Mes: Noviembre 2015

Gobierno y Justicia

Origen: Gobierno y Justicia

 

Gobierno y Justicia

Los gobiernos tienen la inexcusable obligación de gobernar para el Pueblo, gestionar lo público y evitar favorecer a los de siempre. Una de las principales responsabilidades es la de procurar que la Justicia sea imparcial, rápida, transparente y eficaz. No se trata de impartir justicia, eso ya lo hace el poder judicial, se trata de promover leyes y establecer mecanismos y dotaciones humanas, técnicas y administrativas para que el llamado “tercer poder” pueda actuar con presteza y equidad.

 
A la vista de las próximas elecciones se debería tener muy en cuenta esta necesidad. Aquí lo importante ya no sería que ganaran los unos  o los otros, aquí sería fundamental llegar al compromiso general de  un pacto de Estado para reformar todo lo que frena y desvirtúa al buen hacer de tanta gente comprometida con la justicia y enviar a casa a  los aprovechados, a los gandules y a todos aquellos que hacen de un derecho de la Humanidad una carrera política o un refugio de la mediocridad.

Para ilustrar lo que quiero decir, podría remitirme a un momento de la película Philadelphia  que protagonizan  Tom Hanks y Denzel Washington, acompañados por  el actor español Antonio Banderas.  En una secuencia del film, el personaje interpretado por Tom Hanks, pregunta: “¿Qué  son mil abogados encadenados en el fondo del mar?”. Ante la incertidumbre de su interlocutor, Tom se autoresponde: “Un buen comienzo”. Yo no hago mío el gag  de Philadelphia porque sería injusto con muchos profesionales de la justicia y de la propia judicatura; sin embargo, con más recursos, más interés por la equidad, y una firmeza absoluta en la práctica del derecho ciudadano, los legajos no se acumularían en las estanterías ni los poderosos ni las administraciones estarían siempre en ventaja frente al Pueblo.

Cada uno de ustedes podría contarme media docena de hechos que confirman lo que digo. Bien en primera persona o  sucedidos a gentes muy cercanas. De todo eso se deduce que la justicia en España no marcha todo lo bien que debiera. Y a pesar de lo que digan unos y otros, no es solo cuestión de quién esté en el gobierno sino de la voluntad política de todas las formaciones.  No obstante, pasan los años y cambian los gobiernos y la situación es la misma. Seguro que se preguntan el porqué y la respuesta acostumbra a ser la de la “influencia” política sobre la independencia “teórica” de la justicia, motivada por amiguismos, intereses personales y partidistas.

Órganos judiciales que deberían estar fuera de cualquier manejo externo se ven condicionados, elegidos e impuestos por los partidos. Y así nos va. Tampoco nos va mejor a nivel de juzgados y de audiencias provinciales sospechosamente y presuntamente doblegados, en muchas ocasiones, ante las intenciones de las administraciones y  aquellos que disponen de buenos y caros gabinetes de abogados. Y no se escapa nadie porque los Altos Tribunales  están siempre fijados y prorrateados por la influencia de las formaciones políticas.

No, no esa la justicia que desea el Pueblo. Se requiere un compromiso mayor de honestidad, transparencia  e independencia. Y sobre todo, confianza. La justicia tiene los ojos tapados, pero eso no significa que tenga que sestear o mirar a otro lado cuando se la manipula.

La furia de los cobardes

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La furia de los cobardes

El pasado 25 de noviembre se “celebró” el Día Internacional de la Lucha contra la Violencia de Género, un estigma que marca a nuestra sociedad desde tiempos inmemoriales, pero sorprende que todavía persista en los tiempos actuales en que la mujer va consiguiendo el espacio que le corresponde superando la brutal y absurda desigualdad a la que estuvo condenada.

