Te espero en Botswana, mi amor…

16 – Se equivoco la paloma (C. Gustavino)Te espero en Botswana, mi amor

La delgada línea que separa realidad y fantasía es tan etérea que, en ocasiones, confunde al lector, incluso al cuentero que no sabe si relata o imagina. Por tanto les ruego algo de paciencia y humor para llegar a la consumación de la historia.

No juzguen hasta el desenlace, tal vez he utilizado el recurso de la ensoñación o el de la locura pasajera. Tengan en cuenta que la intención es literaria y que todo parecido con la realidad es “realmente” una coincidencia.
Sin embargo debo advertirles que nadie es totalmente inocente y que muchos de ustedes habrán tomado partido antes de llegar a las líneas finales.
Sean generosos, pónganse en lugar de los personajes y disfruten del momento.

La conversación se pudo escuchar desde varias estancias del palacio. Su majestad no había podido contener la risa cuando el jefe de su Casa Real le relató lo que había sucedido.

-¡Por todos los santos, Rafa, quién le dejó la escopeta al niño!

El cortesano no tuvo que responder, su mirada apuntando al suelo del despacho era toda una respuesta.

-Ya, ¡su padre! ¡Yo ya lo había vaticinado…Con la cantidad de pretendientes que…

Su majestad cesó en sus argumentos, sabía que no le había sido fácil a la reina encontrar un yerno que durante unos años – ella pensó que serían más – distrajera a la infanta y que dejara un poco en paz a sus guardaespaldas.

-En fin, Rafa, cuéntame cómo ha sido.

El hombre relató a su soberano los pormenores del accidente sin omitir el destrozo del metatarsiano en cuestión.

-Ha sido horrible – terminó diciendo.

-Hombre, horrible, horrible, podría haberse disparado en otro sitio más… comprometido – dijo con una de sus sonrisas.

En este punto, justo es decir que la sonrisa del rey era franca y comunicadora. Tanto defensores como detractores admitían dos cosas: la bonanza de su sonrisa y su carácter llano y convenientemente popular. Como contrapartida a sus chanzas y gracejos, celebrados por muchos, estaba su timbre de voz que sonaba entre las tesituras de un bajo gangoso y un barítono después de una despedida de soltero. Esto era aprovechado por humoristas sin escrúpulos que le imitaban en los medios de comunicación. A decir verdad eso importaba poco, incluso le hacía gracia que le calcaran la voz.

Pero volviendo al drama que estaba viviendo la Familia Real; el funcionario se armó de valor y le dijo al monarca:

-Majestad, tendréis que aplazar vuestra excursión…

El comentario fue como un mazazo que apagó la real sonrisa.

-Eso ni lo sueñes, Rafa. ¡No tengo yo pocas ganas de hacer unas vacaciones, con la que está cayendo…! ¡Qué se quede la reina y que toree con esos insensatos!

-Pero señor… es Pascua y la reina siempre se va a…

-Sí, ya sé, Rafa, lo de los huevos. Pero si la patria la necesita, hay que apechugar.

-¿Y quién se lo dice a la reina? – repuso entrecortadamente el hombre.

-Coño, quién se lo va a decir, pues tú… ¡menudo carácter tiene!

El jefe de la Casa Real, se sintió desfallecer. No iba a ser fácil convencer a su reina, no era de las que se dejan persuadir fácilmente. Pero no dijo nada y se retiró de la presencia del monarca con la reverencia de protocolo.

No voy a transcribir la conversación entre el funcionario y su majestad la reina, por si este escrito cae en manos de gente menuda. No era una mujer iracunda, sin embargo sus respuestas eran tajantes, como navajas cortantes y de doble filo; lo que causaba doble herida, la de entrada y la de salida. Así salió el hombre, como torero corneado.

El encuentro era inevitable. La soberana enfiló hacia el despacho de su marido para decirle cuatro o cinco cosas. Ni que decir tiene que el guarda apostado frente al gabinete del monarca no osó detenerla, hubiese sido inútil. Tan solo balbuceó: -Su majestad no está – y entró en un mutismo que no violó hasta terminar la guardia.

La reina hizo caso omiso y penetró en la estancia bruscamente. No sería la primera vez que había pillado a su regio esposo haciendo lo mismo con cualquier pelantrusca. Siempre en la sabia opinión de su majestad, que las había visto de todos los colores. No obstante, allí todo estaba tranquilo y ella se acercó a la mesa del ausente. Una nota escueta de letra menuda, quedaba por encima de los decretos ley a firmar:

Te espero en Botswana, mi amor. Y firmaba una tal, Corinna.

