Mes: Noviembre 2012

… y Johnny cogió su fusil

…y Johnny cogió su fusil.

Una antigua y espeluznante película del año 71, dirigida por Dalton Trumbo sobre una novela homónima, nos cuenta la desventura de un soldado estadounidense que es herido en un combate durante la Gran Guerra.

El soldado Johnny se despierta en la cama de un hospital y le cuesta llegar a comprender que ha perdido todas sus extremidades, y los sentidos de la vista, el oído, el olfato y el gusto. Es un torso viviente, que sólo puede recordar y soñar, hasta que encuentra la forma – a través del Morse- de comunicarse con sus cuidadores y rogarles que le maten. Pero no consigue que le hagan caso y queda postergado y olvidado, refugiándose en sus pensamientos y ensoñaciones, que no tienen ni espacio ni tiempo real.

El título de tan delirante y escabroso film, viene dado por una canción de un belicista americano que animaba a los jóvenes a alistarse para la guerra. La melodía de marras, Over there, se iniciaba con el verso: Jhonnie get your gun, es decir: “Jhonnie toma tu fusil”. Es la típica balada que los noticieros belicistas de todos los países ponen en su banda musical, para animar a sus ciudadanos para que se maten contra otros ciudadanos tan engañados como ellos.

Los incitadores a las grandes masacres suelen ser el Gobierno de turno, los fanáticos religiosos, los iluminados o los perturbados como Adolf Hitler o Benito Mussolini, pero siempre hay un componente común: detrás de todos ellos están las grandes fortunas o los aspirantes a tenerlas. Vean que no he puesto en la lista ni a políticos ni a los militares porque son simples instrumentos de los ya mencionados.

Pero volviendo a esos pocos cientos de familias que manejan el cotarro mundial, las más favorecidas son, en estos casos, la de los fabricantes de armamento. Ellos son los que proporcionan a los incitadores los fusiles para que el Johnny de turno quede aniquilado en una cuneta o, lo que es peor, los niños palestinos expongan sus destrozados miembros a lo largo de las aldeas de Gaza.

Son gentes sin escrúpulos, herederas de apellidos que a todos nos suenan, compinches y verdugos de dictadores de medio pelo y de larga melena. Los inventores de las guerras, que van tranquilamente a la iglesia, a la sinagoga o a la mezquita a darle las gracias a Dios por haber conseguido el pedido de misiles o de carros de combate. Que harán sus ejercicios respiratorios o la partida de golf, con la tranquilidad del buey que pasta inconsciente de lo que sucede a su alrededor. Son los asesinos de la naturaleza y de la Humanidad, muchos de ellos galardonados y celebrados.

¿Se han dado cuenta de que Palestina está llena de hambrientos, pero de que sus facciones disponen de fusiles de asalto nuevos y llevan lanzados en estos días cientos de cohetes contra Israel? ¿Han observado que muy pocos dan en el blanco o si lo alcanzan aparece el artefacto semienterrado en la tierra sin haber hecho explosión o son destruidos por contramisiles? Por el contrario los misiles israelitas aciertan a objetivos mínimos como un automóvil en movimiento o un dirigente de Hamás meando en una tapia. ¿Casualidad? No. Israel paga más y mejor. Tiene los mejores modelos, radares y ordenadores para dirigir sus artilugios de muerte.


Lo mismo ocurre en África o en Suramérica. Los niños disponen de un armamento con cuyo coste podrían construir una aldea donde vivir en paz. ¿Creen ustedes que las amenazas que tanto nos asustan de Irán o de Corea del Norte, están exentas de tecnología europea o americana? ¿Somos tan estúpidos que creemos que las bombas que machacan al pueblo sirio se fabrican exclusivamente en Siria? Recuerden el armamento tan poderoso que tenía Sadam Husein… tanques de madera para engañar, rifles de oro para fardar y misiles que no funcionaron cuando convino. Nada de armas de destrucción masiva. Ahora es cuando sus milicias disponen de armamento moderno.

¿Recuerdan el Maine? Sí, el buque de guerra que estalló misteriosamente en la bahía de La Habana y que desembocó en la primera guerra imperialista norteamericana, precisamente contra España. ¿Recuerdan Pearl Harbor? El día 7 del próximo mes de diciembre se cumple el aniversario del ataque japonés, que no pilló ni un portaviones americano, todos habían salido tres días antes de la rada.


Estos días en Gaza, Israel está probando armas nuevas y efectivas, y los fabricantes demostrando que le venden al pueblo Palestino la chatarra. Pero, mientras tanto, la gente sufre y muere y el conflicto no tiene vías de solución. ¿Por qué? Como diría la policía: investiguen quién se beneficia de todo eso.

