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NUEVO RELATO HISTÓRICO: EL TREN DEL AZÚCAR

La locomotora más antigua que se conserva en Cuba

La locomotora más antigua que se conserva en Cuba

EL TREN DEL AZÚCAR
A la memoria de los cerca de 500 seres humanos que perdieron su vida en la construcción del ferrocarril La Habana- Güines.

Bajo un sol de justicia, varias docenas de carretas tiradas por bueyes avanzaban por la calzada que conducía a La Habana. Los toros bufaban al superar los repechos. Al llegar a lo alto de la meseta, los capataces detuvieron la caravana para que hombres y animales recuperaran el resuello. A sus espaldas se extendía el valle, docenas de columnas humeantes salpicaban el horizonte señalando la ubicación de los ingenios; más allá, se podía adivinar el golfo de Batamanó.

Semanas antes, cientos de arrieros habían portado en sus mulas, desde las regiones más abruptas de la provincia, el azúcar de caña. El camino no era fácil. Las caballerías se hundían en el barro si la época era lluviosa, se perdían en la selva, se despeñaban en cualquiera de los cerros o eran engullidas por algún pantano de la manigua. Era necesario protegerlas del abrazo de las lampalaguas y de las fauces de los caimanes. Con suerte, superado todo, las arrias se concentraban en un punto determinado para cargar el azúcar en las carretas y proseguir viaje al puerto habanero.

La caravana trataba de llegar en esta primera jornada a Güines. Pernoctaron a orillas del río Mayabeque, donde todos podían refrescarse y saciar la sed. Las mayas de tono esmeralda abundaban en los caminos que conducían al río y los mangles extendían sus ramas hasta hundirlas en el terreno de las riberas, como patas extrañas en busca de sus propias raíces; el tono rojizo de sus troncos daba una sensación de herida abierta que desangraba hasta las aguas del Mayabeque. Los hombres, a pesar del cansancio, se acercaron a la ciudad en busca de un trago de ron, de una canción o la compañía de una mulata, puesta a trabajar por el patrono criollo.


San Francisco Javier y San Julián de los Güines, largo nombre para un pueblo, acogía a los hacendados, capataces, carreteros y arrieros con igual interés. Se repartían por distintos lugares de acuerdo con preferencias y posibilidades. Se llenaban los burdeles, las tabernas y los establos. Mientras, los esclavos quedaban al cuidado del ganado y de la mercancía. Las risas y cantos de los hombres libres en las calles y de los esclavos en las cercanas riberas, se escuchaban hasta las horas cercanas al amanecer. Al final de la noche, los petates olían a ganado y caña, pero servirían para un merecido descanso. Al día siguiente había que hacer la etapa más dura.
El guarapo aclaró las gargantas quemadas por el ron y los chiringuitos de café estimularon a unos y otros. La caravana se puso en marcha pronto. Atravesaron el valle e iniciaron la subida a la loma de la Candela. Bueyes y mulos acusaban las pendientes de “las Candelas” que dejaban atrás ciudad y valle. Un par de ruedas saltaron rotas por los ejes. Quedaron algunos esclavos con un capataz tratando de cambiarlas, el resto continuó hasta la extensa meseta que se extendía majestuosa durante dos kilómetros. La parte más difícil estaba hecha: faltaba atravesar nuevos valles, pernoctar cerca de Bejucal y de nuevo proseguir camino, y en una o dos jornadas más, plantarse en el puerto de La Habana donde esperaban los barcos de transporte. Era un trabajo tan fatigoso como vital para la economía de la colonia.

Claudio Martínez de Pinillos y Ceballos, conde de Villanueva y presidente de la Junta de Fomento, observaba la caravana a su llegada al puerto. Dentro de sus obligaciones oficiales estaba la de velar por el fomento de la agricultura y la adecuación de los caminos y accesos a las haciendas; además del incremento de la población en la Isla. Y entre sus devociones particulares, la de procurar que sus amigos hacendados no perdiesen demasiadas caballerías, bueyes y esclavos – no necesariamente en ese orden –, en los traslados azucareros para su exportación a la Península y a las repúblicas americanas. La reparación y construcción de caminos apropiados y rápidos era su dolor de cabeza más persistente.
Don Claudio era un criollo nacido en La Habana en 1782, que antes de terminar el siglo llegó a la Corte en busca de influencias y honores. Durante su estancia en la metrópoli tuvo lugar la invasión napoleónica y se batió el acero en la Guerra de Independencia contra las tropas de los Bonaparte. Volvió a la Isla, nombrado Tesorero General del Ejército y la Hacienda, en 1813 y de eso ya habían pasado más de veinte años. Dedujo que la solución a los problemas del transporte en la Isla pasaba por un modernísimo sistema: el ferrocarril.
Hacía ya cuatro años que la Junta de Caminos de Hierro había finalizado los estudios y editado una memoria sobre la conveniencia de la implantación del tren en la Isla; concretamente partiendo de La Habana y aconsejando, Güines, como estación término. Este recorrido permitiría recoger las cosechas de azúcar, café, maíz y arroz que tan abundantes eran en los ricos valles que jalonaban todo el trayecto. No obstante, el proyecto estaba paralizado por el alto coste económico que supondría. Sin embargo, el conde de Villanueva, recién nombrado presidente de la Junta de Comercio, estaba dispuesto a consolidar la idea. Disponía de los fondos necesarios merced a un préstamo de un banquero inglés llamado Alejandro Robertson y del apoyo de gran parte de los hacendados.
Así pues, aquella primavera de 1835 fue de verdadero caos en La Habana. La ciudad empezó a recibir mano de obra de las más variadas procedencias: un par de cuadrillas de esclavos fueron los primeros refuerzos para el ingeniero Benjamín Wright. A ellos se añadirían obreros libres, libertos de color, esclavos y esclavas cuyo propietario se embolsaba sus salarios; incluso prisioneros carlistas proporcionados por el gobierno de Madrid. A pesar de la variopinta participación, en la que abundaron reyertas, venganzas, deserciones, timbas y borracheras, la obra iba avanzando. Los verdaderos problemas surgirían al tratar de definir las vías de salida y entrada a la capital. La Junta después de considerar varias opciones se decidió por la puerta de Monserrate. El nombre le venía de la ermita de Nuestra Señora de Monserrate, lugar favorito de devoción de los negros libertos. Partiendo del Jardín Botánico, la línea férrea saldría de un tramo abierto en la muralla entre las puertas de la Tierra y Monserrate, para seguir más adelante por el Paseo Militar y rumbo sur hasta el Castillo del Príncipe. Pero…

