LA COMPAÑÍA, relato.

Un relato mío del libro “Veintidós Grullas doradas”

diablo
La compañía

Vive de manera que puedas mirar fijamente a los ojos a cualquiera
y mandarlo al diablo.

Henry Louis Mencken

Pocas veces la vida me aturde y sólo en contadas ocasiones me
desespera; sin embargo, debo reconocer que aquella experiencia
pudo concluir en trágicas consecuencias.
—Debemos cambiarnos de piso —dijo un día mi mujer, coincidiendo
con nuestro vigésimo aniversario—. Éste ya está viejo y
se encuentra demasiado alejado del centro. He visto uno majísimo.
Al día siguiente fuimos a ver el verdadero objeto de deseo
de mi esposa. Era algo tarde cuando llegamos al lugar donde se
encontraba la casa. La plaza, amplia y capaz, estaba muy concurrida;
un edificio de reciente construcción daba justa réplica a un
aparente hotel situado justo al otro lado. Frente a la puerta del
primer inmueble, con gesto impaciente, nos esperaba la señorita
de la agencia. Era pelirroja, esbelta y atractiva; nos sonrió: «Llegan
puntuales», mintió para iniciar la conversación. Con pasos
vivos y seguros nos condujo hasta el ático, dispuesta a convencernos
de las excelencias de la vivienda. La joven olía a colonia
de marca y el piso a recién pintado. Recorrimos las estancias con
ojos de futuro y debo reconocer que era toda una tentación, y yo
soy un hombre sometido a muchas tentaciones. Finalmente salimos
a la terraza y allí, asomados a la plaza y viendo cómo se ocultaba
el sol, encontramos un nuevo hogar.

No voy a relatar los detalles del traslado. Supongo que muchos
de vosotros habréis vivido una situación parecida y presumo,
puesto que me estáis leyendo, que sobrevivisteis. No me extrañaría
en absoluto que, de repente, se os disparara un nervioso tic recordando
vuestro último cambio domiciliario. Este sentimiento,
compartido entre los nómadas de las grandes ciudades, es incomprensible
para aquéllos que, para su fortuna, siguen habitando las
hermosas casas de sus ancestros; eso sí, pendientes de reparaciones,
capas de pintura y roturas de conducciones varias.
Nuestra nueva casa se metamorfoseaba en hogar. Íbamos y
veníamos del piso antiguo al nuevo como hormigas recolectoras.
Buscamos en la nueva vivienda nuestro espacio, nuestro lugar en
el sol. ¿Dónde instalamos el despacho? ¿Dónde la habitación de
Luis? ¿Dónde la de María? En mitad de aquel trajín, yo trataba de
pasar desapercibido, en realidad tan sólo pretendía un lugar sobre
el que pudiera ejercer un mínimo derecho y donde pudiera
estar solo de vez en cuando. Elegí una pequeña estancia para instalar
mi cuartel general, o tal vez fuese ella quien me eligió.
Llegó el día de abandonar nuestra antigua vivienda. Como
era de esperar, faltaban un montón de detalles en la nueva y alquilamos
un par de habitaciones en el hotel de enfrente.
Desde la azotea del establecimiento —pomposamente denominada
solárium—podía verse a los decoradores, pintores y electricistas
entrando y saliendo del piso nuevo como abejas construyendo
panal ajeno. Desde la improvisada atalaya hotelera disfrutaba
del paisaje sabiendo que nuestra terraza tenía parecidos atractivos.
De un solo golpe de vista se podían apreciar los balcones vecinos,
llenos de sol y vida. El campanario de la cercana iglesia se
alzaba desafiante señalando al cielo, algunos pájaros lo sobrevolaban;
pajarillos de ciudad que usan los terrados vacíos como propios,
no hay fronteras para su vuelo alegre y despreocupado. ¿Tendrán
ellos problemas de nido? ¿Existirán decoradores de plumón
y ramita?
Una voz me sacó de mis candorosos pensamientos:
—Juan, el teléfono, ¡el teléfono!
Miré a mi esposa y agudicé el oído…
—No oigo nada —dije, tratando de escuchar el cotidiano repiqueteo.
—No, Juan, no. Me refiero al teléfono de casa —repitió alterada.
De pronto recordé que no habíamos hecho el cambio de domicilio.
—No te preocupes, ya lo arreglo yo —respondí insensato.

