LA PEREGRINA
por Jordi Siracusa
El mar parecía tranquilo, un espejuelo de esos por los que él tanto suspiraba y que los dioses blancos reservaban sólo para recompensar grandes favores…y grandes traiciones. Aquellas cuentas de superficie pulida eran algo maravilloso, capaces de atrapar mágicamente la luz y el rostro de su amada, incluso de comerse los rayos del sol para transformarlos en miles de destellos de colores, todo un prodigio. Había rezado a los dioses – a los suyos y a los de sus padres, no a esos recién llegados que vomitaban fuego con sus palos y forzaban a sus mujeres – para pedirles fuerza y ventura para localizar las más hermosas perlas y así recibir a cambio el soñado premio. Un magnífico presente para ofrecer a la que pronto sería su esposa.
Desde niño, aún antes de llegar aquellos dioses mitad hombres y mitad animales, se había distinguido entre todos los nadadores de la aldea que, casi a diario, se somormujaban en las cálidas aguas para localizar las ostras perlíferas de la zona. Le habían criado y preparado para ello y sus potentes pulmones eran capaces de resistir más que nadie bajo el agua. Leer más…
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