El cabreo de su majestad sería fácilmente comparable a un tsunami de olas gigantescas. Él sabía que, por estas fechas, ella acostumbraba a celebrar la Pascua en su país de origen. Entre los recuerdos de su niñez, siempre estaban presentes aquellos festejos en los que se obsequiaban unos a otros con hermosos huevos de Pascua, decorados con vivos colores rojos. Era su refugio mental, cuando la memoria volaba a los felices días de niña y joven princesa con sus regatas por el azul Mediterráneo. Ni siquiera en los obligados exilios durante una feroz guerra habían impedido la celebración de estas fiestas y ahora tampoco estaba dispuesta a perderlas.

Así que espero pacientemente (es un decir) a que su esposo regresara a palacio, para aclarar la situación.

El rey estaba con su amiga Corinna ultimando los detalles del viaje – la excursión como la llamaban los miembros de su gabinete -. El paisaje desde el apartamento de la firmante de la misiva era muy parecido del que disfrutaba la residencia de los reyes de la que estaba muy cerca, fuera estaba el mismísimo Jefe del Cuarto Militar de su Majestad, esperando con un par de sus hombres a que el rey rindiera visita a su amiga.

Corinna hacía ya un par de años que se había instalado en el Monte de El Pardo a pocos kilómetros de la capital del reino. El pueblo había dejado de serlo para convertirse en un barrio de la gran urbe en 1950. Una leyenda cuenta que en las noches de luna llena por sus 16.000 hectáreas de bosque, se aparecerse una extraña y tétrica figura preguntando si ha terminado la Guerra del Rif. Pero eso no había restado a la bella Corinna su interés por facilitar a su amante sus continuas escapadas.

La historia de ese gran amor se remontaba a mayo del 2006. Ella estaba recién divorciada de su tercer matrimonio con un tal Casimiro a quién – no se sabe la razón – los amigos llamaban “Casi”. Y aquí empezó las más bella historia de amor jamás contada. Corinna coincidió con el rey en una entrega de premios en una ciudad de singular belleza bañada por el Mediterráneo. La personalidad de la alemana de apenas 40 años cautivó al monarca, curtido en mil batallas, y cerca de de cumplir los 69. No vean ningún juego de palabras con los guarismos. El primer encuentro tuvo lugar en una suite de un hotel de la capital Mediterránea frente al mar, mientras la luna acunaba a la pareja. Sin embargo hay otras versiones a cual más romántica. Una fábula sitúa el primer encuentro en Ditzingen un pueblo al sur de Alemania, cercano a Stuttgart, famoso por sus casitas de cuentos de hadas y sus cervatillos. Los portugueses, siempre tan suyos, reclaman la cuna – y la cama – de tan fastuoso idilio.

Sea donde sea, fue el inicio de una gran amistad con derecho a luna que había durado hasta entonces. La dulce enamorada se dedicó a organizar cacerías y negocios para aristócratas y multimillonarios desde una empresa que bautizó como Boss&Company Sporting Agency y de la que fue consejera delegada. Llegados a este punto les ruego que acepten los nombres como una mera especulación para dar sentido a la historia. Como comprenderán no dispongo ni del dinero ni de las relaciones para haber tenido tratos con tal agencia deportiva. Sin embargo me pica la curiosidad para saber qué tipo de fauna proporcionaba a sus clientes la teutona ya que su máxima, recogida en su publicidad, era: “Ofrecemos únicamente los mejores disparos”.

Así que el rey de nuestra historia, que llevaba siempre la escopeta cargada, fue el mejor de sus clientes. Pero también su principal valedor. Él, personalmente, le presentó a príncipes y financieros que están entre los cincuenta primeros de las listas Forbes, sin discernir entre creencias o razas. Clientes de indudable interés y caballerosidad, puesto que sólo viajaban y cazaban con los beneficios de las obligaciones españolas. Una forma de agradecer al monarca sus desvelos de cetrería. En cambio él nunca especulaba, lo suyo era la montería galana y poco importa el estado de la Bolsa si la gacela merecía la pena. Si no fuera porque esto es sólo un cuento les adjuntaría las fotos de la rubia Corinna, para que ustedes se diesen cuenta que el rey está mayor pero no tonto.

El caso es que su majestad no quiso perderse la nueva cacería y después de un tormentoso encuentro con la reina, ella se fue a por los huevos y él a cazar elefantes.