Poco importan los muertos, los tullidos y las lágrimas. Poco importa el Johnny de turno, aunque viva en la misma ciudad que el fabricante de misiles. Poco importa lo que piensen las gentes. Lo importante es el negocio, si hay que inventar una crisis, se inventa; si hay que organizar una guerra, se organiza. Mañana irán a la mezquita o a la sinagoga a pedir perdón. Y si sus creencias ancestrales les fallan, se pasan al Budismo que predica la paz universal y se gastan una pasta viviendo una temporada con los monjes en el Himalaya.

Bastaría una ley universal que prohibiera la fabricación de armas y por supuesto su comercialización. Los agentes del orden podrían ir armados con porras paralizadoras o fusiles de dardos tranquilizantes. ¿Utopía? Pues, claro. No van a permitir la paz universal, se les acabaría el negocio y terminaría con la mayor arma que poseen: el miedo. Tenemos tanto miedo a perder lo que tenemos y a plantar cara a todos estos tipos, que les dejamos que esto continúe y contemplamos como bloquean impunemente la entrada de alimentos y medicinas en la franja de Gaza, y como unos y otros, agotan sus petardos. ¡Qué hay que comprar más!

Hoy he firmado una petición para terminar con las agresiones a Gaza, para intentar que las conversaciones de paz fructifiquen. Puede que se rían de nosotros. Un millón, dos, o tres millones de firmas no les harán recapacitar, pero pueden ayudar. Tengo conocidos y amigos en los dos bandos, son tipos honestos que creen defender a su Pueblo y su modo de vida. Los verdaderos enemigos no son las gentes, si no los intereses.

En este momento, justo en el instante en que estás leyendo esto, acaba de morir un niño por un disparo; o de hambre o de sed. Y lo que es peor, en un olvidado hospital de no se sabe dónde, un tal Johnny todavía está esperando a que terminen con su terrible existencia, no sabe que aquel fusil que cogió, hoy, está totalmente obsoleto. Pero la maldita fábrica que lo montó, sigue produciendo muerte y enriqueciendo a los miserables.

UN CHISTE PARA PREOCUPAR

DE UNA VIÑETA NORTEAMERICANA

El niño le dice al padre:
– Sabes, tal vez dedique mi carrera profesional al crimen organizado.
El padre le responde:
– ¿En el sector privado o en el público?
El niño duda y el padre prosigue:
Personalmente te sugiero el Gobierno , esos nunca van a la cárcel.

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Nuevo artículo: EL BICHO DE LOS COCHES OFICIALES

El bicho de los coches oficiales

El presente artículo no pretende ser un alegato contra la clase política, sería demasiado fácil e injusto generalizar y demonizar a todos. Se trata de una advertencia, para aquellos de nuestros representantes, que parecen haber adquirido un rango superior, olvidado cuáles son sus principales obligaciones y deberes. Y, sobre todo, al servicio de quién están.

Yo hice la mili en aviación. Concretamente en la base aérea que linda con el aeropuerto de Barcelona y con los campos de golf de El Prat de Llobregat. A pesar de la época, no fue una mala mili. Corría el año 66 del pasado siglo, en el ocaso de la dictadura, pero aún vivita y coleando. Gozábamos de ciertas libertades y éramos especialistas en tomarnos muchas más.

Merced a los cambios en la duración del servicio militar, varios remplazos se sucedieron en breve espacio de tiempo, por lo que, a las pocas semanas, los nuevos reclutas éramos mayoría y nuestro remplazo gozó de los derechos que los veteranos tenían sobre los novatos. Uno de esas inviolables ventajas era la de dormir, si no teníamos servicio, hasta que nos apeteciera. Los barracones de nuestra escuadrilla estaban, como he contado, en el área del aeropuerto y fuera de toda circulación privada y pública. La limpieza general la hacían los recién llegados, amén de las guardias menos deseadas. Por lo demás, eran compañeros y amigos.

Un día, Jordi Planas y un servidor disfrutábamos de nuestras prerrogativas de veteranos. Un par de novatos andaban barriendo y haciendo los catres. Cuando llegaron a nuestra altura uno de ellos se dispuso a retirar y airear las mantas. El otro se acercó a su compañero y en tono temeroso pero divertido, dijo: “No esas no, que todavía tienen bicho dentro”. Dicho eso se alejaron sin hacer ruido. Jordi y yo nos miramos y estallamos en risas.

