Mes: febrero 2011

UN TAXI PARA TOBRUK

Un taxi para

 
Miles de puños se levantaron airados en Trípoli cuando en el cielo de la capital aparecieron los pájaros de Gadafi. Se lanzaron en picado para ametrallar a la población indefensa y la gente confirmó en sus propias carnes la falacia del sistema y la brutal agresión a los Derechos Humanos. La Yamahiriya era ya sólo una palabra sin sentido.

La denostada Yamahiriya es una acepción que traducida del árabe puede interpretarse como “Estado de las masas”, es decir una democracia directa sin partidos, gobernada por el pueblo, cuyos representantes se elijen a través de consejos locales y comunales llamados, Comités populares de base. De esos consejos surge el legislativo o Congreso General Popular y de éste el poder ejecutivo denominado Comité General Popular. Pero ya hace mucho tiempo que ese Comité está sometido a los designios de un dictador viejo, cansado y lleno de ira contra su propio pueblo.

La idea surgida de la revolución del 69 que proclamó a Gadafi, imponía una representación muy ligada a la participación popular, porque las asambleas populares representaban a las distintas tribus que habitan la zona. La visión de Estado que tenemos los europeos fue impuesta en África por las distintas metrópolis en la época colonial y luego heredada territorial y políticamente por las independencias africanas a lo largo del siglo XX. Aquello fue uno de los muchos errores cometidos por los colonialistas que pintaron fronteras y crearon territorios ficticios sin tener en cuenta etnias y tribus. Esos deslices los pagaremos durante muchos años, tal vez siglos. De esas barbaridades no estaba exento el territorio que hoy ocupa la Gran República Árabe Libia Popular y Socialista. Pero aquella idea de representación tribal, democrática y socialista, está sometida a los designios dictatoriales del todavía mandatario y su familia.

Si nos remontamos a la génesis de la actual Libia, debemos fijarnos en una Italia, que se había quedado sin “su” parte en el reparto africano del siglo XIX, consagrado por la Conferencia de Berlín de 1884 y que decidió invadir en 1912 los territorios “olvidados” del decadente Imperio Otomano de la Tripolitana y Cirenaica, aprovechando su cercanía. Esa fue su puerta de entrada al continente africano y esa, precisamente, será la puerta de entrada de los africanos a Europa. La ocupación italiana llevó a miles de italianos a su colonia africana. Durante la Segunda Guerra Mundial, algunas de las más importantes batallas se libraron en lo que hoy es Libia; Tobruk ha pasado a la historia por ello. Al termino del conflicto, la “artificial” Libia fue el primer territorio africano en conseguir su independencia, la razón no puedo ser más simple, Italia había perdido la guerra y los aliados no supieron ponerse de acuerdo. La ONU tomó la decisión de aceptar el liderazgo del rey Idris, nieto del fundador de la cofradía islámica sanusí y pertinaz resistente a la ocupación italiana en la Cirenaica A su vez Idris cayó con el golpe militar de septiembre de 1969 que encabezó el coronel Gadafi.

Pero hoy, el “Hermano Líder y Guía de la Revolución”, se resiste a dejar un poder que ocupa desde hace más de cuarenta años. Sus sofismas revolucionarios esconden la ambición de seguir dirigiendo los destinos de su pueblo aunque sea a base de bombardearles y masacrarles. Los Derechos Humanos han sido violados por ejércitos mercenarios y el pueblo ha tenido que echarles de sus cuarteles a la fuerza. Tobruk ha sido, tal vez por su cercanía a Egipto, uno de los primeros lugares en ser controlados por los manifestantes. Las reacciones de un aislado Gadafi y la de sus hijos se verán en los próximos días, “Yo no me voy a ir con esta situación; moriré como un mártir”, ha dicho. Pero parece ser que ¡al fin! Europa va tomando posiciones y es inminente el envío de una fuerza militar para proteger a los europeos residentes y a los libios de su propio líder.