El departamento de atención al cliente de la Compañía contestó
a mi llamada; era una voz extrañamente metálica que se identifico
con un nombre de telenovela venezolana:
—Le atiende Jorge Alberto. ¿Puedo ayudarle en algo?
Le conté mi deseo como si del genio maravilloso se tratara.
La respuesta de mi interlocutor me dejó muy tranquilo. Sólo tenía
que recoger el aparato antiguo y llevarlo a la nueva vivienda,
en un par de días pasarían a conectarlo. No obstante, el traslado
de barrio suponía depender de una nueva centralita, lo que significaba
un cambio de numeración. Antes de despedirse, Jorge
Alberto me pidió un teléfono para localizarme.
A la mañana del tercer día sonó el móvil, alguien me comunicó
nuestro nuevo número. Eran dígitos fáciles y rítmicos; lo comenté
con mis hijos, ellos serían, sin duda, los usuarios más contumaces.
Medité sobre la tipología de aquellas cifras. ¿Qué hay
detrás de un símbolo? ¿Qué esconde? ¿Qué sugiere? Nuestro número
tenía tres seises, la cifra del anticristo, me reí de mi propia
ocurrencia.
Dos días después de la llamada dejamos el hotel y nos instalamos.
Según mi esposa, los decoradores habían hecho un buen
trabajo. María y Luis se limitaron a ocupar sus habitaciones y
proceder a las modificaciones que consideraron oportunas, es
decir, cambiarlo todo de abajo arriba. A los veinte años, o se es
inconformista o no se es nada. Al margen de mi parte de derecho
sobre el dormitorio de matrimonio, ocupé la pequeña habitación
como despacho; la llené de libros, de música y de momentos.
Todo estaba listo excepto la línea del teléfono, el aparato
que había recuperado de nuestra antigua casa permanecía mudo
y expectante.
—Deberíamos reclamar —dijo mi mujer.
—Si no quieres pagar un dineral en llamadas —refrendaron
mis retoños señalando sus móviles.
La locución verbal «deber» tiene un significado especial para
mi familia. Se conjuga en plural: «Debemos», «deberíamos», «debíamos
»… y se realiza en singular y en mi caso, sólo en el mío,
en primera persona. Así pues, reclamé.