Miguel Tacón y Rosique, gobernador de Cuba desde hacía apenas un año, era militar desde la cuna o casi. Había nacido en Cartagena, a los quince años ya era guardiamarina de la Real Armada y a los dieciséis tuvo su bautismo de fuego en la defensa de Orán. Presumía constantemente de su participación en Trafalgar y fue uno de los últimos defensores de la bandera de la metrópoli en lo que, años después serían Perú, Bolivia y Colombia. Al llegar a la Isla parecía un anciano, aunque solamente tuviera 59 años. Atrás quedaba aquel general de notable estatura, facciones correctas, nariz griega, frente despejada y pelo negro y rizado. Había mermado considerablemente, y un rictus de amargura se dibujaba en su rostro otrora agraciado. Restaba ahora un hombre de carácter autoritario y agrio, pero todavía enérgico y déspota. Pero ante todo era un ególatra, capaz de las más brillantes ideas urbanísticas y organizativas y paralelamente, un condenado defensor de la esclavitud y de la pena capital para cualquiera que se opusiera a sus deseos, que según él eran los de la Corona y por extensión los del mismísimo Dios. El choque con el ilustrado conde de Villanueva, criollo, antiesclavista declarado, dialogador y amante de las más bellas mulatas habaneras, estaba servido. Los dos eran trabajadores y tenaces, apasionados ambos, uno por la vida, el otro por la muerte… y tozudos.
Lo que no sabía la gente era la antigua rivalidad entre ambos. Se remontaba a veinte años atrás cuando las colonias continentales se levantaron contra la presencia española. Tacón había sido nombrado presidente de la Audiencia de Charcas, reprimiendo a sangre y fuego los levantamientos. La mayoría de los criollos estaban a favor de la emancipación y, pese a su ascendencia peninsular, apoyaron a las tropas de Sucre y de Simón Bolívar.
El destino quiso que, en tierras americanas, se reencontrara con la mujer por la que tanto había suspirado el cartagenero que nunca había podido ni olvidar ni perdonar.
Isabel era una jovencita gaditana, admirada por todos los militares partidarios de la “PEPA”, la Constitución firmada el 19 de marzo de 1812. Uno de los más insistentes era Miguel Tacón, la belleza de la muchacha conmocionaba al narigudo oficial, que muy a su pesar, tuvo que renunciar a sus deseos. Ella dudaba entre otros dos jóvenes oficiales y al fin se decidió por un apuesto capitán de origen criollo llamado Cristóbal, compañero de armas, petate y victoria del tercer componente del triángulo amoroso, se trataba de otro oficial criollo: Claudio Martínez de Pinilla, conde de Villanueva. Claudio aceptó la decisión de la joven y mantuvo siempre una gran amistad con la pareja.
Terminada la locura napoleónica, Cristóbal se casó con Isabel y juntos abandonaron definitivamente la metrópoli. Se instalaron en una hacienda de Chuquisaca, una tierra rica y fértil en el Virreinato del Río de la Plata.
Cristóbal e Isabel fueron de los primeros criollos que se pusieron a las órdenes de Simón Bolívar y Antonio José de Sucre. Al principio, con la intención de obtener cierta autonomía administrativa de la metrópoli para las colonias y más tarde, viendo la imposibilidad de que Madrid cediera, apoyando incondicionalmente la independencia.
De nuevo apareció en sus vidas el despechado Miguel Tacón, que fue destinado a la zona para reprimir a los insurrectos. En uno de los combates pereció Cristóbal, abrazado a una bandera constitucional española. Tal vez recordando aquellos días de Cádiz y demostrando que las colonias luchaban contra la Corona y el despotismo metropolitano, y no contra los derechos de los ciudadanos, fuesen criollos o peninsulares. Don Miguel creyó que había llegado su oportunidad y trató de persuadir a Isabel de que su “salvación” pasaba por rendirse a sus deseos. Solamente recibió el enérgico rechazo de la joven viuda, fiel a la memoria de su esposo y a la independencia. Tacón no tuvo piedad y bajo la acusación de colaborar con los insurgentes, mandó que la azotaran. Isabel, embarazada de cinco meses, no resistió el castigo y murió atada al poste de la flagelación. Miguel Tacón sintió que algo se rompía en su interior cuando se lo comunicaron, se repitió a sí mismo que su intención era solamente la de “domesticar” a la viuda rebelde. Al inflexible y despiadado Tacón se le había partido el alma, ya nunca más la sentiría.
Enterado Claudio de la bestial venganza, escribió una carta a Tacón recriminándole su actitud, llamándole cobarde y asegurándole que si un día volvían a cruzarse sus vidas, le retaría a duelo. Las advertencias del gobierno de Madrid para ambos militares, parecían haberlos aplacado y no obstante, ambos sabían, que sólo sería una tregua obligada por las circunstancias y que, algún día, uno terminaría con el otro.


El odio entre los dos hombres se prolongó por más de dos décadas. Cuando la Junta informó a Tacón de que el trazado escogido pasaba por el Paseo Militar, que él había mandado construir apenas hacia unos meses, exclamó: “ Por mis cojones que Villanueva no tendrá su tren”. De inmediato pidió a la Junta una rectificación del trazado. Planos, memorias y escritos fueron a parar a la mesa del vengativo gobernador, explicando y sugiriendo nuevas soluciones. El día 14 de mayo, Tacón ordenó a la Comisión suspender todos los trabajos del llamado Camino de Hierro, esgrimiendo una serie de razones estratégicas sin ningún fundamento. Para complicar aún más las cosas, el día 31, Madrid nombraba a Tacón, Capitán General de la Isla. La suerte parecía estar echada para el ferrocarril.
Inmediatamente el nuevo Capitán General, se rodeó de una camarilla que representaba los intereses de intermediarios y comerciantes, apartando a los hacendados criollos de quienes desconfiaba. Solicitó al gobierno de la metrópoli la destitución de Villanueva y la incorporación a sus cargos el de presidente de la Junta. Así centralizaba todo los mecanismos de poder en la colonia. Una de sus maniobras fue la de restar los prisioneros carlistas a la fuerza obrera del ferrocarril, destinándoles a otros menesteres y en su lugar obligar a contratar a los emancipados.
Esos emancipados eran africanos capturados por patrones negreros. Si los buques esclavistas, con su tétrica carga, eran capturados por barcos ingleses (que defendían los tratados de prohibición de la trata de esclavos), la Royal Navy entregaba la “mercancía” de sus capturas a las autoridades españolas de La Habana para su custodia y cesión a contratistas, con el compromiso de formarles y a los cinco años emanciparles. Los amigos de Tacón se hicieron con estas contratas y, con el pretexto de instruirles, cobraban los esfuerzos de aquellos hombres y mujeres. Transcurridos los cinco años, pocos eran los que recuperaban su libertad y muchos los que perecían en las obras.
Mientras tanto, y a la espera del definitivo emplazamiento en La Habana, los trabajos del trayecto continuaban penosamente. Habían llegado ya a Bejucal. Se requerían esfuerzos arduos y complejos. Al paso de los hombres caían los fuertes robles blancos y las esbeltas yagrumas para abrir espacio a los caminos férreos. También caían los hombres aplastados por los materiales o lesionados por las herramientas de trabajo; las heridas se cubrían con empastes de ciguaraya y otros ungüentos, con mayor o menor éxito. La elevación del pueblo sobre La Habana era de 320 pies y la distancia de 16 millas. Era un terreno desigual, plagado de pequeñas lomas sobre las que había que construir terraplenes, incluso horadarlas. Un esfuerzo épico.
La escasez de mano de obra era uno de los grandes problemas. La llegada de jornaleros canarios palió la situación, pero el continuo goteo de deserciones, abandonos y el aumento de accidentes, muchos de ellos con víctimas mortales, motivó que los jornaleros blancos buscasen trabajos menos peligrosos. Paralelamente, se registró un notable incremento de cimarrones entre los obreros esclavos, que preferían el riesgo de la huída a seguir pereciendo en la colosal obra. Tanto, que se tomaron medidas para evitar más fugas con decretos al respecto: La Comisión de los Caminos de Hierro solicita: “… prohibir que persona alguna abrigue ni contribuya a la deserción de trabajadores isleños bajo la pena que tuviese bien establecer”.
Pese a todo, la obra continua. El puente ferroviario sobre el río Almendares es conocido por todos como “el de los rezos”. Cada noche, los esclavos santeros elevan sus plegarias a los orishas para buscar protección y cada jornada, caen más hombres al colocar alguno de los 200 pilares de cantería importados de los Estados Unidos. Como refuerzo aparecen los “irlandeses”, bajo este mote se agrupan brigadas de norteamericanos, la mayoría de ellos de origen irlandés y algunos emigrantes chinos.
A los cantos negros, se unen ahora las canciones irlandesas que rememoran otros valles y otros verdes, y los silencios místicos de los asiáticos. Hay momentos especiales durante la construcción: los obreros y esclavos se mezclan olvidando sus barreras culturales, saben que están haciendo algo muy importante y eso les une. Sólo cuando los comentarios y los cánticos ceden paso a los credos, hay una intima dispersión y en pequeños altares improvisados en la manigua, unos buscan a Buda y otros rezan al Cristo, entre ellos los irlandeses, que añoran su tierra y los carlistas, que purgan sus derrotas. Mulatos y negros bailan en honor de Ochún sincretizada con la Virgen de la Caridad del Cobre, la misma a quien oran los canarios. Los menos, observan las estrellas y piensan en un universo que no tiene fin, ausente de deidades.
Una mañana, se concluye el más bello túnel ferroviario. Es bautizado con un nombre poético, de Vento. La entrada, de estilo morisco con su pintoresca estampa de herradura, es un alarde de imaginación y artesanía. Todos, desde ingenieros hasta el último esclavo, sonríen porque están ante un “viejo” amigo, construido por ellos mismos y del que conocen palmo a palmo sus 325 pies de longitud, en el que han perdido amigos y han bañando con sudor y sangre. Pero que, gracias a todos, se ha hecho posible. No obstante, queda todavía pendiente el inicio de la línea: talleres, almacenes de depósitos y el apeadero.