Lo curioso, pero nada sorprendente, es que la reacción política viene después de la financiera. A pesar del dolor de un pueblo, los magnates y mangantes del petróleo ya hacen su agosto, el barril de Brent se ha puesto por las nubes; el argumento es la posibilidad de que, con el conflicto, Libia tenga problemas en su producción. Estamos ante el colmo del cinismo porque la aportación del país africano es, con ser importante, sólo el 2% de la mundial. Con efecto multiplicador las gasolinas subirán un 15% y un taxi para Tobruk, disculpen que sise el titulo a la mítica película, costará el doble. Mientras tanto los derechos de un pueblo y de la Humanidad están siendo violados.

FOTOS DE EULALIA DE BORBÓN


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EULALIA DE BORBÓN

Eulalia de Borbón

Hace poco más de medio siglo falleció en Irún de S.A.R la Infanta Eulalia de Borbón. Alguien de quien vale la pena escribir puesto que fue una mujer avanzada a su tiempo, convencida de la igualdad de derechos entre ambos sexos, defensora del divorcio, de la emancipación y de la participación de las féminas en todos los aspectos de la vida pública y social. Su paso por la historia no está marcado sólo por su apellido, su ascendencia o sus blasones; su ciclo vital cargado de aciertos, errores y contradicciones – como los de cualquier ser humano – , destaca por un adjetivo que lo resume todo: rebeldía. En sus escritos, de los que luego les hablaré, deja constancia de sus inquietudes y pensamientos, basados en la búsqueda de la “Mujer” con mayúsculas que toda mujer lleva dentro. Si añadimos que esta rebeldía se produce dentro de una familia genéticamente conservadora y dentro del marco hipócrita y decimonono del siglo XIX, la postura de nuestra infanta es doblemente meritoria.

Se han escrito varias biografías y contra- biografías de la infanta Eulalia. La primera, y en la que se basan todas las demás, está firmada por ella misma y la publicó en el año de su fallecimiento la Editorial Juventud de Barcelona. La obra en cuestión fue fruto de las conversaciones que manutuvo con el periodista y escritor cubano Alberto Lamar Schweyer y está llena de errores garrafales puesto que fueron “dictadas” cuando la infanta tenía más de setenta años. La última de estas biografías, aparecida hace unos meses, no deja de ser tan interesante como las demás, aunque, como en todas, el autor se obliga a tomar el camino de la especulación por falta de pruebas concluyentes sobre ciertos aspectos de la vida íntima de Eulalia.

Pero todos los biógrafos e historiadores que nos hablan sobre Eulalia están de acuerdo en sus méritos personales, en su amor a la vida…y con la existencia de numerosos amantes. Tales cualidades la hacen merecedora de ser conocida y admirada.

Su Alteza Real la Infanta Eulalia de Borbón nació en el Palacio Real de Madrid a las cuatro menos cuarto de la madrugada del 12 de febrero de 1864, después de un alumbramiento lento y laborioso – la reina se había puesto de parto a las ocho de la noche del día anterior- los médicos temieron por la vida de la recién nacida y se decidió bautizarla aquella misma tarde en la capilla de Palacio; sin embargo, nuestra Infanta había decidido llevar la contraria a los facultativos y sobrevivir. Era la hija menor de Isabel II y según su partida de nacimiento, del rey consorte Don Francisco de Paula. La verdad es que la paternidad de la Infanta Eulalia ha sido – como la de todos los hijos de Isabel – muy discutida. La tesis más aceptada es que tanto ella como sus hermanas la Infanta Pilar, nacida en 1861 y la Infanta Paz, nacida en 1862, son hijas del mismo padre. Disculparan mis pacientes lectores que la falta de pruebas fehacientes no me permitan asegurar el nombre de su verdadero progenitor, aunque siguiendo la pauta de la especulación les voy a dar un nombre: Miguel Tenorio de Castilla. En otros escritos les aportaré pruebas y como todas, en estos casos, insuficientes; puesto que, si la mismísima Isabel II viviera, tendría grandes dificultades para señalarnos los progenitores de sus – conocidos – nueve embarazos.