Trataré de resumir lo que a continuación sucedió sin que las
lágrimas emborronen el escrito. Algo denso, kafkiano y terrible
permanece aún en mí impidiéndome relatar los hechos con imparcialidad
y sin vehemencia. Como habréis observado, no menciono
ni mi nacionalidad ni mi vecindad para no alarmar a mis
compatriotas. Dejo para vuestra imaginación situar la latitud exacta
de esta historia y a vuestro docto juicio su credibilidad.
De nuevo llamé al número de atención al cliente. La letanía
anunció que estaba al aparato una tal Gloria María. Le conté mis
cuitas:
—Hace una semana que pedí un traslado y… —no me dejó
terminar.
—Dígame su nombre y dirección —me preguntó inquisidora.
—Juan Pérez López, plaza… —respondí esperanzado.
—Está en la lista, ya le llamarán.
—Pero, ¿cuándo? —osé preguntarle.
—Muy pronto, muy pronto —contestó Gloria María.
Sería mi imaginación, pero noté cierto tono irónico en la
respuesta.
Desde aquel día anduve atento a las llamadas, incluso desatendí
un poco a mis clientes. En casa me preguntaban continuamente:
«¿Y el teléfono? ¿Por qué no insistes? ¡Tantos amigos que
tienes!». Sí, lo sé, podría haberles pedido que me relevaran de tan
arduo deber; sin embargo, no quería sentirme fracasado. Así las
cosas, insistí de nuevo y pedí, incluso supliqué, el teléfono de los
instaladores para llamarles personalmente.
—De ninguna de las maneras —respondió un tal Roberto
Ángel—.Usted no puede contactar directamente con ellos, ¡para
eso estamos nosotros!
Pero ya no estaba dispuesto a concederles más oportunidades:
—Póngame con reclamaciones —exigí.
—¿Cómo dice? Sepa, señor mío, que esta Compañía no tiene
departamento de reclamaciones, eso es cosa del pasado. Ahora,
nosotros lo arreglamos todo, todo, todo.
—Páseme con su jefe y déjese de chorradas —le grité, ya fuera
de mí.
Ni me contestó. Al cabo de breves segundos se puso al aparato
alguien que se identificó como Carlota Luisa. Reprimí un insulto
y le solté, paciente, todo el rollo; cuando hube terminado,
ella, me preguntó en tono apático y exageradamente amable:
—¿Le importaría repetirme su nombre y domicilio y contarme
de nuevo el motivo de su llamada?
Una extraña mezcla de rabia y desesperación me invadió.
Opté por colgar, sin más explicaciones.
Puse en marcha toda mi artillería pesada y después de remover
cielo y tierra, de recurrir a políticos y amigos, mi móvil cantó
la esperada llamada:
—Buenos días, soy de la contrata instaladora de la Compañía,
creo que está pendiente…
No pude contenerme:
—¡Por supuesto, hace diez días que está pendiente!
—Perdone usted —contestó el interpelado—. Hace días que
le venimos dejando mensajes en el contestador y…
—¿En qué contestador? —pregunté desesperado.
—Joder, en el suyo —y cantó el número de los tres seises.
—Pero, hombre de Dios, si no tengo el aparato instalado,
¡cómo cojones voy a escuchar el contestador!
Hubo un extraño silencio, sentí la vergüenza de mi interlocutor
clavada en mi pabellón auditivo y no obstante, la venganza
de aquel truhán no se hizo esperar:
—Pues lo siento, quizás dentro de tres o cuatro días.
Me tragué todo mi orgullo y acepté. Fijamos fecha.
Asomado a la terraza, observando las idas y venidas de los
inocentes pajaritos, le vi llegar. Aparcó justo enfrente, en la zona
reservada a los clientes del hotel. Nadie le dijo nada, probablemente
el establecimiento hotelero tenía pendiente alguna instalación
o algún cambio y no quisieron jugar con la suerte. Bajó de
la furgoneta majestuoso y seguro de sí mismo; era de mediana estatura,
recio, de pelo canoso y brillante, el mono azul que vestía
le daba una apariencia de eficacia que me ilusionó y hasta me
emocionó. Se dispuso a cruzar la plaza, la caja de herramientas
se balanceaba alegre y cadenciosa en su diestra.
Un coche de apariencia vulgar, de los que apenas salen en
los anuncios televisivos, trató de aprovechar el ámbar. Se oyó un
golpe seco, un grito sordo y un chirriar de frenos huérfanos de
ABS. Bajé corriendo a la calle y llegué sólo a tiempo de recoger
los últimos estertores del hombre del mono azul. Allí cerca, la caja
de herramientas, cual caja de Pandora, permanecía abierta dejando
escapar todos los males. Un pequeño bloc de tapas rojas y páginas
llenas de direcciones mostraba con descaro mi nombre y
una nota al margen: ¡Urgente!
Me quedé junto al desgraciado operario hasta que llegó la
ambulancia. Un piadoso lienzo cubrió el cuerpo y el rostro del
muerto, y también mi última esperanza. Ya en el portal escuchando
alejarse la sirena me apoyé, desfallecido, en los buzones; intuitivamente
abrí el nuestro, sólo había un sobre.
Al cogerlo noté mi mano manchada con sangre del infortunado
instalador, la carta se tiñó de rojo. Miré la misiva y mi asombro
no tuvo límites: ¡Era de la Compañía! En ella me agradecían
la confianza depositada en sus servicios y me aseguraban proporcionarme
un mantenimiento exclusivo de ¡24 horas al día, 365
días al año! Firmaba el director de Marketing, no había ni dirección,
ni teléfono, ni fax… nada, tan sólo el membrete de la Compañía;
era una carta venida de ninguna parte, quizás del cielo, tal
vez del infierno. Busqué refugio en mi pequeño despacho y allí
lloré como un niño.