Hubo que aceptar las condiciones de Tacón e instalar la terminal en Garcini, en la manzana de la calle Oquendo, entre Estrella y Maloja, con un desnivel importante que obligaba a rebajar el número de vagones que arrastraría la locomotora. Sería una “Lion” adquirida en Inglaterra. A todos los problemas que causaba la nueva ubicación, había que sumarle la desventaja evidente de la lejanía del puerto, con lo que era obligado un nuevo transporte desde el apeadero de llegada, hasta los almacenes portuarios. No obstante, Villanueva tragó saliva y aguantó el reto. Se inició la construcción de los almacenes y depósitos en la estancia “La Ciénaga”, situada en el enlace de las calzadas del Cerro y Puentes Grandes.
La Comisión envió una propuesta a Tacón con las tarifas de carga y pasaje para su aprobación. El conde de Villanueva recibió una nota en la que se le citaba en el Palacio de los Capitanes Generales: solo, se apuntaba expresamente. Llegó a la Plaza de Armas consciente de que le preparaban una trampa. Sin embargo, el proyecto no podía demorarse más, faltaban recursos económicos y la línea ferroviaria tendría ya que dar dividendos para proseguir la construcción que concluiría en Güines. Precisamente, más al sur, a partir de Bejucal, era donde estaban las haciendas y los ingenios más ricos y productivos.
Al entrar en el salón rojo del palacio, Tacón le recibió de una forma inusualmente amable. “Ahí tiene sus tarifas, Villanueva: dos pesos y cuatro reales, en primera clase; un peso y dos reales, en segunda; cinco reales en tercera. Las cajas de azúcar, seis reales; el saco de café, dos y las bestias, un peso”. Mientras Tacón iba desgranando los costes de los viajes, Claudio Martínez de Pinilla, sintió un gran alivio. Aquello era el cénit de tanto trabajo y del esfuerzo de tantos. “En menos de dos años estaremos en Güines”, profetizó en voz alta.
Miguel Tacón, sonrió o lo intentó con una extraña mueca:
-Pero usted, no lo verá. No he puesto más impedimentos para no provocar a sus amigos los hacendados. Sin embargo usted, debe aislarse del proyecto, dimitir como presidente de la Junta y retirarse a uno de esos ingenios que tanto protege. En caso contrario, eso se queda aquí -dijo señalando el aviso con las tarifas.
Villanueva trató de decir algo, pero Tacón continuaba su interminable monólogo:
-En Madrid pesarán más mis obras en la ciudad y mi control de la Isla, que un inconcluso proyecto ferroviario. Y estas son, definitivamente, mis condiciones.
El conde dio un paso atrás, pero en seguida se repuso.
-Creo que para daros por satisfecho eso no bastaría. Os propongo, la oportunidad de deshaceros definitivamente de mí. Tenemos pendiente un duelo, yo fui quién os retó… y seguro que tenéis mi carta guardada a buen recaudo para utilizarla en la Corte cuando os convenga. Por tanto, si me matáis, podéis demostrar que era por una antigua cuenta aplazada. Y así lo conseguís todo. Por otro lado, si el resultado me es favorable y os mato, ni la reina ni el gobierno, me van a perdonar el haber atentado contra tan alto representante de la Corona. Con eso obtendréis mi vida o, sencillamente, mi desgracia. Aunque sea a costa de la vuestra.
Miguel Tacón, miró con sus ojillos de odio al desafiante conde y vio los de Cristóbal, los de Isabel, los de los 77 fusilados en Chuquisaca, mientras sus mujeres le rogaban que les perdonara; eran los mismos: los de los criollos ansiosos de independizarse de la patria. “Le enviaré mis padrinos”, fue todo lo que dijo.


A la mañana siguiente el capitán general enviaba sus padrinos, José Antonio Saco y Julián de Zulueta, un ambicioso joven que se había pegado a Tacón como una lapa. El conde les esperaba sentado en el jardín de su casa canturreando la cancioncilla que los habaneros habían dedicado a su rival:
Permita Dios/ Te trague una ballena/ Por esos mares de olas infinitas/ te vaya a arrojar hecho bolitas/ a la Plaza Mayor de Cartagena.
-Caballeros… -, les dijo con una sonrisa a los recién llegados – ¿Un poco de guarapo o prefieren limonada?
Ambos rechazaron la invitación de Villanueva, tratando de poner en su cometido todo el dramatismo que el asunto requería.
– El duelo será a pistola a diez pasos y a muerte, el lugar puede elegirlo usted, al capitán general le da lo mismo…
– En la terminal de la estación -, repuso el conde.
Hubo un momento de vacilación por parte de los padrinos de Tacón.
-De acuerdo -, respondió Saco que llevaba la voz cantante -. Media hora antes del amanecer.
No era un horario equivocado, los amaneceres habaneros son rápidos, incluso violentos. La negrura más completa se ve sorprendida por el sol antillano que en dos minutos ya levanta su pompa. Por tanto era prudente iniciar los preparativos, elección de armas y puestos con presteza, para realizar los disparos apenas despuntaba el alba.
Claudio Martínez con sus padrinos Wenceslao de Villaurrutia y Antonio Escovedo, tuvieron que esperar algunos minutos antes de que apareciera Tacón con los suyos. El conde había optado como punto para el duelo, el intercambiador de la estación de Garcini, y bajo la sutil protección de la tapia que separaba las vías de los edificios de las oficinas. Antes de la elección de pistolas, duelistas y padrinos juraron no confesar a nadie lo que allí sucediera. A todos los efectos no existía aquel desafío. Llegó el doctor en un quitrín conducido por un esclavo de color, con lustrosas botas de montar y casaca roja. “Señores… “, dijo Villaurrutia abriendo la caja y ofreciendo un juego de pistolas a los contendientes. Las armas, de caoba con incrustaciones de plata, eran obra, sin duda, de un armero maestro orfebre. Villanueva sintió un escalofrío y no porque aquella noche de octubre cubano no fuese templada, recordó la pericia del capitán general muy ducho en las armas de fuego; aunque él, que había alcanzado en su día el grado de coronel, no le iba a la zaga.
Se miraron los dos hombres mientras el siseo de uno de los padrinos recordaba las reglas de aquel combate personal. Fue entonces cuando el conde miró a su rival. Estaba excesivamente envejecido para su edad, el rictus, la delgadez de su rostro y el escaso pelo restante de su antigua melena, le hacía semejar a una calavera. Villanueva se sintió más seguro y, paralelamente, su contrincante vaciló en su habitual confianza. Tacón quiso cerciorarse de que el duelo era a diez pasos, su visión no era la misma y quería asegurar. Sería el primero en tirar y tenía que dejar fuera de combate a su opositor al primer disparo, Villanueva era siete años más joven, pero además no estaba tan castigado físicamente, mantenía una apariencia atlética y sana. Se secó las manos y esperó su turno para coger una de las pistolas. El doctor carraspeó nervioso.
Ambos contendientes se situaron uno de espadas al otro, mudos y expectantes. Antonio Escovedo empezó a contar. Villanueva miró en derredor, sus ojos se posaron en las ventanas de los gabinetes de trabajo de los ingenieros Cruger y Wright, ¡quedaba tanto por hacer! Una tenue luz pareció brillar en el horizonte. Escuchó una voz que cantaba el guarismo final. Giró sobre sí mismo y quedó en posición de firmes con las solapas de su levita levantadas y la pistola en la diestra, paralela a su pierna. Exhaló el perfume de alguna orquídea salvaje, o tal vez era el recuerdo de una de ellas en el pelo de una mulata. Frente a él, su enemigo había levantado el arma formando un ángulo recto con brazo y cuerpo. Se oyó un estampido, Villanueva sintió que algo le alcanzaba la cabeza y le pareció ver una línea de sangre en el horizonte. Un ruido metálico, como el tañer de una campana, se escuchó detrás del presidente de la Junta que permanecía erguido, mientras un hilillo de sangre le descendía desde la frente camino del cuello de la camisa que pronto quedó manchada de sangre. El doctor acudió presto. “No es nada doctor, un rasguño… solo me ha rozado”. “Le toca a usted, caballero”, dijo Escovedo. Villanueva levantó el brazo, montó el percutor asesino que buscaría el camino del pistón; a su espalda un exiguo primer rayo de sol se estrelló contra la locomotora que esperaba el día de su primer viaje. Si descerrajaba la cabezota de su rival, su proyecto se retrasaría o se quedaría en la nada.
.-General, me bastaría con su palabra de no interferir más en los asuntos del ferrocarril.