Eulalia nació en tiempos de auténtica convulsión política, eran los últimos del reinado de la hija de Fernando VII. Todo Madrid conspiraba, desde el General Prim, hasta el Duque de Montpensier, cuñado de la Reina y futuro suegro de Alfonso XII y de la propia Eulalia.

La Revolución de Septiembre del 68, sorprendió a la familia real en Lequeitio; huidos por San Sebastián, se refugiaron en el castillo familiar de Pau, bajo la protección de Napoleón III y de la española Eugenia de Montijo. Se instaló la derrocada familia en el Palacio de Castilla en París y las Infantas continuaron su educación en la ciudad del Sena, concretamente en el Sacre Coeur.

Para Eulalia, con apenas cuatro años, sus primeros recuerdos se sitúan en la capital francesa, donde continuamente les llegan noticias de España: la entronización de Amadeo I, la llegada de la Primera República, el golpe de estado de Pavía y al fin, la esperada Restauración borbónica con el golpe de Martínez Campos en 1874.

Cuenta en sus Memorias nuestra protagonista la travesía en la fragata Numancia a su regreso a España en 1877 y sus sentimientos respecto a la mar. “Heredé de mi padre el gusto al mar y el horizonte ha cantado siempre en el fondo de mi alma”. Francisco de Asís le tenía un miedo cerval al mar.

Instalada en la Corte de Madrid empieza a demostrar sus mejores virtudes, es una niña interesada por todo, entusiasta, alegre y estudiosa, espontánea y rebelde; en contraste de su hermana Isabel, la popular “Chata”, amante del protocolo y de la ceremonia. En enero del 78 el matrimonio de su hermano Alfonso XII con su prima María de las Mercedes y el desgraciado final de la joven Reina, apenas seis meses después, dejan profunda huella en Eulalia: “Aquella historia de amor era quizá demasiado bella para ser duradera”, nos cuenta.

Con la muerte de su hija, el conspirador Duque de Montpensier se quedó por enésima vez fuera del primer plano político, por ello trabajó lo indecible hasta comprometer al simplón de su hijo Antonio con la Infanta Eulalia. Don Alfonso en persona propuso a la Infanta que aceptase al inútil oficial de Húsares como prometido. El Duque de Montpensier, sabedor del “regalito” que le endosaba a Eulalia se deshacía en halagos para su futura hija política – nunca mejor dicho -. Doña Eulalia nos cuenta referente al Duque: “Yo había llegado ha tener un afecto profundo a mi tío, hombre espiritual, conversador exquisito, mundano y comprensivo”Está clara la visión deformadamente idílica de una joven de veinte años referente al eterno conspirador, feroz conservador y duelista de ventaja como era Montpensier. (En algún otro momento comentaré la muerte en duelo de Don Enrique de Borbón, progresista, liberal y masón a manos del de Montpensier en la Dehesa de los Carabancheles.)

El fallecimiento del Rey Alfonso XII a finales de 1885, pudo liberar a la Infanta de su promesa de boda con Antonio de Orleáns; sin embargo, su futuro suegro jugó con todas las cartas que tenía en sus manos y con la complicidad de la Infanta Isabel, tan protocolaria ella. Leamos las lamentaciones de Eulalia: “Muerto Alfonso, me sentía sola e indefensa en un mundo sin corazón, que me era hostil. Sin fuerzas para resistir y sin nadie en quien ampararme, me eché en brazos de mi destino con un blando cansancio”.

El 5 de marzo de 1886 se casaba Eulalia con Antonio de Orleáns y de Borbón. “Boda triste la mía entre velos de luto, sin música (. . .) silenciosa y oscura como un presentimiento”. Terminada la ceremonia los novios se instalaron en el palacio de Aranjuez y parece ser que allí, el del “blando cansancio” fue su flamante esposo.