Así que el monarca dejó que su nieto se lamiera sus metatarsianos, él solo. Poca fortuna la del infante, incluso sus padres se equivocaron de habitación y fueron a parar a la de un señor con un ataque de gota; y sus tíos no salieron de los Estados Unidos por un tonto asunto con la Justicia. Únicamente, la reina, estuvo al lado del chaval que le mostraba su piececito herido.

Pero… ¿Qué cacería le tenía preparada Corinna a su regio amante?

Botswana o Botsuana es un bello país en el interior de Sudáfrica y al norte de la República Sudafricana, el emblemático lugar en dónde nos habíamos proclamado campeones del mundo. Disfruta de gran cantidad de parques naturales, praderas, sabanas y reservas donde los bichos campan a sus anchas. El Kalahari ocupa el 70% de su territorio. Sus habitantes, los batswana, se liaron a tortas con los colonos bóer del Transvaal y no se les ocurrió otra cosa que pedir ayuda a la Pérfida Albión, y claro está, en cuanto quisieron darse cuenta, la delgada línea roja del ejército británico, los había sojuzgado e inventado en 1885 el protectorado de Bechuanalandia, que sabe Dios qué quiere decir y lo que les costó a los botsuanos librarse de sus “libertadores”.

Allá se preparan cacerías para quién pueda pagarlas y en su aeropuerto vieron aterrizar un lunes abrileño al rey de nuestro cuento. No era la primera vez que le organizaban una cacería en Botswana, unos años antes había tenido ocasión de matar un inocente elefante; le acompañó un bello escopetero de largos y rubios cabellos que con el rifle en la diestra parecía la sota de bastos. Pero esta vez era distinto, en la mente del soberano pesaba más el posible encuentro en la sencilla cabaña de cinco estrellas con su princesa, que los disparos del rifle Sako M75 que según le habían dicho: tiene gran poder de parada con resultados absolutamente mortíferos.

El caso es que, el martes, fue más efectivo con la pistola que con el rifle y hubo que prepararle una pieza especial para el día siguiente.

Simba era un pacífico y anciano elefante que había paseado por todas las sabanas, tanto de Botswana como de Namibia y de Zimbabue. Se había aparejado con docenas de elefantas y ya andaba algo cojo, iba despacito como si no tuviese prisa para encontrar el camino al cementerio de elefantes.

Tantas concomitancias con el rey le convirtieron en la presa perfecta. Le llevaron cerca del puesto dónde esperaba el monarca con sus mortíferas balas, era una arboleda frente a una charca donde el paquidermo solía beber. Corinna y su amado esperaban la aparición del animal rodeados de un grupo de amigos y guardaespaldas. Al lado de su majestad dos escopeteros, esta vez con apariencia de Allan Quatermain, vigilaban el posible fallo en el disparo, no fuera que Simba se cabreara y aún cojeando les diera un buen susto. El animal se acercó confiado a su charca. Una de sus famosas sonrisas apareció en el rostro del rey: – Es como un político en una cacharrería – dijo para aplauso y risas de todos. Pegó el fusil a su cara y soltó un trueno que le hizo tambalearse y caer sentado en el suelo. El animal, ileso, miró en la dirección donde había partido el disparo; seguramente pensó en huir pero se sintió viejo y demasiado cansado para seguir buscando el cementerio de sus ancestros. Miró al cielo africano, levantó su trompa e inició su última estampida. Los dos escopeteros dispararon sus máuseres, un arma tan vieja como el animal pero todavía efectiva. Simba sintió dos picotazos en su enorme cabeza y cayó arrodillado sobre sus patas delanteras.

-Buen disparo majestad – mintió uno de ellos.

El rey se incorporó satisfecho: – Buena pieza, dijo a los presentes.


Aquella noche, víspera del 14 de abril, el rey quiso que fuese una velada inolvidable. ¡Y vaya si lo fue! Corinna se puso un salto de cama de color blanco que resplandecía como un fogonazo lunar entre los verdes selváticos. Él sacó su repertorio de sonrisas y sus frases más agudas, se desvistió parsimoniosamente para evitar tropiezos y se acostó al lado de su amada. Ella parecía Grace Kelly en la película Mogambo. Sin embargo, su majestad, no se parecía en nada a Cark Gable, tal vez el sacrificado Simba hubiese podido competir en pabellones auditivos con el actor norteamericano, pero ya era tarde. Entonces el monarca quiso ponerse a la altura y empezó a relatarle a su ocasional pareja lo sucedido con su nieto. Saltó de la cama con una soltura impropia de su estado físico y contó la historieta para que Corinna se riera a gusto. Al intentar bailar sobre una pierna, imitando el dolor del pie herido, perdió el equilibrio y se estrelló estrepitosamente contra el suelo. Entre risas su amada intentó levantarlo. Él con su voz de participante en el “Club de la Comedia”, iba quejándose de dolor; mientras ella se retorcía de risa creyendo que aquello era parte de la broma. Era ya 14 de abril, día de la proclamación de la República Española. De inmediato fue trasladado al Aeropuerto Internacional Sir Seretse Khama en Gaberones.