Tacón, sopesó la situación. Estaba viejo, pero no cansado. Tenía todavía que dar mucha guerra. Pasaron unos interminables segundos.
-Usted gana Villanueva, me doy por satisfecho. El duelo ha terminado.

El día 19 de noviembre de aquel año de 1837 y para celebrar la onomástica de la reina-niña, la Real Junta de Fomento presidida por el conde de Villanueva inauguraba solemnemente el primer ferrocarril español, de toda Hispanoamérica y el séptimo en todo el mundo. No fue un día soleado ni tan siquiera claro, llovía desde primera hora de la mañana, pero a los miembros de la Junta les parecía el día más hermoso.
Una multitud se agolpó en el apeadero de Garcini a la espera de ver la locomotora y los carros que transportaría. Apareció el convoy y los presentes irrumpieron en vivas. La locomotora resoplaba mientras los setenta viajeros se acomodaban en sus asientos. Algunos espectadores se acercaron asombrados para ver la “Lion” que humeaba a la espera de iniciar su primer viaje. Un niño, de la mano de su madre, se acercó a la pulida máquina. “¿¡Qué bonita es, verdad mamá!?”. La madre sonrió.”Pero tiene un agujero”, dijo el niño. Efectivamente, en la flamante locomotora se podía ver la huella de una bala, que sin llegar a perforar la caldera, había dejado un visible impacto sobre la superficie. Aquel disparo fallido hubiese podido cambiar, para mal, la historia del ferrocarril.

Alejandro Casona

 

Hoy, 17 de septiembre, se cumplen 45 años de la muerte en Madrid del genial Alejandro Casona. Maestro de profesión, de firme vocación progresista, fue uno de los impulsores de la cultura popular en las llamadas Misiones Pedagógicas creadas durante la Segunda República Española y en ellas coincidió con Federico García Lorca, Luis Cernuda, María Moliner, María Zambrano o Miguel Hernández, entre otros. El objetivo de tales Misiones era llevar la cultura a todos los rincones de la España de aquel tiempo. Bibliotecas, teatro, cine, canto coral, zarzuelas, proyecciones de obras de arte y cursillos de todo tipo, llegan a las más recónditas aldeas y a los pueblos más pequeños de la geografía hispana. Eso le costó el destierro, a otros, la vida. La muerte, su compañera virtual en tantas obras, le sorprendió apenas tres años después de haber regresado del exilio. Este cuento es un pequeño homenaje a tan insigne autor.

http://www.jardinesdeldrac.es/2010/09/11/alejandro-casona/

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EL TESORO DE GUARRAZAR

 

Dedicado a los amigos y socios de la Casa de Castilla La Mancha en Zaragoza.

Cruz pectoral 

Alienados por la historietas que Hollywood nos vende, nos emocionamos con las aventuras de Indiana o con la búsqueda de tesoros y códices que jamás existieron. Nuestra Historia, tan rica en hechos y misterios, es demasiado a menudo olvidada por no tener “digno cantor”, como diría Machado. En el cuento histórico que este mes os propongo tenéis de todo: tesoros, sorpresas, misterio y,sobre todo, la realidad. Nada es tan sorprendente como lo que sucede cada día.

                                   EL TESORO DE GUARRAZAR

Rompe el alba en el campamento del ejército real, la poca luz del momento se cuela impertinente en las tiendas, será un día caluroso y estival de julio. Su majestad cristiana el rey godo don Rodrigo se rasca los sarpullidos de sarna que hace ya tiempo padece. Cerca de allí el río Criso o Lete -Río del olvido, para los griegos -, viaja suave y profundo recordando tal vez su pasado heroico cuando los fenicios de Gadir y los griegos asentados en el puerto de Menesteo  libraron una batalla en sus orillas por el control de la bahía. Ignora que hoy, en sus riberas, se escribirá una página vital para la historia de la Península.

Los caminos que conducen al río andan vigilados por gentes de a pie y a caballo. Todos temen una emboscada. En abril, merced a la traición de don Julián, los invasores africanos han tomado Septem. Son unos pocos bereberes – 7.000- , en su mayor parte cristianos, al mando de un cabecilla llamado Táriq Ibn Ziyad “el Pegador”. Pronto, los musulmanes que ya habitan aquellas tierras se incorporan masivamente al ejército invasor y así han caído Carteía y Algeciras, en mayo. Los judíos afincados en las zonas ocupadas se van poniendo a disposición de Tàriq para la administración de las villas conquistadas y las huestes del bereber se van incrementando a cada paso, “Nadie les salía al paso como no fuera para pedir la paz”. Los nobles de la Bética, enemigos del rey don Rodrigo se alinean con Tàriq, esperando venganza y así  fracasa el contraataque de Sancho, sobrino del rey, a Algeciras. El envío de 5.000 hombres de refuerzo por parte de Musa ibn Nusayr, el anciano caudillo de setenta años,  gobernador y general de los Omeyas en el norte de África, ha condicionado definitivamente la invasión y la ha convertido en una empresa musulmana y en una Guerra Santa. La suerte está echada.

Los hombres del rey Rodrigo están agotados por la marcha forzada desde  Córdoba. A la vaga luz de aquella madrugada pueden contarse más de 40.000, pero ¿es eso cierto? Los flancos del ataque godo estarán cubiertos por los hijos y hermanos de Witiza y su lealtad es puesta en duda por muchos. Demasiadas voces apuntan que Agila es quién ha pedido la ayuda a Muza. Demasiada incertidumbre para aquellos hombres fatigados e indecisos.  Laureles y ojaranzos son hollados por las huestes godas camino de su destino. La caballería goda atraviesa un sotobosque preñado de quejiguetas, pero no continúan. La tropa se detiene; rodeados de sus capitanes, Sisberto y Oppas, hermanos de Witiza se sientan en un tronco, la conversación entre los hombres lleva epítetos de rencor, de excusa de apóstatas. No resguardarán  la carga de Rodrigo contra los más de 15.000 hombres de Tàriq que le esperan. Es más, cambiaran de bando al iniciarse la batalla.