Durante toda la luna de miel por tierras francesas, les acompañó el padre del desposado y la primera parada fue en Chantilly; toda la familia Orleáns se dio cita para conocer a la bella española. El viaje de novios fue del agrado de nuestra Infanta – viajar siempre fue una de sus grandes inquietudes -, si a esto añadimos las constantes atenciones de la destronada dinastía francesa y la indiferencia de su marido, entenderemos el bienestar de Eulalia.

Sus viajes continuaron por toda Europa, su carácter amable, introvertido y natural le granjearon la amistad de nobles, príncipes y reyes, algunas de estas amistades persistieron durante mucho tiempo a pesar de los avatares de la Europa del Siglo XIX.

París, Berlín, Viena, El Vaticano o Moscú eran destinos habituales para la princesa viajera. Desde Mónaco a Cuba pasando por Baviera, Eulalia no dejó de exponer sus impresiones. Fue una verdadera embajadora de la Regente María Cristina. En sus Memorias dedica unas líneas al Rey Loco de Baviera: “Luis II había impregnado todo a su paso, y su huella atormentada la encontraba yo en cada rincón, a cada vuelta del camino, en la vacilante sombra de cada árbol”.

Tal vez el viaje más controvertido de la Princesa fue el que realizó a Cuba y a Estados Unidos en 1893 con motivo de las conmemoraciones del cuarto centenario del descubrimiento de América y que tendrían su máximo apogeo durante la Exposición Universal en la ciudad norteamericana de Chicago. Eulalia embarcó en Santander el 19 de abril de 1893 a bordo del trasatlántico “Reina María Cristina”.

La propia Regente había escogido a Eulalia por su habilidad diplomática y su buen conocimiento del inglés, ya que la misión era un tanto comprometida. Cuba estaba inmersa en distintos focos independistas y Cánovas por aquel entonces Jefe del Gobierno no estaba dispuesto para hacer concesiones. La frase de “Hasta el último hombre y hasta la última peseta” no era el mejor pasaporte para Eulalia en la Isla. Además de su marido, la acompañaron el Duque de Tamales y el Duque de Veragua, descendiente del mismísimo Cristóbal Colón. Todo lo referido al viaje americano está contado por la Infanta Eulalia en las cartas que dirigió a su madre y que están recogidas en un interesante libro editado por la editorial Juventud de Barcelona, bajo el título de: “Cartas a Isabel II. Mi viaje a Cuba y Estados Unidos”. En ellas relata lo más destacado del viaje desde su partida, hasta su regreso el 6 de julio a Madrid. En total son sesenta epístolas que pueden hacer las delicias de cualquier lectora o lector interesados. Los textos son frescos y descriptivos; hay momentos de asombro, serenidad y excitación y son de una gran calidad literaria

En la octava carta del 4 de mayo, todavía a bordo del buque de la Trasatlántica, Eulalia escribe: “Al cabo de muchos días pasados en pleno Océano y cuando se está a punto de volver a ver tierra, una cierta emoción se apodera de los pasajeros. Es como si se acabara de escapar a los mayores peligros. La verdad es que queremos escapar de nosotros mismos; es que, en medio del espacio infinito, el gran silencio es un desierto a la vez que una cárcel. En resumen: el cautiverio está hecho solamente de soledad.”

Tal vez, la anécdota más interesante – sin restar un ápice a las otras – que vivió en este viaje fue el de su desembarco en La Habana. Nunca sabremos si por desconocimiento o a ex profeso, Eulalia, vistió a su llegada un traje parisino de tela fina, azul celeste, con unos bordados blancos y se adornaba el cuello con una cinta de terciopelo rojo; es decir, los colores de los insurrectos cubanos. El capitán del buque le advirtió y el estúpido de su esposo se puso furioso. Sin embargo Eulalia desembarcó entre vítores, aplausos y los cañonazos de ordenanza y no cambió su indumentaria hasta su llegada al Palacio de los Capitanes Generales. En su carta de 8 de mayo obvió contarle a su madre el incidente. . . o el atrevimiento, si bien le relata cómo era el vestido de la discordia.