A la mañana siguiente saqué fuerzas de flaqueza. No estaba
dispuesto a iniciar de nuevo el Vía Crucis. Decidí arreglarlo personalmente,
a mi modo, costase lo que costase.
El taxi me dejó en la puerta del acristalado edificio central
de la Compañía. En aquel momento recordé que no hacía tanto
tiempo, la Compañía, había sido patrimonio de todos los ciudadanos
del país. Todos y cada uno de nosotros habíamos pagado,
directa e indirectamente, hasta el último de sus retretes.
Los pequeños ahorros de muchas familias estaban depositados
en sus acciones. Sin embargo, con falsas excusas de rentabilidad
y eficacia en la gestión, el gobierno la había privatizado. Y
digo falsas porque la Compañía era de sobras rentable, sus tarifas
tenían fama de ser las más caras de nuestro entorno, probablemente
del mundo.
Un guarda de seguridad me impidió el paso. Miré su uniforme
y tuve el extraño presentimiento de regresar a tiempos pretéritos
de infausta memoria:
—¿Adónde va? —preguntó acariciando su revólver Smith &
Bensson.
—Quisiera ver a un responsable —dije nervioso.
—¿Responsable de qué? —volvió a preguntar, esta vez en
tono de reto.
—Responsable de atención al cliente… al usuario.
Me miró a los ojos, yo le devolví la mirada; era un tipo alto
y delgado, fibroso, atlético, de mirada fría y movimientos felinos.
Observé un par de muescas en la culata de su arma: «Ah, es eso»,
contestó con suficiencia. Una luz roja se encendió en la parte superior
de la cabina de guardia. Dos nuevos guardas jurados con
aspecto y maneras de simio aparecieron en la recepción: «Un camorrista
», dijo el primero de los vigilantes señalándome. Me invitaron
a salir del edificio. Jugué mi última baza gritándoles que
era accionista de toda la vida, una estruendosa carcajada me acompañó
hasta la puerta.
Pero yo estaba dispuesto a entrar como fuese. Me puse de
acuerdo con media docena de muchachos que salían del instituto.
Les pagué generosamente para que simularan una pelea frente
al inmueble. Tal y como había previsto, salieron los tres vigilantes
para separar a los litigantes. La recepción quedó franca y
me colé dentro.
Con las debidas precauciones tomé el ascensor. El edificio
aparentaba estar vacío y nadie me salió al paso cuando llegué en
la última planta. Un gimnasio, saunas, un estéril green de golf simulado
y su pantalla permanecían bajo la tenue oscuridad. Entré
en lo que parecía una sala de proyección, retratos de siniestros
tipos embutidos en uniformes civiles de ejecutivos especuladores
cubrían las paredes. Numerosos soportes informáticos se amontonaban
en un mueble de puertas acristaladas; había de todo, desde
películas pornográficas hasta biografías de santos. Una pantalla
digital de gran tamaño repetía sin cesar las cotizaciones de diferentes
bolsas mundiales, los tonos rojos y verdes de aquellos guarismos
luminosos, destellando constantemente, se estrellaban contra
los retratos dándoles una imposible vida y una siniestra sonrisa.
Sentí un escalofrío.
Un cartel anunciaba la planta noble. Anduve por largos pasillos
vacíos de presencia humana, tratando de evitar el ángulo de
visión de las numerosas cámaras de control. Llegué frente a la Sala
del Consejo, todavía asombrado por no haberme cruzado con nadie,
la puerta estaba entreabierta; con mucha precaución miré por
la rendija. Unos cuarenta ¿hombres? estaban reunidos en torno a
una enorme mesa. Rostros feroces, casi grotescos; gruesas papadas,