            Las mesnadas del rey godo avanzan creyéndose protegidas. He tenido un sueño, comenta el rey a uno de sus lugartenientes. “Soñé que  la bruñida punta de mi lanza se transformaba en una media luna y un resplandor cegador me hacia caer del caballo”. El vasallo no responde al sueño de su rey, la extraña calma de la mañana desperezándose le preocupa. El espectáculo del naciente sol queda oscurecido por centenares de flechas que parten en busca de pechos visigodos. El rey espolea su caballo a través del campo en dirección a los arenales, ya todo es confusión. El caótico ataque cristiano se hunde por los desguarnecidos flancos y aparece la caballería ligera bereber, audaz, rápida, violenta en sus alfanjazos, eficaz en sus ataques. Cae el caballo real asaetado por los arqueros del Islam. El rey recibe el impacto mortal de dos flechas, su lugarteniente le retira del campo del desastre. Como puede apoya al monarca de Toledo en un olivar. Rodrigo se siente desfallecer, arranca de su cuello la cruz que  Leandro de Sevilla regaló a su antecesor, Recaredo, por su conversión y que siempre le ha acompañado en los momentos de peligro: “Regresa a Toledo a uña de caballo, Brancho, y avísales de lo que aquí ha acontecido, llévate la cruz y ponla a salvo con el tesoro toledano, corre amigo”. Brancho espera a que el último rey godo de Hispania expire en sus brazos, luego esconde su cadáver para que no sea encontrado por los vencedores, antes ha guardado la cruz de Recaredo entre sus ropas, y huye en dirección a la capital del reino. Allá en el río, un jinete bereber ha encontrado la lanza de Rodrigo, al sacarla de las aguas se forma un semicírculo que recuerda a una media luna…

 

  Llueve con tal intensidad que la tierra no puede esponjar toda el agua que cae. Algunos terraplenes se desmoronan por el caminito que va de la huerta Guarrazar al pueblo de Guadamur. Es buen barro, perfecto para fabricar mejor cerámica, légamo heredero de aquella    “terra sigillata”,   romana y visigoda.     A Paco  Morales y a María Pérez   les pilla la lluvia volviendo del campo, corren a refugiarse bajo las arcadas de  la iglesia del  vecino monasterio de Santa María de Sorbaces. Como en los cuentos de piratas, observan que el arrastre ha dejado a la vista una caja  junto al sepulcro de un presbítero llamado Crispinus. Deciden remover el hoyo y quedan maravillados al descubrir que contiene algunas cruces, varias coronas votivas y diversos tipos de joyas, aparentemente de oro y abundantemente adornadas con perlas y piedras preciosas, revueltas entre barros de mil años. Regresan emocionados a casa con el alijo encontrado. Saben que tiene un tesoro y que el propietario de la tierra donde lo han hallado puede reclamarlo, tampoco ignoran – pese a estar 1858 – que el Gobierno puede desposeerlos del hallazgo:

          –          No le vamos  a poner en bandeja a Marcos un tesoro que nosotros hemos encontrado.

          –          Por supuesto, Paco, tú calladito y vamos a ver cómo lo vendemos.

          –          No te preocupes los joyeros de Toledo necesitan oro y piedras para confeccionar sus piezas…

     Durante meses Paco va ofreciendo a diversos artesanos de la cercana capital que, sin preguntar demasiado, compran aquellas espléndidas piezas al labrador. No obstante, por los ojillos maliciosos de los orfebres, herederos de los conversos más listos de Toledo, adivina que le están tomando el pelo.

          –          No me fio, me compran sin regatear, nuestro tesoro vale mucho más.

         –          Tendrás que buscar a alguien más…honrado. ¿Y el extranjero?

     María Pérez se refiere a un Monsieur Herouart, un intelectual profesor de francés en el Colegio de Infantería de Toledo, parco en carnes y en palabras, salvo en la nativas, de aspecto juicioso y que, aparentemente, desprecia todo lo mundano en beneficio de la cultura y el arte. María saca del armario de pino algunas de las gemas guardadas, el índigo de los zafiros destella como mancha de azulete sobre el blanco del ajuar de la manchega. Cuando el súbdito de los emperadores franceses, Napoleón III y la española Eugenia de Montijo, ve las joyas que le muestra Paco, se da cuenta de que está ante un descubrimiento extraordinario:

          –          Déjeme algunas de las piezas Paco, tengo un amigo en Madrid…

     Mientras tanto, las idas y venidas de Paco, los extraños bultos que llevaba a los joyeros toledanos hicieron sospechar a Domingo de la Cruz, que tenía una finca cercana a la de Paco. Observó que la tierra estaba removida en distintas partes, incluido el cementerio del monasterio. Sus sospechas le atormentaban: “A que ha encontrado algo y en vez de comunicarlo a la Comisión Provincial, se lo está vendiendo, está visto que la codicia humana no tiene remedio”. Se repetía mientras preparaba el pico y la pala. Pronto pudo confirmar sus sospechas.

     El despacho de José Navarro en el centro de Madrid era amplio y olía a magnolias. Don José era un hombre enamorado del arte y la restauración.  Un sesentón de bigote y perilla y ojos hambrientos de alhajas y filigranas. Había sido – ya andaba retirado – joyero de la corte y tenía en su haber la restauración del “Disco de Teodosio”, una gran bandeja ceremonial de plata procedente de Constantinopla, hecha para conmemorar el reinado de Teodosio I el Grande. Pero esa no fue la obra más sonada del diamantista, porque en 1850 confeccionó la corona que más luciría la reina Isabel II. Joya, que, por otra parte, le costó mucho cobrar, más de cinco años.

Isabel II con la corona confeccionada por Navarro

Navarro recibió a su amigo  Adolfo Herouart Chivot con su habitual simpatía.

          –          Qué le trae por Madrid amigo Herouart.

      El francés sonrió y por toda respuesta abrió el paquete que llevaba. Una docena de piedras preciosas de distintos tamaños  y una cruz de extraordinaria belleza se desparramaron por la mesa del diamantista madrileño. Sus dedos regordetes acariciaron una esmeralda  grabada con la escena de la Anunciación.

          –          ¡Dios, cuanta belleza!, exclamó don José con la mirada fundida en las reliquias.

          –          Eso es sólo una parte de lo que ya se ha rescatado y, presumo, queda todavía mucho por encontrar.

          –          Amigo, es un acontecimiento digno de ser cuidadosamente controlado -, dijo mesándose la perilla, corroborando que también las almas bondadosas saben hacer números y entienden de beneficios.

     El profesor fue contando al joyero los pormenores de los hallazgos del matrimonio y de cómo los orfebres toledanos se andaban aprovechando. ¡Cómo podían consentir que zafiros de transparente añil, esmeraldas con alma de selva y rubíes de fuego,  más antiguos que las culturas y que suponían habían pertenecido a fenicios, griegos,  romanos y bizantinos, antes de pasar al tesoro real de los reyes visigodos, se perdieran! Y decidieron poner fin a tales atrocidades.

     A partir de aquella entrevista ambos amigos, deseosos de que el tesoro no se desperdigara decidieron “recuperar” las piezas que los plateros toledanos no habían fundido. Navarro ponía en marcha de nuevo su taller en Toledo para restaurar las coronas y cruces que Paco había desmontado para venderlas más fácilmente. Del esfuerzo del artesano volvieron a su estado primigenio ocho coronas votivas de reyes y seis cruces. Don José se mostraba particularmente satisfecho de su restauración de la corona de Recesvinto, sus piezas de zafiro azul engastadas, procedían, según el propio Navarro,  del lejano Ceilán. Paralelamente, el avispado francés se pone en contacto con Marcos Hernández el propietario del terreno donde se encuentra el yacimiento arqueológico y le ofrece el triple de su valor. Ahora ya puede “trabajar” tranquilo y con la ayuda de Morales siguen excavando. Lo que ni unos ni otros saben es que Domingo de la Cruz alias “Macario”, se ha pasado desde septiembre tratando de encontrar “su” parte del tesoro. Sigue el mismo sistema que su vecino vendiendo pequeños lotes de sus hallazgos a los joyeros toledanos.