A la llegada a Madrid, le ingresaron en una clínica con nombre de santo. Los médicos confirmaron la sospecha: rotura de cadera. Se arregló todo para una intervención quirúrgica aquella misma madrugada.

A partir de aquí, queridos lectores y elefantes, la comedia toma visos de tragedia. La llegada de su majestad a casa disparó una serie de conjeturas. La noticia, era lógico, saltó a todos los medios de comunicación. El Gobierno aseguró que estaba enterado del viaje del rey; como el momento social no podía ser peor, aquello fue, por unos días, una escapatoria para el Ejecutivo.

Inmediatamente se puso en marcha todo el aparato de la Casa de su Majestad, había que normalizar la situación a toda costa. Al secretario general le tocó la desagradable misión de comunicarle a la reina el desaguisado y recomendarle el inmediato regreso.

Los brillos mediterráneos penetraban con cierta alegría por los ventanales de la mansión. Tal vez, en aquellos momentos, era lo único alegre en aquel país que arrastraba siglos de historia y había inventado la Democracia. La reina dejó el rojo huevo con cenefas doradas en la mesilla y cogió el teléfono que le pasaba su secretaria:

– Es el secretario general.

-Majestad – dijo el interlocutor – tengo malas noticias. Hoy saldrá en todos los medios nacionales e internacionales el accidente que ha tenido el rey en Botswana. Debierais regresar de inmediato.

El relato fue lo suficientemente explicito para que la reina entendiera que no se trataba de una de las frecuentes correrías del rey. El escándalo estaba servido.

-Ni hablar, Alfonso, dígale a su majestad y al jefe de la Casa Real que no pienso correr para tapar su estupidez. Apañaos sin mí.

-Pero señora, ¿cómo se va a interpretar que no partáis al lado de vuestro esposo en su lecho de dolor?

-¡Qué se hubiese quedado en Madrid! Volveré cuando lo tenía previsto. ¡Ah! Y quiero a esa princesita de cuento fuera de España antes de que yo regrese.

La contundencia de las palabras de la reina, dejaron tremendamente preocupado al señor secretario.

A la mañana siguiente sabía todo el mundo – textualmente – la aventura y el accidente real. Los periodistas acudieron en masa a las puertas de la clínica donde estaba ingresado el monarca. Se especulaba sobre la visita de la reina y de alguna amiga del rey, protagonista de la historia. Ni una ni otra acudieron.


Por la habitación de su majestad fueron desfilando familiares, ex yernos, personajes embozados y miembros de las distintas instituciones con el ánimo de que les contara como había sido la cacería. Sin embargo, su majestad, dejó de mencionar en todos sus comentarios a dos de los personajes centrales de la aventura: su guapa amante y al pobre Simba.

A partir de ese momento todo fue un caos. Los malvados gacetilleros hicieron un sinfín de elucubraciones – todas sin fundamento, claro está -. Alguna que otra revista de humor lanzó sus dardos en forma de ocurrentes viñetas y los más prestigiosos periódicos europeos dejaron por unas horas de hablar de la prima de riesgo y del rescate español, para tratar de meterse en la vida del monarca que convalecía de su operación.

A los dos días apareció la reina para visitar al doliente. Y aquí hay que hacer punto y aparte. Muchos han sido los velocistas de han dejado su impronta en mundiales y olimpiadas por hacer añicos records que parecían imposibles de batir, con lo que se demuestra que la capacidad de aceleración y resistencia del ser humano va progresando en sus límites. Sin embargo, el mundo entero quedó asombrado por la marca de la reina en su visita al regio paciente en el hospital. En veinte minutos, la soberana, emulando a Julio César; llegó, vio y venció. En ese breve espacio de tiempo entró por la puerta; saludó al personal sanitario; conversó con los médicos que atendían a su esposo; echó a todos los que acompañaban al soberano y, como el viejo Simba, lanzó su última carga. Las crónicas no cuentan que cosas le dijo, pero a buen seguro que no hablaron del tiempo que hacía en Botswana. Y todo en veinte minutos.

