOGO

A la mañana siguiente, una soñolienta Liz trata de aclarar su garganta seca por el whiskey y los excesos. Vagamente recuerda la celebración de la víspera. De repente, algo destella en su memoria ¡¿Y la perla?! ¿Dónde está? No quiere ni pensar, si Richard se entera de que la ha perdido… El actor no es demasiado amable cuando se enfada.
Sus oídos captan un extraño ruido casi imperceptible. Es como el de una fiera devorado a su presa, después de haberla matado. Se asusta, sus hermosos ojos brillan como amatistas, se acerca con precaución hacia el lugar de donde proceden los extraños y escalofriantes sonidos. Allí en el suelo sobre la alfombra, su perro parece roer un resistente hueso. La Taylor mete la mano entre sus pequeños colmillos y recupera un objeto duro, hermoso y brillante que ha engalanado a una docena de reinas españolas. “Malo, malísimo ¿no ves que puedes estropearla?, mamá ya te dará otro juguete…”
Y es que, a veces, la fiera no resulta tan terrible como cuentan las leyendas Incas. A menos que consideremos significativo el hecho de que, Richard Burton, falleciera a los 58 años y medio, justo el aquilatado de la enigmática Peregrina.

NUEVO EPÍLOGO

A finales de 2011 la Peregrina se paseó por diversos lugares, entre ellos y después de dos siglos de ausencia, por Madrid. La galería Christie’s iba a subastarla de nuevo junto a las otras joyas de la actriz y destinar su recaudación para la asociación anti-sida, fundada por Liz. El día 13 de diciembre fue la estrella en la subasta en la sede de Christie’s en la Gran Manzana de Nueva York en el Rockefeller Plaza y se vendió por un precio récord de 9 millones de euros, el mismo digito y valor temporal que aquellos 9.000 ducados que pago por ella Felipe II. Hubo hasta 58 ofertas, cuando se iba a producir la puja 59, el subastador adjudicó la Peregrina. ¿Creen que debo advertir al nuevo propietario?

¿FIN?<

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