 

No quiero detallarles las ignominiosas estadísticas que abundan en cualquier publicación porque, detrás de cada guarismo, se esconde un drama y una vida llena de llantos escondidos, muchas veces entre la soledad, el miedo y  la incomprensión, y eso me entristece. No quiero ni pretendo clamar solamente un día determinado, ya que el clamor y los gritos de las víctimas son a diario y constantes. Mi pretensión es mucho más concreta: erradicar toda violencia machista, sea física, síquica, sexual, cultural y religiosa. Y si algún hombre tiene dudas sobre el alcance de lo que digo que se ponga en lugar de su mujer para ver lo que se siente. Y perdonen que utilice el pronombre posesivo, porque ningún ser humano es propiedad de otro; todos, mujeres y hombres, deberíamos ser libres y solo llorar de risa cuando la pareja nos cuenta un chiste o nos hace el amor.

Precisamente en la palabra amor se encuentra resumida la solución. En el amor no hay desprecio, no hay burla, no caben los celos exagerados, no hay posesión; tampoco venganza o la humillación y, por tanto, no cabe la violencia. Lo demás no es amor, tendrá todos los nombres que el violento quiera darle, desde la pasión al odio, pero eso no es amor. Ni siquiera amor propio; eso es: cobardía.

El cobarde se doblega ante todos. Frente a su jefe, con sus amigos, con otras mujeres, con el alcohol o las drogas y ante sí mismo; el violento cobarde solo demuestra su fuerza contra quienes le quieren o son tan débiles como él. Y muy pocas veces se arrepienten o se regeneran porque los cobardes se sienten frustrados y alguien tiene que pagar su frustración. Tal vez puedan hacerlo con otras parejas, pero difícilmente con su víctima por la que no sienten ningún respeto aunque juren lo contrario.

Para evitar la furia de los cobardes lo más efectivo es la educación. La educación en las escuelas, en la familia y en los círculos sociales. Complicado cuando los enseñantes hacen oídos sordos y se despreocupan ante los actos de ímpetu machista en los centros de enseñanza. Complicado cuando todavía hay madres que educan a sus hijos con costumbres demasiado machistas. Complicado cuando el círculo de amigos entra en el lenguaje y en la espiral machista. Complicado cuando altos dignatarios de la Iglesia Católica se manifiestan como el obispo de Alcalá, Juan Antonio Reig Pla, que ha dicho en unas declaraciones: Hay que quitar el voto a las mujeres porque últimamente piensan por su cuenta. Complicado cuando hay religiones que relegan a las mujeres coartando  su libertad y capacidad de decisión. Muy complicado cuando se ha crecido en un ambiente donde existe maltrato.

Y no solo habría que educar al individuo, también a la sociedad. A las administraciones públicas y judiciales, como dijo Platón: La obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo. También erradicar ciertas actitudes sociales, corregir a los místicos que condicionan el papel de la mujer… y a muchos hombres y a no pocas mujeres. Recordarles a todos que la furia de los cobardes tiene los brazos muy largos y el entendimiento muy corto. Y, desgraciadamente, también largas las manos

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El baile

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El baile

“El baile” es una novela del polifacético Edgar Neville llevada al teatro en 1952 y al cine en 1959, y en ambos casos, tuvo como protagonista a su compañera sentimental Conchita Montes. Tuve con ambos cierta amistad y una hermosa anécdota allá por los años sesenta, cuando Neville ya tenía muchos problemas de salud, pero intacto su ingenio que repartía entre la literatura, la dirección de cine y teatro, sus colaboraciones en “La Codorniz” y un montón de cosas más.

 

Conchita no le iba a la zaga y amén de una gran actriz era una persona extremadamente culta que, muy poca gente lo recuerda, elaboraba para “La Codorniz” El damero maldito, una suerte de crucigrama tremendamente complicado puesto que las repuestas se repartían en casilleros, como sus homólogos, pero la dirección de las letras podía tomar la trayectoria de cualquiera de las piezas de ajedrez. Verdaderamente peliagudo. Hoy resucito el título de la novela de Neville y el damero de Conchita, para hacer una analogía con los candidatos de los distintos partidos a las próximas elecciones.