Los miembros del gabinete de la Casa de su Majestad y el presidente del Gobierno le pidieron un acto de contrición de cara a la opinión pública.

Aquí hay que hacer otro inciso para ponernos en el estado de ánimo del monarca de nuestro cuento. Lo de la recuperación de su cadera seguía su curso, pero el dolor era bastante insoportable; los canallescos medios de comunicación hacían toda clase de comentarios y bromas sobre la situación; el presidente venezolano se partía de risa debajo un pozo de petróleo; su amada Corinna se había largado del país, dejando atrás la más bella historia de amor, y para colmo le habían comunicado que en las noches de luna llena en el Pardo, además del espectro del general, aparecía el de un viejo elefante, lanzando terribles barridos con su trompa. Aquello le hizo recapacitar.

El día que le dieron el alta, apareció compungido frente a la multitud de periodistas que le estaban aguardando. Salió apoyado en su bastón y mirando con gesto apesadumbrado a las cámaras dijo aquello de: “Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a suceder…”

Sin embargo al Pueblo no le quedó nada claro: ¿En qué se había equivocado el rey? ¿Qué es lo que no volvería a suceder? Las hipótesis se dispararon y las conjeturas populares llegaron a niveles inverosímiles. “El rey no volverá a romperse la cadera”, decían unos. No, no, respondían otros, “lo que quiere explicar es que no volverá a cazar elefantes”. “No os enteráis”, apuntaba un tercero, “lo que ha querido decir es que ya no buscará más aventuras”. Llegados a este argumento los contertulios se giraban al último orador y le espetaban con un: “¡Anda ya!”.

Para colmo apareció en visita oficial el gobernador de un soleado estado norteamericano, que jamás llegará a jefe de la diplomacia de su país, y que ignorando las mínimas reglas de la habilidad diplomática, cuestionó insistentemente al rey sobre los aspectos más personales de su accidente. A lo que su majestad le contestó: “Me caí de la cama”, tragándose parte de la respuesta que incluía adjetivos que no voy enumerar y que hubiesen hecho palidecer a los mismísimos botsuanos.

¡Y lo qué es la vida! La que menos se creyó las palabras del rey fue la reina que soltó un improperio cuando alguien le recordó que se cumplían sus bodas de oro y había que celebrarlo con recepciones y cena. La respuesta de la soberana, que no constará en los libros de historia, fue tajante. “¡Qué lo celebre con el elefante!”. Pocos saben que, aquella noche, el alma de Simba barritó en los jardines de El Pardo, pero más pareció una carcajada.

Epílogo
Donde el cuentista fabula sobre el devenir de los hechos y al margen de la más elemental prudencia, da rienda suelta a sus inconfesables deseos interiores.

Pocos años después

El nerviosismo era patente en todos los funcionarios y empleados palaciegos. Eran conscientes de asistir al último acto de un capítulo de la historia del País. Todos se afanaban en recoger documentos y enseres. Fuera, los ciudadanos festejaban el cambio de Constitución y la pronta llegada de la República. Las banderas tricolores ondeaban por doquier y de una forma pacífica los estamentos oficiales arriaban la bandera de la monarquía para izar la republicana, aunque todavía faltaba el protocolo de la proclamación del nuevo régimen.

Su, todavía, majestad, andaba renqueante por los pasillos del palacio. En el fondo estaba tranquilo, las infantas y sus nietos estaban ya fuera del País. Su heredero había recibido la petición de divorcio de su esposa, que andaba tonteando con un periodista que conducía un reality show en una televisión reincidente y machacona, y no obstante, parecía aliviado. Ambos yernos estaban en la cárcel, uno por negocios turbios y deudas con Hacienda y el otro por posesión de kilo y medio de droga.

Oficialmente se les había comunicado a sus majestades y al príncipe que podían permanecer en el País con todas las garantías, pero sin los capítulos de ayuda económica de los que habían gozado. El rey mesó el resto de su escasa cabellera y llamó al Jefe de su Casa:

-Es mi última petición amigo, me voy. Quiero que te encargues de decirle a la reina que salimos mañana con destino a Roma.

El cortesano, obediente hasta el último segundo, llegó al gabinete de la reina y lo encontró vacío. En un lugar visible había una misiva dirigida al soberano. Fue a entregársela inmediatamente:

-Su majestad no aparece, pero ha dejado este escrito.

El rey abrió lentamente el sobre y extrajo una pequeña nota redactada en papel rosado que decía simplemente:

Te espero en Botswana, mi amor… o no