Recompuestas las primeras  ocho coronas y las seis cruces por los asociados Navarro y   Herouart, aflora el chauvinismo del francés, que se lleva el cargamento a París y lo vende al Gobierno galo. La noticia de tan hermoso tesoro y su adquisición por el Imperio de Napoleón III, es primera plana en los periódicos franceses. L´Illustration y el Moniteur Universel,muestran dibujos y descripciones detalladas del conjunto adquirido por 100.000 francos. Es entonces, a principios de 1859, cuando las autoridades españolas se enteran del expolio y reclaman diplomáticamente y a través del Ministerio de Estado y del embajador español en París la devolución de las piezas; por aquel entonces, la normativa existente no preveía la “fuga” de obras de arte a otros países. La maquinaria estatal se moviliza y un grupo de expertos de la Comisión Provincial de Monumentos se desplaza a Guarrazar para comprobar que el profesor francés y nuestro amigo Paco, han levantado toda una necrópolis visigótica sin hallar más joyas, pero descubriendo un “cementerio de ilustres personajes” como informó la Comisión. El gobernador envía un equipo de obreros para que hagan catas en distintos puntos del antiguo cementerio. Todo Guarrazar es un hervidero de obreros, miembros de la comisión y curiosos que acuden para ver el descubrimiento. Por si faltara poco la Real Academia de Historia nombra una comisión presidida por José Amador de los Ríos para intentar demostrar que, los terrenos donde Paco encontró las joyas, eran municipales y no los adquiridos por Herouart al despistado Marcos. Mientras, el Gobierno de su majestad el emperador se hacía el sordo ante las peticiones españolas. De los Ríos ordena practicar excavaciones en el lugar del hallazgo y descubre una inscripción funeraria con unos versos de San Eugenio de Toledo, poeta y obispo.

Noticia en Le Moniteur Universel

Todo se va animando y en las tabernas no se habla de otra cosa, el mismísimo  Madrazo acude a la llamada de su amigo De los Ríos. Como es de suponer todos los plateros toledanos fueron interrogados por el juez, sin sacar nada en limpio. Entre todo este maremágnum, el otro “descubridor”, el amigo “Macario”, siente que el miedo le atenaza, tiene numerosas piezas rapiñadas en sus excavaciones y cesa en sus desmontajes y ventas. Pero ni el patilludo Navarro, ni el espabilado profesor francés  se amedrentan y en 1860 venden una nueva corona al Estado francés. Inmediatamente el Gobierno español compra al orfebre de lo que le resta del tesoro: dos láminas de oro que revestían una gran cruz gemmata y otras piezas menores.

Prosiguieron las excavaciones, controladas por el Ministerio de Fomento y la Real Academia de la Historia. Los vecinos ayudaban gustosos en la búsqueda. Y así, entre vasos de Valdepeñas, queso manchego y esfuerzos de labriegos y operarios, se pudieron recuperar todavía  varias piezas, entre otras un colgante, restos de láminas de oro, gemas, fragmentos de corona y una macolla con una bola de cristal de roca. Los orfebres de Toledo van contando y cantando lo que han hecho con la mercancía comprada a Paco y Domingo. Un colgante en forma de omega del que pendían tres zafiros y una perla; piezas de plata de 24 onzas (720 gr.) que por su curvatura pertenecían a tazas o vasos antiguos; cálices litúrgicos de oro, y piedras preciosas, como el que envió el rey Recadero al Papa para anunciarle su conversión y que habían acabado reconvertidos en brazaletes y anillos; pedrería, colgantes, fíbulas y perlas de la antigua Constantinopla, trasformados por la mano de los expertos artesanos en broches, pendientes,  aros y abrazaderas. Todo fundido o engarzado para su venta. Además de  lo que terminó en los cuellos, brazos y dedos de los cortesanos isabelinos y de la rica burguesía, parte del tesoro se perdió, como una paloma de oro y piedras finas sobre peana del mismo noble metal, que describieron los labriegos  a Madrazo y  que nadie supo decir dónde fue a parar.

Pero ¿cómo reaccionó el Macario ante las dificultades que se le planteaban? Los orfebres ya no podían comprarle nada y las distintas comisiones acechaban intentando evitar una nueva fuga de parte del tesoro. La reina Isabel II pasaba unos días de mayo de aquel año del Señor de 1861 en Aranjuez. Así que el amigo Domingo pidió a su tío, Juan Figueroa, maestro del pueblo, que le acompañara para ver a la reina. Describir el cachondeo de la guardia real cuando labriego y maestro, envueltos en pana, pidieron ser recibidos por la reina de las Españas daría mucho de sí. Pero no sería nada comparado con la cara que pusieron los guardias de corps del Palacio Real de Aranjuez, al observar el regalo que traían los dos paisanos para su majestad. Una bella corona y una no menos bella cruz de oro cuajadas de zafiros y perlas fueron el presente que les abrió las puertas de la audiencia real de par en par. “La reina de los tristes destinos”, como la había bautizado el eminente escritor Benito Pérez Galdós, fue incapaz de pronunciar palabra al ver la donación de los lugareños, y eso era muy inusual en la vivaz y lengüilarga hija de Fernando VII. El caso es que, nada más llegar a Madrid, Isabel encargó al escritor y periodista Antonio Flores, como secretario de intendencia de la Real Casa, que averiguara si el dadivoso “Macario” guardaba más joyas en su humilde hogar de Guadamur. Así lo hizo, ganándose la confianza del labrador y conseguir que le entregara el resto del tesoro, incluida la corona de Suintilia.  Salió bien parado el audaz labriego, puesto que la reina mandó que le entregaran  40.000 reales y una pensión vitalicia de 4.000. Por su parte, María Pérez y Francisco Morales, aprovechando una visita del Ministro de Fomento, por aquel entonces el Marqués de Corvera, a la localidad, le hicieron donación de un brazo de cruz procesional de oro, montado con perlas y zafiros, el último objeto que poseían de todos los descubiertos.

            O’Donnell puso gesto severo frente a su Consejo de Ministros. Todavía el pelirrojo general, descendiente directo del clan irlandés  de los O’Donnell, alardeaba de su victoria en Tetuán. Su posición de Presidente del Consejo de Ministros le daba más disgustos que los marroquíes a los que había derrotado en la batalla. Uno de los temas del Consejo, a petición del Ministro de Fomento, era el de acordar dónde se guardaban las piezas del tesoro de Guarrazar que su majestad había adquirido, a través de Antonio Flores a un tal “Macario” y las que a él le habían proporcionado María y Paco. Todos coincidieron en que el lugar más seguro sería el mismísimo Palacio Real y la Real Armería el acomodo más propicio. Años después se demostraría lo erróneo de tal decisión. 

La corona de Suintila dormía junto a las otras piezas regaladas y vendidas por Domingo a su majestad Isabel II.  El día 5 de abril de 1921 apareció violada la vitrina que guardaba la votiva suntiliana, además de la corona faltaba un trozo de  enrejado perteneciente a una segunda corona y un medallón correspondiente al nudo de una cruz. La noticia corrió como la pólvora por los mentideros de la corte y no obstante, los periódicos ofrecieron la reseña medio escondida entre las columnas de sucesos. Esta actitud vergonzante escondía la esperanza policial y periodística de recuperar pronto lo robado. El caso no era fácil, a finales del 1918 también habían desaparecido obras de arte del Museo del Prado e incunables de la Biblioteca Nacional y el Archivo Histórico Nacional. Era fácil deducir que esta serie de robos estaban siendo perpetrados por encargo de algún o varios coleccionistas de obras de arte y de documentos de valor histórico.