Nueva York, Washington, Chicago y las Cataratas del Niágara fueron los lugares visitados en los Estados Unidos. El presidente norteamericano Cleveland ofreció una comida a la ilustre visitante en La Casa Blanca. Los periódicos estadounidenses dedicaron varios artículos e informaciones a la presencia de la Infanta, su belleza y simpatía les ha cautivado. En una de sus cartas relata una cena en el Madison Square Concert y el posterior baile: “En cuanto oigo la música me entran deseos locos de bailar…Por suerte llevaba puesta la diadema y su peso me ha recordado lo serio del papel que tengo que representar. Pero a veces es enojoso que la grandeza la retenga a una…en una silla.”


De regreso a Madrid las diferencias con su esposo se acrecentaron. Sus hijos Alfonso María y Luis Fernando cubren sus expectativas maternas, pero sigue siendo una mujer sin amor. Su esposo ha seguido las costumbres de su abuelo Fernando VII y es un asiduo visitante de los burdeles y de las tabernas más cutres de Madrid, su amante Carmela “La Infantona”, es conocida por todo Madrid. Su padre, el duque de Montpensier ha fallecido hace tres años (1890) y con su muerte, Eulalia, pierde a un amigo: “El Duque de Montpensier, como ya he dicho, me inspiró siempre un profundo cariño. Hombre cultísimo, refinado, artista, había sido para mi juventud un orientador experto. Era yo su compañera de excursiones y él mi amable y diestro guía en los viajes que emprendimos a menudo, y mi consuelo, además, eficaz y único en mis desavenencias matrimoniales”, nos cuenta en sus Memorias.

En marzo de 1900 decide plantear a su marido el divorcio. En la sociedad española del recién nacido siglo XX y siendo miembro de la familia real su decisión fue como un bombazo. Pero Eulalia estaba dispuesta a llevar su rebeldía y su libertad hasta donde fuera: “Sin una palabra de reproche, sin un gesto de amargura, con voz lenta y suave, una fría mañana de primavera de París en que la explanada de los Inválidos se llenaba de parejas de enamorados, le anuncié mi propósito de dejarlo en libertad con sus amigas y de irme con mis hijos”, confiesa. La inmensa fortuna familiar – Antonio y Eulalia eran condes de Galliera, con muy ricas propiedades – estaba en bancarrota, en algo más de seis años Antonio de Orleáns había derrochado cincuenta millones de francos. El tipo fue uno de los primeros divorciados en no pasarle pensión a su mujer y a sus hijos; terminaron en los tribunales y Eulalia pudo recuperar su “Lista Civil”, es decir, sus aportaciones al matrimonio, que venían siendo administradas por el putañero Antonio. Lo curioso del caso es que mientras la familia de Orleáns se ponía del lado de Eulalia, los Borbones – con la excepción de su madre y su hermana Paz – entendieron que aquel divorcio era un verdadero escándalo y en el colmo de la hipocresía no concebían que una mujer pudiese vivir separada de su marido.

En 1904 murió en su exilio del Palacio de Castilla, Isabel II. Fue un duro golpe para Eulalia que amaba sinceramente a su madre. La Infanta siguió viajando por toda Europa y enriqueciendo su cultura. En enero de 1905, con un frío glacial de treinta grados bajo cero, la encontramos en San Petesburgo, en Praga más tarde, en Viena o de visita en Portugal. En mayo de1906 asiste a la boda de su sobrino Alfonso con Victoria Eugenia y es testigo de primera mano del atentado de Mateo Morral en la calle Mayor. En 1911 publicó en Francia sus libros Au fil de la vie y Pour la femme, reflexiones sobre el feminismo, el divorcio y otras temas tabúes para la cerrada sociedad española, en 1915 aparece en Inglaterra un sutil adelanto de sus recuerdos Court Life from Within. Sus obras levantaron grandes escándalos y fueron prohibidas por Alfonso XIII. En 1935 publicó sus Memorias en la editorial Plon y a las que tantas referencias he hecho en este artículo. Llevaba once años sin pisar España cuando en verano de 1921 en la playa francesa de Deauville, coincidió inesperadamente con su sobrino e hicieron las paces.