Se dirán ustedes, amables y pacientes lectores, cuán complicada es la puesta en escena de mi reflexión pero verán, conforme avanza el artículo, que era la mejor forma de exponer mi pensamiento. Y para que nada les confunda hablaré siempre en genérico obviando repetir: el candidato y la candidata, las ciudadanas y los ciudadanos…  refiriéndome siempre a ambos sexos.

Nada más liquidarse esta legislatura, incluso antes, todos los partidos se apresuraron en la búsqueda de candidatos que hicieran atractiva y creible su lista. Al principio juraron que esta vez la cosa sería distinta a los que habíamos visto en anteriores elecciones y que sería la ciudadanía, los simpatizantes o la base de los partidos quienes escogerían a los más idóneos para confeccionar sus elencos. Entre las promesas y las proposiciones estaba la de que ningún candidato imputado, sospechoso o abiertamente corrupto, estaría entre los nombres de ninguna formación. Algunos aseguraban que no recogerían a los excedentes y prófugos de otros partidos y casi todos se juramentaban para no incluir en sus propuestas ni a los inútiles ni a los tontos útiles.
El Pueblo y los militantes de los partidos se frotaron las manos esperanzados. ¡Al fin había llegado la cordura!, los más honrados, capaces y responsables ocuparían los puestos, haciendo tan sugerentes las listas de unos y de otros que nos sería difícil a los votantes saber a quién votar. No importaría si el descolocado de turno fuese un barón del partido, un octopus de ocho brazos, un trepa o el niñato a quien su padre consigue meter en las listas mediante una importante donación al partido. Tampoco los amigos ni los compañeros de colegio, si no tenían las cualidades ni la honradez suficiente para representar a los votantes. Pero en cuanto empezó el baile todo cambió.

Las promesas han sido convenientemente matizadas y de nuevo han aparecido las fuerzas ocultas de los que tienen agarrados por los cataplines a los primeros espadas de sus respectivos partidos; los trásfugas; los amiguetes; los compañeros de colegio; los incombustibles; los socios, y otras especies del mundo político. Y no pasaría nada si fuesen dignos de llevar la candida, es decir, la toga blanca que lucían los candidatos al senado y a las magistraturas romanas, y que significaba honradez. Sin embargo, las togas de muchos de estos “amigos” son de otro estilo y no precisamente de color blanco.

Y como en el damero maldito de Conchita, saltan de ideología y de formación política según conviene. Hoy pueden ser fervientes nacionalistas o regionalistas y aparecer en las listas del PP y de Ciudadanos. Corruptos enmendados que, no obstante, no devuelven ni un duro. Los hay que militaron en partidos de izquierda y terminan en la derecha más recalcitrante, y viceversa. Abundan los que se integran en partidos que hace un año ponían a parir y les exigían renovación y transparencia. Y todo esto es entendible: hay que seguir “chupando teta”. Lo que ya es incomprensible es que los partidos que los recepcionan lo hacen colocándoles en sus listas sin consultar a sus bases y menos a sus votantes, en los lugares y cabeceras que decide el líder de turno, el único apto para saber lo que más le conviene al Pueblo.

Por supuesto que hay nuevas incorporaciones de gentes capaces que pueden transformar la política y eso es aplaudible, siempre que sean aceptados por el conjunto de los militantes y no por el dirigente o las ejecutivas, porque si el candidato es válido y honesto, no tendrá muchos opositores. Solo hay una formación política, que este articulista conozca, cuyos candidatos han sido elegidos realmente, y sin subterfugios, por votación popular abierta a todos los ciudadanos que han querido participar en ellas y se trata de las candidaturas y las coaliciones electorales de Izquierda Unida. Pero, en general, tendremos listas de personajes colocados por la puerta de atrás – luego nos extrañamos de que salgan por puertas giratorias – y de viejos militantes con las manos manchadas por especulaciones y corrupciones; personajes que hacen el salto del caballo, el recorrido del alfil o el enroque de la torre, incluso que tienen la versatilidad de la reina. Todos bailando sobre el tablero de siempre y protegiendo al rey. Invariables.