barrigas indecorosas y numerosas calvas, ternos caros y elegantes
corbatas. El que parecía dirigir la reunión era de los más
jóvenes, cabeza cuadrada, pelo rebelde y barba cerrada, sus ojillos
pintaban una mirada innoble y vil, tenía escrutadores fanales
en todas las partes de su cuerpo, era la bestia. Entre tremendas
risotadas se disponían a repartir beneficios: Opas agresivas,
oportunas subidas y bajadas de bolsa, participaciones en otras
empresas de telecomunicaciones, opciones de compra preferentes
de nuevos negocios. Eran conscientes de que no había riesgo,
si ganaban, ganaban ellos; si perdían, perdíamos todos.
Miré aquellos rostros sin alma: Eran los que cortaban el bacalao
financiero, los más influyentes, todos los dogmas y todas
las ideologías estaban ausentes de sus decisiones, las Constituciones
eran papel mojado para ellos. No podía distinguir sus sexos,
eran una mezcla de concupiscencia y hermafroditismo. Cerré el
puño conteniendo mi rabia, no se podía luchar contra tan poderoso
contubernio. Su peso y dominio eran evidentes y sus cómplices,
lamentablemente, legión. Me alejé de allí.
Llegué al sexto, tuve suerte, era precisamente el servicio de
Atención al Cliente. Avancé sigilosamente hasta el cartel mural
que lo anunciaba y empujé la puerta. Cientos de ordenadores dispuestos
en interminables filas parecían estar activos, en sus pantallas
iban apareciendo las conversaciones que sostenían y el ruido
sordo del eco metálico de sus respuestas imitaba el canto de
miles de invisibles cigarras; me acerqué. A través de uno de los
monitores pude adivinar que se trataba de equipos conectados a
la red telefónica, cada uno de ellos tenía su identificativo, leí: «Gloria
María», «Emilio Andrés». «Roberto Ángel», «Carlota Luisa»…
¡todos estaban allí! Con un nudo en la garganta miré alrededor.
Mis conocidos interlocutores de voz metálica contestaban a
cualquier pregunta que les hacían los usuarios, y cuando alguna
era complicada o machacona, pasaba a la terminal siguiente. Me
senté frente al teclado del servidor, no salía de mi asombro. Empecé
a preguntar cosas que nada tenían que ver con los negocios
de la Compañía. A mis cuestiones, los ordenadores respondían
con otras preguntas o entraban en un loop repetitivo e inútil. Les
hablé de amor, de sentimientos, de poesía; les pregunté por la dicha,
la libertad, el consuelo, la solidaridad. Las terminales trataban
de contestar. Una a una, fueron abortando sus programas,
que se perdieron entre laberintos de silicio. Matadas por su propia
tecnología, iban muriendo mientras los versos de Hernández,
Machado, García Lorca, Neruda, Papasseit o Bécquer quemaban
sus insensibles circuitos. Un poema de Whitman aceleró el postrer
suspiro y todos los monitores se apagaron con un ruido sordo
de agonía. El estropicio era inmenso. Solté una demoníaca carcajada
al alejarme.
Me deslicé sin hacer ruido camino del ascensor, no sin antes
hacer un corte de mangas a las cámaras del pasillo. Al llegar
al hall pasé frente a las sorprendidas miradas de los guardias de
seguridad que ni reaccionaron. Ya en la calle me llené los pulmones
con una bocanada de aire fresco. Iba a tirar el móvil a la alcantarilla,
sin embargo decidí hacer una última llamada. Marqué
el número de Atención al Cliente, sonó la musiquilla pero no hubo
respuesta, los cientos de ordenadores dormían el sueño que instantes
antes yo había provocado. Un maldito y oscuro sueño semejante
a las conciencias de sus consejeros.