Corona de Suintila en la Real Armería

      El inspector Antonio Lino fue el encargado de indagar sobre estos sucesos, reunido con sus ayudantes les dio instrucciones para iniciar la búsqueda.

         –          Traten de averiguar todo lo que puedan y tráiganme  noticias fidedignas del caso. Tal vez en Lavapiés o por Sol oigan algo; tú que conoces todos los tugurios ¡eh Paco! – dijo dirigiéndose a uno de sus hombres que por su carácter dicharachero y abierto se hacía lugar dondequiera que fuese.

          –          No tal- respondió el interpelado – parece que este acontecimiento está envuelto en demasiadas tribulaciones…

          –          Eso no es obra de ningún zamacuco – dijo un tercero -, por mucho que lo repitan los diaristas.

          –          ¡Demontre! -, exclamó don Antonio, mesándose la calva.

   Disolvióse la reunión con la misión de encontrar a los ratas y lo sustraído. Sin embargo el inspector Lino sabía que no sería un caso fácil. 

Transcurrió el tiempo y desgraciadamente lo desvalijado no aparecía. Hasta que el director general de Seguridad se enteró de que un sujeto detenido por otros robos y que pasaba una temporada en la Cárcel Modelo de Madrid, no era ajeno al escamoteo de la Armería, corría el año 1925. Allá acudió el inspector Lino para interrogar al recluso Francisco Carvajal Ovelar, de veintiún años, y que por las fechas de la sustracción era estudiante. Con la promesa de una rebaja de su condena y gracias a la habilidad investigadora del policía, cantó el susodicho, asegurando que los ladrones de la armería fueron Cástor Rodríguez Acevedo, alias el Cubano y un tal Luis, alias el Inglesito. El robo había sido  encargo de un coleccionista a una tarasca llamada Joaquina Marqués Sánchez, conocida tratante de objetos robados, con domicilio en Santa Águeda 2, esquina Santa Brígida, muy cerca de la Comisaría Regia de Turismo, instalada por Benigno Vega Inclán, el año del robo, en el antiguo palacio de los condes de la Puebla Maestre. A casa de la Joaquina se dirigió Lino con uno de sus ayudantes y sorprendieron a la mujer, que al principio quiso negar su participación directa:

          –          ¡Don Antonio, yo no me dedico a esas cosas tan caras! Vinieron el Cubano y el Inglesito. Les dije…

     Pero el policía no se dio por satisfecho e insistió para que largara todo lo que sabía.

          –          No seas mema y no te conviertas en cabeza de turco, Joaquina. Canta.

          –          ¡Ay! Don Antonio… vino a verme un señor muy elegante, un hacendista.

         –           Bien. ¿Y luego? – Insistió el inspector.

         –          Bueno, yo busqué a esos dos y les pagué mil y pico de pesetas, ellos querían más… discutimos, al final me entregaron las coronas y yo se las di al señorito del encargo por mil quinientas.

         –          Qué boba eres Joaquina, anda tira – dijo el policía al arrestarla.

     Luego Joaquina se desdijo e inculpó del robo a un tal Carlos, a otro individuo llamado Candelas y a su hermana. Ante las numerosas contradicciones e interrogatorios, sólo se pudo averiguar que las coronas acabaron en manos de una tal María Paz que se las llevó a Barcelona, supuestamente para entregarlas al coleccionista que había encargado el trabajo. Detenidos Juan Carlos García Ripoll y Francisco Pastor Borrell, alias el Candelas, se procedió a establecer un careo con todos los actores, sin llegar a ningún tipo de conclusión; todos y todas, cubrían al instigador y benefactor del robo a quién nadie se atrevía a denunciar. Prosiguieron las investigaciones, pero Lino tuvo que parar de preguntar cuando las pesquisas conducían inexorablemente al edificio de Las Cortes y no hacia un vulgar hacendista, como apuntó Joaquina, si no hasta un ex Ministro de Hacienda, gran coleccionista de obras de arte y de mujeres bellas. Alguien recomendó al insistente policía que no dedicara tanto tiempo al caso. Se decidió correr un tupido velo coronario.

            Quedaba el Tesoro de Guarrazar repartido entre el museo de Cluny en París, la violada Armería Real, la colección privada de un influyente y desconocido personaje y luciendo en anillos, pendientes, pulseras y broches de  clientes de los joyeros toledanos. Pero la historia no quedaría sí.

Llega el terrible 1936, en julio unos cuantos generales se levantan contra la legalidad establecida. En Madrid fracasa el golpe de estado y las fuerzas leales a la República controlan la ciudad, pero los golpistas han tomado Sevilla, Franco – el enano de Salamanca, como le bautiza su compinche Queipo de Llano – monta su cuartel de operaciones en Cáceres y avanzan hacia la capital desde Valladolid, todo Madrid se prepara para la ofensiva de los sublevados. El 27 de agosto los Junkers alemanes bombardean los barrios populares al sur de la capital, los madrileños oyen por primera vez las sirenas de aviso, como todavía no las hay fijas, tienen que ser las motocicletas de la policía municipal quienes recorran la capital con el triste aullido. La guerra será sin cuartel y las incursiones aéreas de los facciosos sobre la población civil, numerosas. Las gentes pintan de azul los cristales de sus ventanas y las parchean con cinta de papel engomado. El 10 de octubre se instala el cuartel general fascista en Burgos y al día siguiente Madrid sufre los más severos bombardeos. El día 13 ya se escuchan en los barrios madrileños las detonaciones de los cañones que cercan la ciudad. A primera hora del 23, los Junkers de la Legión Cóndor se ceban criminalmente sobre la capital, el objetivo es aterrorizar a las gentes y lograr la rendición; Queipo sigue lanzando, al respecto, soflamas de borracho por radio Sevilla. Las casas se desmoronan por los bombardeos engullendo a los inocentes entre sus escombros. Getafe es una tea. La seguridad de los edificios públicos es precaria, incluida la del Palacio Real. De nuevo es asaltada la Real Armería y “vuelan” dos nuevas coronas y una macolla. Nadie, nadie está por el insignificante suceso comparado con lo que se avecina. Es una nueva merma para el Tesoro.

            La guerra incivil española ha terminado, empiezan tiempos de oscuridad y persecución. En Europa se inicia una terrible contienda. El ejército alemán ocupa París, los uniformes grises de la Wehrmacht desfilan por la Champs Èlysèes, estamos en junio de 1940. Dos tercios de Francia quedan bajo gobierno ocupante y otro tercio bajo un gobierno títere en Vichy, bajo la presidencia del anciano mariscal Pétain, hasta hace muy poco embajador de Francia en la España franquista. Por proximidad e ideología el único gobierno que colabora con la “nueva Francia”, es la dictadura española. El día 23 de octubre el dictador recibe al comandante en jefe de las SS, Heinrich Himmler, le llevan a ver una reproducción de la Dama de Elche. La original está en París, la habían encontrado  el 4 de agosto de 1897, el zagal Manolico la desenterró excavando en la loma de La Alcudia y la bautizó como “la reina mora”. El día 30 del mismo mes ya la tenían los franceses en el Louvre, casi sin darle tiempo a volver a ver el cielo de Elche, 4.000 francos tuvieron la culpa. Pero volviendo a Himmler, el feroz y pequeño nazi, tiene una “misión” encargada por el Hitler, suponen que en Toledo está el Santo Grial. Cuando le convencen de que es una entelequia y se desespera, para compensarle es obsequiado  por el Comisario General de Excavaciones con una joya visigoda proveniente o bien de Guarrazar o de Torredonjimeno; lo que hizo el muniqués con el obsequio es algo que la Historia no contempla.