Pues bien, en nuestro país ha sucedido algo parecido. Sólo que en vez de “malditos” se trata de los oportunistas de turno. Nuestra joven democracia quiso dotar a nuestros políticos de las prebendas y salarios que les correspondían. Esa aureola de casi héroes que les otorgamos, les concedía nuestra admiración y respeto: luchaban por nuestros derechos y eran nuestra voz; la voz del Pueblo. Así les consentimos que recurrieran a protocolos franquistas, a despachos con olor a rancio, a coche oficial y a guardaespaldas y chofer; todo con cargo del erario público. Y de generosos sueldos, con un argumento realista y claro: sus esfuerzos tienen que estar bien remunerados para evitar tentaciones.

La contrapartida estaba, y está clara: la clase política debe adelantarse a las situaciones de riesgo, sean políticas, financieras o de derechos, y atajarlas antes de que conviertan en peligro o desastre social.

No se puede argumentar que nos ha sorprendido la crisis, que nuestros bancos son los más seguros del mundo, que el estado del bienestar está a salvo o que la reforma laboral traerá más empleo, cuando no se tiene idea real de lo que está sucediendo. En este caso, o se trata de una cuestión de ignorancia o de mala fe, no hay otra.

Los políticos deben saber adelantarse a los acontecimientos y proteger a la ciudadanía que representan. Uno de los ejemplos más sangrantes es la situación de los préstamos hipotecarios. Se permitió que la banca, insaciable, insolidaria y cagona lanzara contratos hipotecarios falaces y abusivos. Nuestros gobiernos, corrieron veloces a salvar a las entidades financieras, a sus productos basura y a las cuentas de Suiza de sus directivos; en eso, incluso muchos políticos les imitaron. Y no me reten a dar nombres. En cambio son extremadamente lentos, ineficaces y por ello culpables, de los 400.000 desahucios que se llevan practicados en España.

Hay una nueva estirpe de tiralevitas, distantes y engolados, a quienes no les bastan los buenos sueldos, ni tienen el nivel humano para ostentar el cargo sin petulancias. Tal vez para algunos, herederos de burguesías, alineaciones místicas y ancestros golpistas, eso es lo más normal. Sin embargo, nuestros primeros parlamentos, fueron una mayoría surgida de las urnas con gentes corrientes, trabajadoras y entusiastas, con todo lo hermoso que encierran estos adjetivos. ¡Tanto hemos cambiado!

Durante décadas, cuando un coche con banderita oficial pasaba por delante nuestro, tratábamos de ver al personaje que dormitaba en los asientos traseros. “Mira, nos decíamos, es el subsecretario de tal y cual o es el director general de esto o de lo otro, estará agotado el pobre”.

Pero nos relajamos y poco apoco, como en la novela de Orwell, algunos de los supuestamente sufridos animales se iban pareciendo más a los granjeros explotadores. Especularon, prevaricaron, confundieron, mintieron, engañaron, defraudaron en todos los sentidos y nos hicieron esperar en los antedespachos como en los tiempos de Larra. Insisto en que, probablemente, les esté hablando de una minoría, pero es que los culpables suenan tan fuerte que apagan las voces de los más justos. Pero no las del Pueblo.

Ahora cuando el automóvil blindado del banderín oficial, se pone a nuestra altura, miramos indiferentes si lleva bicho dentro y comprobamos que siguen dormitando, sin buscar soluciones a los problemas, incapaces de hacer su labor; soñando con cargos bien remunerados y en facilitar las cosas a sus amigos; olvidando su razón de ser.

Por eso, uno aplaude la medida de ir retirando los coches oficiales y los guardaespaldas de los políticos. No lo hacen convencidos, lo hacen por problemas económicos. Pero que quieren que les diga, a mí me encanta que vuelvan a coger el metro, se mezclen con la gente, vayan al médico del ambulatorio que les toque y sufran la misma inseguridad que cualquier otro ciudadano: la de un policía, un minero, un pescador, un peón de albañil; la de un parado para sobrevivir, o la de un ama de casa al cambiar la botella de butano. No quiero anatemizar, pero, después de lo que hemos visto y siempre considerando las excepciones, ¿creen de veras que son mejores que los ciudadanos de a pie? ¿Es de recibo que se prolongue tanto una acción para evitar los desahucios? ¿Qué orden de prioridades tienen gobierno y oposición?

Por lo menos estamos ante una verdad palpable: el ahorro de un millón de euros. Y ante un hecho significativo: no hacía falta tal despliegue de recursos. Los servidores públicos deben ser los primeros en dar ejemplo, en despertar por la mañana y acudir a sus remodelados despachos para ver si sacamos el tema adelante. Y regresar a sus casas tomando el bus o el metro, después de compartir una caña con sus amigos y pagar a escote. Volvamos al huevo, al inicio, a los principios filosóficos en todas sus acepciones.

No sería bonito ni nada bueno, pasar por las Cortes y preguntar temerosos pero divertidos a los policías de la entrada: ¿Perdone, hay todavía bichos dentro?

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