Empezó el baile queridos amigos, no sean cándidos. Ni el propio Edgar Neville se libraba, había estudiado en el colegio del Pilar de Madrid. Sin embargo, se trataba de un hombre culto e inteligente que nos hizo reír con sus comedias y llorar en sus dramas, igual que algunos candidatos que ocultan bajo sus blancascandidas los más grises pensamientos y lo digo en su doble acepción de oscuros y simples. Mientras tanto, ellos siguen saltando por el tablero y ustedes y yo escuchándoles con escepticismo

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Bajo el cielo de París

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Bajo el cielo de París

He esperado unos días para escribir este artículo porque no quería que la tragedia parisina me influyera demasiado. Tenía que recuperar la perspectiva, la realidad del día después y valorar las consecuencias del paisaje roto por el terrorismo.

 

republique(1)El atentado de París no fue uno más, y eso no significa que no me horrorice por el de Beirut de pocos días antes o por la confirmación de que la caída del Airbus -321 ruso fue también consecuencia de una bomba terrorista. Tampoco porque valore menos las vidas perdidas en actos similares que suceden lejos de nuestros hogares o que la cercanía y los sentimientos que me unen a la capital francesa los conviertan en más abominables. Duele tanto la pérdida de un ser humano inocente en París como en La Meca. Sin embargo, hay algo que ha cambiado después de las masacres parisinas y es la sensación de debilidad de la sociedad europea frente a sus enemigos.

Bajo el cielo de París hemos podido comprobar que nuestras tan costosas libertades se ven amenazadas por la barbarie y el fanatismo de un modo irremediable. No solo han amenazado nuestra libertad individual, esa que nos permite decir lo que pensamos, escuchar la música que nos guste o tomarnos unas cañas cuando nos plazca; también amenazan la ancestral voluntad europea de ser refugio y esperanza para los perseguidos y los sin patria, tratando de convertirnos en una sociedad cautelosa, cerrada y miserable. Y para colmo, obligan a que aquellos derechos que tanto nos ha costado conseguir se restrinjan en función y con la excusa de la seguridad. Por todo ello, los sucesos del sábado no son otros más del largo historial de los descerebrados de banderas negras: son el atentado más serio a las libertades y a los derechos de la  cuna de las democracias.

Lamentablemente  todo esto no es una pesadilla que terminará dentro de unos meses. Tampoco se trata de un hecho más de los  yihadistas del llamado Estado Islámico, el terror está pensado y programado para terminar con un tipo de civilización que es la nuestra. Y no piensen que estoy culpando al Islam y a los musulmanes en general, también ellos están en guerra consigo mismos. El Estado Islámico es suní y odian a los  chiíes tanto o más que a los infieles y tampoco confían en los apáticos. Culpo a los que en nombre de la religión y de las doctrinas, pretenden privar de libertad y pensamiento a la sociedad, sea europea, africana o asiática. Hablo de los intolerantes.

La situación ha llegado a este límite por la falta de visión de los gobiernos occidentales inmersos en seguir manteniendo su influencia y poder político en las zonas en conflicto. Y no solo por motivos estratégicos, también económicos y financieros. Cuando le ha convenido occidente ha “inventado” oposiciones, insurgencias y guerrillas o han apoyado al miserable de turno y a los sectarios más violentos, poniendo en peligro, como estamos viendo, a nuestra propia forma de vida.