El jerarca nazi tenía una misión...

Eran tales las relaciones de “buena vecindad” con el gobierno de Vichy, que antes de acabar aquel verano, Eugeni D’Ors, el escritor, poeta y periodista catalán precursor del Noucentisme, el movimiento cultural catalanista, tiene una brillante idea. Eugeni colabora en el periódico Arriba España, sus tres hijos han combatido con el ejército golpista y queda ya muy lejos La ben plantada  y la Veu de Catalunya del que fue corresponsal en París. Ahora es un hombre del régimen pero siempre vinculado al mundo de la cultura e inicia negociaciones con el nuevo gobierno de Vichy, que no pueden ser más exitosas. Se establece un convenio entre ambos gobiernos para que vuelvan a España seis de las nueve coronas de Guarrazar, vendidas por Navarro y Herouart, entre ellas la  más hermosa, la de Recesvinto.

 La mañana del día 9 de febrero de 1941 el Sr. Monreal, del Servicio de Recuperación Artística espera nervioso el tren francés que llega a Portbou. En 33 cajas arriban todo los objetos devueltos por Francia, entre ellos las coronas prometidas, pero además regresan a casa dos famosas exiliadas por la fuerza de la codicia, la Inmaculada de Murillo y la Dama de Elche, cansada de pasear sus noches por el museo del Louvre. A cambio, el gobierno francés recibe  en contrapartida, un retrato de Doña Mariana de Austria de Velázquez; otro de Antonio Covarrubias, obra del Greco; un cartón de Goya y una colección de dibujos franceses del siglo XVI. Fue un buen trato. Aquella noche, en el Palau de la Virreyna en las Ramblas de Barcelona, es homenajeado Monsieur Huyge, enviado por el museo del Louvre para supervisar toda la operación, no sea que otros 4.000 francos la frustren. En el ágape está presente el gobernador civil de Barcelona, Antonio Correa, el camarada Correa como le llaman sus secuaces, por suerte no sabe lo qué es la Dama de Elche y cuando ha oído la palabra Guarrazar, ha echado mano a la pistola. Monreal, pacientemente, le ha dicho que es un paraje del término de Guadamur a 12 km de Toledo.

     Hoy, el Tesoro de Guarrazar puede contemplarse en Museo Arqueológico de Madrid en su mayor parte. Pero si desean verlo todo tendrán que darse una vuelta por el Palacio Real de Madrid, el Museo Nacional de la Edad Media de París y en algún salón secreto de los herederos de  desconocidos coleccionistas, en uno de ellos  podrían disfrutar de la corona de Suintila. Les voy a dar una pista por si la encuentran, de ella cuelgan unas letras de oro y piedras preciosas con la siguiente leyenda:   “SUINTHILANUS REX OFERET”. Avísenme.

Permítanme que les haga un pequeño inventario del Tesoro:

Museo Arqueológico Nacional de Madrid:

 Seis coronas, cinco cruces, un colgante y restos de láminas y cadenas.

 Corona de Recesvinto. Corona de lámina repujada. Corona de estructura calada de nueve trazos. 2 Coronas de estructura calada de diez trazos. Corona de lámina repujada con engastes.

Cruz pendiente de la corona de Recesvinto. Cruz de estructura laminar con cinco engastes. Cruz de estructura laminar con  colgantes cortos. Cruz de estructura laminar con colgantes largos. Gran cruz  con alma de madera y láminas de revestimiento con engastes.

Un colgante en forma  “alfa”.

.Palacio Real de Madrid

Una corona, dios cruces y una gema

Corona de lámina repujada del abad Teodosio.

Cruz de estructura laminar de Lucecio. Cruz pendiente gemela de la otra, restaurada con partes de dos.

La esmeralda o piedra verde que lleva grabada la escena de la Anunciación

Museo Cluny

Tres coronas, dos cruces, eslabones y colgantes de oro.

Corona de lámina con engastes. Corona de lámina repujada. Corona de estructura calada de doce tramos.

Cruz de estructura laminar de Sonnica. Cruz de estructura laminar con colgantes.

coronas en París

Piezas robadas en abril 1921

Una corona, fragmentos de otra y  una cruz.

Piezas robadas en octubre 1936

2 Coronas y una macolla con una bola de cristal.

Corona de estructura calada.

Corona semejante a la de Suintila

Una macolla con una bola de cristal.

joven toledana de la época del hallazgo

Joven toledana.

casa del joyero Navarro en Toledo

Casa del diamantista Navarro, en Toledo

Para terminar, existe un estudio gemológico de Juan S. Cozar y Cristina Sapalski  que detalla el Tesoro de Guarrazar  que tenía  – o tiene – en su totalidad  243 zafiros azules (cuyas características los hacen procedentes de la antigua Ceilán, hoy Sri Lanka), 3 cordieritas azules (iolitas), 14 esmeraldas, 1 aguamarina, 2 adularias (piedras luna), 21 cuarzos amatista, 9 cuarzos hialinos, 6 calcedonias azuladas, 169 perlas, 154 piezas de nácar, 56 vidrios artificiales verdes, 26 vidrios artificiales azules, 2 pardo-anaranjados, 26 de color indefinido, 1 rojo y muchas piezas diminutas de granate.

TRANSCRIPCIÓN DE PARTE DE LA NOTA APARECIDA EL 6 DE ABRIL DE 1921 EN ABC

Los objetos robados

Los objetos que faltan en la vitrina descerrajada son los siguientes:

Corona del Rey Suintila- Está formada por dos semicírculos de doble chapa de oro, unidos con bisagras de oro que resulta tiene 0,220 de diámetro y 0,060 de altura. La chapa interior es lisa; en los bordes de la exterior hay dos cercos de relieve con perlas y zafiros pulimentados, y otro, en el centro, más ancho, cubierto de rosetones calados, enriquecido con engastes de igual pedrería. Pendientes del borde inferior tuvo la corona, cuando la ofrecieron, una cruz y 28 letras, las necesarias para formar esta dedicatoria: Suinthilanus  Rex Offeret.

En 1976 se hizo una reproducción del tesoro y las piezas están colocadas en la ermita de Nuestra Señora de la Natividad de Guadamur.
Precisamente  en Guadamur  está el Centro de Interpretación del Tesoro de Guarrazar, ubicado en el edificio de las antiguas escuelas, que ha sido debidamente restaurado con una inversión que ronda los 60.000 euros. El visitante, que deberá pedir hora en el Ayuntamiento, encontrará reproducciones de tres coronas, una recreación de un altar visigodo y una maqueta de las ruinas que se descubrieron cuando se hizo la primera excavación, además de varios paneles que explican la historia de los visigodos y del afamado tesoro.
Reconstrucción del friso de Santa María de Sorbaces
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La leyenda de los besos del agua

       Dentro de la serie de mis cuentos históricos que sugiero que leáis, está “La leyenda de los besos del agua”. Lo escribí hace algunos años y está en el apartado de relatos de esta página, concretamente en: 

http://jordisiracusa.es/obra-literaria/relato/#texto_relato_8

Os adelanto que, como siempre, trato de ser lo mas veraz posible con la Historia que nos han contado.

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CUENTOS DE LA HISTORIA

He decidido publicar periódicamente en el blog una serie de cuentos de contenido histórico. No tratan de ser un reflejo fideligno de la historia tal como nos la han contado, aquí encontraréis la “otra versión”, menos  oficialísta y seguramente más cierta.

Inicio el ciclo con una perla. Llegad hasta el final del cuento, hay premio. Que lo disfrutéis.

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