En 1931 vive desde su residencia francesa la llegada de la Segunda República y a pesar de que sufre por el destino de su familia su talante progresista le hace ver las cosas con una amplitud de miras muy elogiable; recurramos de nuevo a sus Memorias:

“He vivido lo suficiente para que, al tramontar de mi existencia, me sorprendan sucesos que, por su índole, están dentro de la más rígida realidad histórica. En mi larga vida en esta Europa movediza del último siglo, he visto caer quince tronos y abdicar otros tantos monarcas. En este desfile de reyes sin cetro y de coronas relegadas a los Museos, he visto pasar autócratas iluminados, como el zar de todas las Rusias; melancólicos vencidos sin derrota, como Pedro de Berganza, Emperador de Brasil; liberales un poco volterianos, como Fernando de Coburgo; hombres sombríos rodeados de misterio, como el Sultán de Turquía, y alegres y despreocupados como Manuel de Portugal (…) ello me ha enseñado que ninguna corona se ciñe lo suficiente para no caerse, he aprendido también que nada hay irremediable, ni fatal, ni eterno en las humanas agitaciones.”Una lección de Historia.

S.A.R. Infanta Eulalia de España, princesa de las Casas de Borbón y de Orleáns murió en marzo de1958 en Irún a la edad de 94 años. Fue una mujer hermosa e inteligente, avanzada a su tiempo, progresista, feminista y prácticamente agnóstica; y a quién todavía no le ha hecho justicia la Historia; uno de esos personajes que no cambiaron al mundo, pero que todavía hoy, ayudan a transformarlo.

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UN PASEO POR EL NILO

Nuevo artículo en Otro Mundo es Posible:
Un paseo por el Nilo

Egipto ha sido siempre una tierra de misterios, no un lugar misterioso; su luz y fuerza a lo largo de los siglos han sido el paradigma de las grandes culturas. El país del Nilo, ha tenido siempre vocación de trasmitir sus conocimientos, su historia, su vida…y también su muerte. Han sido las sabidurías posteriores quienes han querido rodear a Egipto de un halo de secretismos donde sólo existía una voluntad de comunicación.

Durante miles de años, faraones, sacerdotes y escribas se empecinaron en contar a las futuras generaciones los hechos y logros de las épocas esplendorosas de su cultura. También, como siempre a lo largo de la historia, hubo mandatarios que trataron de ocultar los éxitos de sus predecesores, pero no fue por ocultismo, sino por interés político o religioso. La actitud vocacional de los habitantes de la tierra donada por el Nilo fue la de mostrar sus conocimientos, incluso el camino a seguir en el más allá. Y si trataron de esconder los lugares de su última morada fue por objetivos eminentemente prácticos, tratando de evitar el saqueo y protegiendo el viaje del ocupante mientras alcanzaba el inframundo.


Fue con la llegada de civilizaciones exteriores cuando, en su ignorancia, les fue más sencillo hablar de misterios que reconocer que muchos siglos atrás se habían alcanzado niveles de conocimientos superiores incluso que los que poseían los nuevos “descubridores”. Así, poco a poco, averiguaron que aquellos signos esculpidos en paredes y cámaras mortuorias, contenían una gran parte del libro de la historia y que ciencias como las matemáticas, astronomía, medicina, arquitectura e ingeniería o artes como la escultura, la pintura y relieve mural o técnicas agrícolas, de decoración y de momificación, eran parte de los grandes conocimientos egipcios. Desde el hallazgo de la Piedra de Rosetta a la tumba de Tutankamon, occidente fue redescubriendo un mundo de avances insospechados, gracias al trabajo de muchos Champollion e interés de otros tantos Howard Carter.