El presidente Vladimir Putin, al término de la cumbre del G20, decía que la financiación del Estado Islámico provenía de cuarenta países distintos, varios de ellos presentes en la cumbre. El Estado Islámico gana tres millones de dólares al día con su petróleo, con el tráfico de seres humanos, el robo y la extorsión; y decapita a gente de todas las nacionalidades. El mundo que pretenden destruir les proporciona, armas y explosivos y lo que es peor: fieles combatientes dispuestos a inmolar sus vidas por la yihad. Son, en su mayoría, jóvenes refugiados o hijos de antiguos refugiados que encontraron la libertad y la oportunidad negada en sus propios países, y todos no son seres marginales ni productos del paro o de la segregación. Son gentes convencidas y seducidas por una idea envuelta en odio, dispuestas a inmolarse en función de un combate que no ha hecho más que empezar.”Queremos conquistar París antes de Roma y Al Andalus”, mantienen sus líderes.

Tenemos que prepararnos para una lucha larga y dolorosa y la primera batalla es la de cortarles toda fuente de financiación; desenmascarar a los que les apoyan mientras sientan sus reales posaderas en organismos internacionales; denunciar a los que se lucran vendiéndoles armas o comprándoles petróleo. Y sobre todo, hay que saber  discernir entre los musulmanes que quieren vivir en paz y los yihadistas y para ello deben ser los propios creyentes quienes se desmarquen públicamente de los sectarios, sin tibiezas ni concesiones a los asesinos, porque la paz es el bien más preciado de la Humanidad y si nuestra civilización y nuestras vidas se encuentran en peligro, también lo están las de los musulmanes pacíficos.

Bajo el cielo de París hubo muchas lágrimas el pasado viernes y eso sirvió para despertar la conciencia de Europa,  y por eso fue distinto. Tan terrible como los otros, pero distinto en sus consecuencias

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Mejorar la Constitución

Un nuevo artículo para las próximas elecciones de diciembre

 

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Mejorar la Constitución

En esta tercera entrega de aquellas medidas necesarias para la próxima legislatura, selecciono por su importancia la necesidad de un cambio constitucional. Podrían decirme que, ante las necesidades urgentes que tenemos los españoles, esta no es una cuestión prioritaria. Nada de eso, la reforma de nuestra carta magna supondría sentar las bases para asegurar un futuro mejor.

La Constitución, pese a lo que se diga, no debe ser un convenio que perdure a través de los tiempos mientras la sociedad cambia o aspira a nuevos enfoques, la Constitución es ante todo ley de leyes y las legislaciones deben cambiar a medida que la voluntad popular lo requiere. Tampoco se trata de, en palabras de otros, abrir el melón sin ton ni son. Se trata de adecuarla a los tiempos y en beneficio de todos.

Desde su promulgación a finales de 1978 solo ha tenido un cambio de infausta memoria en su artículo 135 y fue para satisfacer y dar seguridad a especuladores y al poder económico. Para llegar a consensuar unos acuerdos que integraran  a casi todos, tuvo que ser en su día: extensa, ambigua y muy condescendiente con las herencias que nos dejaba la dictadura. La premura con la que los ponentes constitucionales tuvieron que trabajar dejó tantos puntos deslavazados que debemos felicitarnos por haber llegado hasta aquí sin morder de la fruta prohibida, salvo para entregar parte de ella a la ferocidad de los mercados,

Sin embargo, todo ha cambiado. Hemos perdido inocencia y hemos ganado en madurez política. Mientras que otros perdían vergüenza y ganaban privilegios. Por eso es necesario reeditar y volver a articular algunos puntos de nuestra carta magna y modificar algunas leyes para mantener la intención y la bondad de los enunciados de sus artículos. Es aventurado por mi parte recomendar o enmendar a los próceres de la patria; no obstante, tal vez les interese la opinión de un votante.

Para los derechos fundamentales que contempla en artículo primero, hay que modificar el artículo 16 para que España sea un Estado Laico porque es necesaria la separación de las administraciones civiles de las religiosas, sin menoscabo de la práctica de las distintas creencias religiosas o el agnosticismo y ateísmo de cada uno de forma individual.