A partir de entonces, las fábulas y los misterios trataron de justificar lo que no podía explicarse fácilmente y aparecieron patrañas, teorías y presunciones de todo tipo. Levitaciones y ablandamientos de la materia; visitas de extraterrestres; contactos con el más allá; mediciones imposibles; distancias siderales escondidas en la cuadratura del círculo y otras zarandajas dieron paso a las más extrañas conclusiones con las que se han vertido casi tantos litros de tinta como aguas tiene el Nilo.

Más tarde se impuso la razón y la investigación seria y supimos que las grandes pirámides fueron obras maestras de habilidosos y sabios arquitectos, que un esclavo mal alimentado no puede subir rampas de arena arrastrando grandes bloques de piedra y que fueron artesanos en su mayoría, quienes esculpieron, levantaron y construyeron todo un legado artístico y monumental.

Hoy, Egipto, vuelve a ser presa de un insondable misterio que no lo es para nadie. A nadie se le escapa que un tupido velo se ha corrido durante años sobre la actuación de su presidente Mubarak y que su fortuna puede compararse a aquellas que los faraones enterraban en sus pirámides para poder disfrutar en el otro mundo. Occidente e Israel, han preferido a este nuevo faraón, que la posibilidad de que Egipto sea la enésima víctima de un estado islamista. Los hechos de alta política vedados para las gentes sencillas no nos han permitido traducir claramente los jeroglíficos del otrora país de los faraones. Mubarak ha caído por la fuerza del deseo de su Pueblo, su originaria fama de héroe de la guerra del Yom Kipur, se fue erosionando durante sus 30 años de férreo gobierno y el ya ex presidente egipcio ha tenido que retirarse al exclusivo centro vacacional de Sharm el-Sheikh con problemas de salud, asombrado por lo que no entiende. Al parecer, el ocultismo de lo que sucedía en la calle por parte de su ministro del Interior y las interpretaciones intencionadas de su hijo Gamal, sumieron en la confusión más total a Hosni Mubarak que no comprendió lo que su Pueblo le dictaba.

Durante las últimas semanas hemos visto las calles plazas de Egipto, particularmente la de Tahrir, repleta de gentes que aspiran a un profundo cambio social. Algunos ciudadanos han perdido la vida en el intento de que la juventud de Egipto no esté obligada a construir templos y pirámides para los de siempre, tampoco que tenga como salida única pasear turistas por el Nilo o servir copas en los restaurantes de El Cairo. No más esclavitud de baja intensidad, exigen futuro. Aceptan los egipcios que la salida más probable para sus expectativas profesionales sea el turismo, pero como sus antepasados al servicio de las obras faraónicas exigen sus derechos. Se abre una nueva etapa en la que los Fillon de turno, por muy ministros de exteriores que sean, tendrán que pagarse sus paseos por el Nilo. Y poder exigir con pleno derecho al museo de Berlín la devolución del busto de Nefertiti, sin más dilaciones y excusas. Ellos, que destruyeron media Europa, mantienen que Egipto no es un lugar seguro para una reina egipcia. Tal vez, después de tantos siglos, Europa todavía no comprende a Egipto.

Un millón de egipcios se congregaron para lograr la dimisión de su presidente. Dos millones de manos se levantaron al unísono en la plaza de Tharir en busca de una solución, de un futuro. Nada hay de oculto en ello, ningún misterio, sólo el deseo de un Pueblo con un gran pasado a tener derecho a un mejor presente.

Jordi Siracusa

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Novela de mi amigo Mariano Marco

Benedicto XIII, LA SOLEDAD COMO DESTINO
En el enlace adjunto podéis disfrutar de una excelente historia de Mariano sobre un personaje singular, el Papa Benedicto XIII o Papa Luna como se le conoce. Os aseguro que no os defraudará.

http://marianomarco.wordpress.com

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