Para mantener el espíritu del artículo 23 del mismo título I donde habla de los derechos de participación en los asuntos públicos y su acceso, se debería cambiar el actual sistema aplicado la llamada Ley d’Dont (del siglo XIX) y permitir un reparto más equitativo de la representación, no en el mínimo del 3%, pero sí en el de prorrateo.

En el artículo 34, referente a las fundaciones, tampoco es necesario cambiar el enunciado, pero sí la ley que lo regula y la ley de sociedades: hay demasiadas SICAV y asociaciones teóricamente sin  ánimo de lucro camufladas entre ellas.

Entramos ahora en la más controvertida de mis opiniones, la que afecta al Título II referido a la corona. El pueblo español, por esa madurez que antes comentaba, tiene derecho a poder elegir también a su jefe de Estado. La jefatura del estado es  una figura representativa y es lógico poder votar a quien más convenga, aun a riesgo de equivocarnos. Por tanto debe preverse a final de la legislatura  un referéndum –  a pesar de que en este país se tiene poca costumbre y mucho miedo a preguntarle a la gente lo qué opina – para que la sociedad española decida entre República o Monarquía. Ya sé que me dirán que hay cosas más urgentes, por eso aplazo para dentro de cuatro años, aunque no debe prolongarse más allá. Que a estas alturas estemos todavía  hablando de princesas de Asturias o de herederos varones todavía no natos significa, para este articulista,  un estancamiento en figuras y sistemas  obsoletos. No obstante, el Pueblo, único soberano, debe tener la palabra.

En el título VIII que se refiere a la Organización Territorial del Estado, no queda más remedio que modificarlo si aspiramos a seguir siendo el Estado del enunciado, completo y solidario. La transformación a un Estado Federal  es necesaria y urgente. Se dirá que el actual sistema de la Comunidades Autónomas les da más derechos que cualquier estado federal de otros países. Esta afirmación no tiene a menudo en cuenta las necesidades sentimentales, culturales, incluso las pasiones políticas de las distintas comunidades. La federación implica que las diversas colectividades que forman un estado, sin ceder su autonomía de acción en su territorio, se federan al conjunto por interés general. No importa si cada uno de los cuerpos federados se sienten a sí mismos: nación, estado o provincia; todos tienen iguales derechos y obligaciones, sin inmiscuirse ni menospreciar la diferencia ni la diversidad de los otros.

Tiene que ser compatible el promover distintas acciones territoriales, en función de la  incuestionable idiosincrasia de cada uno y, al propio tiempo, no perjudicar a otros y procurar el bienestar general de todo el Estado que les acoge. Y siempre bajo el principio de la solidaridad y de la justicia, es decir, lo que ya está escrito en el artículo 149 del título VIII actualizado con anulación la de su apartado número 32, incongruente con lo expuesto. Y, por supuesto, con la eliminación del ya famoso artículo 155, porque los conflictos entre federados y federación  deben resolverse en una verdadera cámara territorial – para lo que no sirve el actual Senado – o con conversaciones con el gobierno federal, obligando al gobierno central a velar  ante un trance complicado. La independencia política, la honestidad y el buen criterio del Tribunal Constitucional, siguen siendo indispensables para los casos extremos de interpretación, pero sin que el partido gobernante pueda ni deba influir en sus resoluciones.

Hay bastantes más cosas que reformar en nuestra Constitución  pero, de momento, hay faena de sobras para los próximos cuatro años. Trabajo parecido tiene los partidos políticos para adecuar sus estatutos a la democracia, a la libertad real  y al derecho a elegir y ser elegidos que, a buen seguro, reclaman a la Constitución y que ellos no practican en sus organizaciones. Tampoco estamos exentos los ciudadanos de obligaciones. Hay que hacer el esfuerzo de suponer qué formación política será capaz de impulsar las mejoras de nuestra Carta Magna. Que no nos duerman con cuentos de hadas y, sobre todo, con los de príncipes y princesas. Ya somos mayorcitos.

 

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